Delicadezas de papá
Todas las tardes me iba a
dar un paseíto con papá. Hacíamos juntos una visita al Santísimo Sacramento,
visitando cada día una nueva iglesia. Fue así como entré por vez primera en la
capilla del Carmelo. Papá me enseñó la reja del coro, diciéndome que al otro
lado había religiosas. ¡Qué lejos estaba yo de imaginarme que nueve años más
tarde iba a encontrarme yo entre ellas...! Terminado el paseo (durante el cual
papá me compraba siempre un regalito de cinco o diez céntimos), volvía a casa.
Hacía entonces los deberes, y después me pasaba todo el resto del tiempo
brincando en el jardín en torno a papá, pues no sabía jugar a las muñecas.
Una
cosa que me encantaba era preparar tisanas con semillas y cortezas de árbol que
encontraba por el suelo; luego se las llevaba a papá en una linda tacita;
nuestro pobre papaíto suspendía su trabajo y, sonriendo, hacía como que bebía,
y antes de devolverme la taza me preguntaba (como a hurtadillas) si había que
tirar el contenido; algunas veces yo le decía que sí, pero la mayoría de ellas
volvía a llevarme mi preciosa tisana para que me sirviese para más veces... Me
gustaba cultivar mis florecitas en el jardín que papá me había regalado.
Me
entretenía levantando altarcitos en un hueco que había en medio de la tapia;
cuando terminaba, corría a buscar a papá y arrastrándole detrás de mí le decía
que cerrase bien los ojos y que no los abriera hasta que yo se lo mandase. El
hacía todo lo que yo quería y se dejaba conducir ante mi jardincito. Entonces
yo gritaba: «¡Papá, abre los ojos!» El los abría [14vº] y, por complacerme, se
quedaba extasiado, admirando lo que a mí me parecía toda una obra de arte... Si
quisiera contar otras mil anécdotas de esta índole que se agolpan en mi
memoria, nunca terminaría... ¿Cómo relatar todas las caricias que «papá»
prodigaba a su reinecita? Hay cosas que siente el corazón y que ni la palabra
ni siquiera el pensamiento pueden expresar... ¡Qué hermosos eran para mí los
días en que mi rey querido me llevaba con él a pescar! ¡Me gustaban tanto el
campo, las flores y los pájaros! A veces intentaba pescar con mi cañita.
Pero
prefería ir a sentarme sola en la hierba florida. Entonces mis pensamientos se
hacían muy profundos, y sin saber lo que era meditar, mi alma se abismaba en
una verdadera oración... Escuchaba los ruidos lejanos... El murmullo del viento
y hasta la música difusa de los soldados, cuyo sonido llegaba hasta mí, me
llenaban de dulce melancolía el corazón... La tierra me parecía un lugar de
destierro y soñaba con el cielo... La tarde pasaba rápidamente, y pronto había
que volver a los Buissonnets. Pero antes de partir, tomaba la merienda que
había llevado en mi cestita.
La hermosa rebanada de pan con mermelada que tú me
habías preparado había cambiado de aspecto: en lugar de su vivo color, ya no veía
más que un pálido color rosado, todo rancio y revenido... Entonces la tierra me
parecía aún más triste, y comprendía que sólo en el cielo la alegría sería sin
nubes... Hablando de nubes, me acuerdo que un día el hermoso cielo azul de la
campaña se encapotó y que pronto se puso a rugir la tormenta. Los relámpagos
hacían surcos en las nubes oscuras y vi caer un rayo a corta distancia. Lejos
de asustarme, estaba encantada: ¡me parecía que Dios [15rº] estaba muy cerca de
mí...! Papá no estaba en absoluto tan contento como su reinecita; no porque
tuviese miedo a la tormenta, sino porque la hierba y las grandes margaritas
(que levantaban más que yo) centelleaban de piedras preciosas y teníamos que
atravesar varios prados antes de encontrar un camino; así que mi querido
papaíto, para que los diamantes no mojasen a su hijita, se la echó a hombros a
pesar de su equipo de pesca. Durante los paseos que daba con papá, le gustaba
mandarme a llevar la limosna a los pobres con que nos encontrábamos.
Un día,
vimos a uno que se arrastraba penosamente sobre sus muletas. Me acerqué a él
para darle una moneda; pero no sintiéndose tan pobre como para recibir una
limosna, me miró sonriendo tristemente y rehusó tomar lo que le ofrecía. No
puedo decir lo que sentí en mi corazón. Yo quería consolarle, aliviarle, y en
vez de eso, pensé, le había hecho sufrir. El pobre enfermo, sin duda, adivinó
mi pensamiento, pues lo vi volverse y sonreírme. Papá acababa de comprarme un
pastel y me entraron muchas ganas de dárselo, pero no me atreví. Sin embargo,
quería darle algo que no me pudiera rechazar, pues sentía por él un afecto muy
grande. Entonces recordé haber oído decir que el día de la primera comunión se
alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me consoló, y aunque todavía
no tenía más que seis años, me dije para mí: «El día de mi primera comunión
rezaré por mi pobre». Cinco años más tarde cumplí mi promesa, y espero que Dios
habrá escuchado la oración que él mismo me había inspirado que le dirigiera por
uno de sus miembros dolientes... [15vº] Amaba mucho a Dios y le ofrecía con
frecuencia mi corazón, sirviéndome de la breve fórmula que mamá me había
enseñado.
Sin embargo, un día, o mejor una tarde del mes de mayo, cometí una
falta que vale la pena contar aquí. Esta falta me ofreció una buena ocasión
para humillarme y creo que he tenido de ella perfecta contrición. Como era
demasiado pequeña para ir al mes de María, me quedaba en casa con Victoria y
hacía con ella mis devociones ante mi altarcito de María, que yo arreglaba a mi
manera. Era todo tan pequeño, candeleros y floreros, que dos cerillas, que
hacían de velas, bastaban para alumbrarlo. En alguna que otra ocasión, Victoria
me daba la sorpresa de regalarme dos cabitos de vela, pero raras veces. Una
tarde, estaba todo preparado para ponernos a rezar, y le dije: «Victoria,
¿quieres comenzar el Acordaos? Voy a encender». Ella hizo ademán de empezar,
pero no dijo nada y me miró riéndose. Yo, que veía que mis preciosas cerillas
se consumían rápidamente, le supliqué que dijese la oración. Ella continuó
callada.
Entonces, levantándome, le dije a gritos que era mala y, saliendo de
mi dulzura habitual, empecé a patalear con todas mis fuerzas.... A la pobre
Victoria se le quitaron las ganas de reír, me miró asombrada y me enseñó los cabos
de vela que había traído...Y yo, después de haber derramado lágrimas de rabia,
lloré lágrimas de sincero arrepentimiento, con el firme propósito de no volver
a hacerlo nunca... En otra ocasión me ocurrió una nueva aventura con Victoria,
pero de ésta no tuve que arrepentirme, pues conservé perfectamente la calma. Yo
quería un tintero, que estaba sobre la chimenea de la cocina. Como era muy
pequeña para cogerlo, le pedí muy amablemente a Victoria que [16rº] me lo
diese, pero ella se negó, diciéndome que me subiese a una silla. Cogí una silla
sin replicar, pero pensando que ella no había sido nada amable que digamos. Y
queriendo hacérselo saber, busqué en mi cabecita el insulto que más me ofendía.
Ella, cuando estaba enfadada conmigo, solía llamarme «mocosa», lo cual me
humillaba mucho. Así que, antes de bajarme de la silla, me volví hacia ella con
gran dignidad y le dije: «¡Victoria, eres una mocosa!» Y me escapé corriendo,
dejándola que meditase las profundas palabras que acababa de dirigirle... El
resultado no se hizo esperar, pues pronto la oí gritar: «¡Señorita María...,
Teresa acaba de llamarme mocosa!» Vino María y me hizo pedirle perdón, pero lo
hice sin contrición, pues me parecía que si Victoria no había querido estirar
su largo brazo para hacerme un pequeño favor, merecía bien el título de
mocosa... Sin embargo, Victoria me quería mucho, y yo también a ella.
Un día me
sacó de un gran aprieto, en el que yo había caído por mi culpa. Victoria estaba
planchando y tenía a su lado un cubo de agua. Yo estaba mirándola,
balanceándome (como de costumbre) en una silla. De repente, me falló la silla y
caí, pero no al suelo, sino ¡¡¡dentro del cubo...!!! Estaba tocando la cabeza
con los pies, y llenaba el cubo como un pollito llena el huevo... La pobre
Victoria me miraba enormemente sorprendida, pues nunca había visto cosa igual.
Yo no veía la hora de salir del cubo, pero imposible, la prisión era tan justa
que no podía hacer el menor movimiento. Con cierta dificultad, Victoria me
salvó del gran aprieto; lo que no pudo salvar fue mi vestido y todo lo demás, y
se vio obligada a cambiarme, pues estaba hecha una sopa. Otra vez me caí en la
chimenea. Por suerte el fuego no estaba [16vº] encendido, y Victoria no tuvo
más trabajo que el de levantarme y sacudirme la ceniza que me cubría de pies a
cabeza. Todas estas aventuras me sucedían los miércoles, mientras tú y María
estabais en el canto.
Fuente: Catholic.net
