Lisieux
No sentí la menor pena al
dejar Alençon; a los niños les gustan los cambios, y vine contenta a Lisieux.
Me acuerdo del viaje y de la llegada al anochecer a la casa de mi tía. Aún me
parece estar viendo a Juana y a María esperándonos a la puerta... Me sentía muy
feliz de tener unas primitas tan buenas.
Las quería mucho, lo mismo que a mi
tía y, sobre todo, a mi tío; sólo que él me daba miedo y no me hallaba tan a
gusto en su casa como en los Buissonnets, donde mi vida sí que fue
verdaderamente feliz... Por la mañana, tú te acercabas a mí, preguntándome si
había ofrecido ya mi corazón a Dios; luego me vestías, hablándome de él, y a
continuación rezaba mis oraciones a tu lado.
Después venía la clase de lectura.
La primera palabra que logré leer sola fue ésta: «cielos». Mi querida madrina
se encargaba de las clases de escritura, y tú, Madre, de todas las demás. No
tenía gran facilidad para aprender, pero sí buena memoria.
El catecismo, y
sobre todo la Historia Sagrada, eran mis asignaturas preferidas, las estudiaba
con verdadero placer; en cambio la gramática me hizo derramar muchas
lágrimas... ¿Te acuerdas del masculino y el femenino? En cuanto terminaba la
clase, subía al mirador para llevarle a papá mi condecoración y mis notas. ¡Qué
feliz me sentía cuando podía decirle: «Tengo un 5 sin excepción, Paulina lo
dijo la primera...!» Pues cuando te preguntaba yo si tenía 5 sin excepción y tú
me contestabas que sí, era para mí como obtener un punto menos.
También me
dabas vales, y cuando había reunido un cierto número de ellos conseguía un
recompensa y un día de asueto. Recuerdo que esos días [14rº] se me hacían mucho
más largos que los otros, cosa que a ti te agradaba pues era señal de que no me
gustaba estar sin hacer nada.
Fuente: Catholic.net
