Yo lo escojo todo
Un día, Leonia, creyéndose
ya demasiado mayor para jugar a las muñecas, vino a nuestro encuentro con una
cesta llena de vestiditos y de preciosos retazos para hacer más. Encima de todo
venía acostada su muñeca. «Tomad, hermanitas -nos dijo-, escoged, os lo doy
todo para vosotras». Celina alargó la mano y cogió un mazo de orlas de colores
que le gustaba. Tras un momento de reflexión, yo alargué a mi vez la mano,
diciendo: «¡Yo lo escojo todo!», y cogí la cesta sin más ceremonias.
A los
testigos de la escena la cosa les pereció muy justa, y ni a la misma Celina se
le ocurrió quejarse (aunque la verdad es que juguetes no le faltaban, pues su
padrino la colmaba de regalos, y Luisa encontraba la forma de agenciarle todo
lo que deseaba). Este insignificante episodio de mi infancia es el resumen de
toda mi vida.
No quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir
por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡pues "yo
escojo todo" lo que tú quieres...! Pero tengo que cortar. No debo
adelantarme todavía a hablarte de mi juventud, sino de aquel diablillo de
cuatro años. Recuerdo un sueño que debí tener por esta edad, y que se me grabó
profundamente en la imaginación. Una noche soñé que salía a dar un paseo, yo
sola, por el jardín. Al llegar al pie de la escalera que tenía que subir para
llegar él, me paré, sobrecogida de espanto. Delante de mí, cerca del emparrado,
había un bidón de cal y sobre el bidón estaban bailando dos horribles
diablillos con una agilidad asombrosa a pesar de las planchas que llevaban en
los pies.
De repente, fijaron en mí sus ojos encendidos y luego, en ese mismo
momento, como si estuvieran todavía más asustados que yo, saltaron del bidón al
suelo y fueron a esconderse en la ropería, que estaba allí enfrente. Al ver que
eran tan poco valientes, quise saber lo que iban a hacer y me acerqué a la
ventana. Allí estaban los pobres diablillos, corriendo por encima de las mesas
y sin saber qué hacer para huir de mi mirada; a veces se acercaban a la ventana
mirando nerviosos si yo seguía allí, y, al verme, volvían a echar a correr como
desesperados. Seguramente este sueño no tiene nada de extraordinario. Sin
embargo, creo que Dios ha querido que lo recuerde siempre para hacerme ver que
un alma en estado de gracia no tiene nada que temer de los demonios, que son unos
cobardes, capaces de huir ante la mirada de un niño... [11rº] Voy a copiar aquí
otro pasaje que encuentro en las cartas de mamá.
Nuestra pobre mamaíta
presentía ya el final de su destierro: «Las dos pequeñas no me preocupan. Están
muy bien las dos, son naturalezas privilegiadas; sin duda alguna, serán buenas.
María y tú podréis educarlas perfectamente. Celina no comete nunca la menor
falta voluntaria. También la pequeña será buena; no diría una mentira ni por
todo el oro del mundo. Tiene una agudeza como no la he visto en ninguna de
vosotras». «El otro día estaba en la tienda con Celina y con Luisa. Hablaba de
sus prácticas y discutía animadamente con Celina. La señora le preguntó a
Luisa: ¿Qué es lo que quiere decir? Cuando juega en el jardín, no se oye hablar
más que de prácticas? La señora de Gaucherin se asoma a la ventana para tratar
de entender qué significa esa discusión sobre las prácticas... «Esta criatura
constituye nuestra felicidad. Será buena, se le ve ya el germen: no sabe hablar
más que de Dios, y por nada del mundo dejaría de rezar sus oraciones. Me
gustaría que la vieras contar cuentos, no he visto nunca cosa más graciosa.
Encuentra ella solita la expresión y el tono apropiados, sobre todo cuando
dice: "Niño de rubios cabellos, ¿dónde crees que está Dios?" Y cuando
llega a aquello de "Allá arriba, en lo alto del cielo azul", dirige
la mirada hacia lo alto con una expresión angelical. No nos cansamos de
hacérselo repetir, ¡resulta tan hermoso! Hay algo tan celestial en su mirada,
que uno se queda extasiado...» Madre mía querida, ¡qué feliz era yo a esa edad!
Empezaba ya a gozar de la vida, se me hacía atractiva la virtud y creo que me
hallaba en las mismas disposiciones que hoy, con un gran [11vº] dominio ya
sobre mis actos. ¡Ay, qué rápidos pasaron los años soleados de mi niñez! Pero
también ¡qué huella tan dulce dejaron en mi alma! Recuerdo ilusionada los días
en que papá nos llevaba al Pabellón.
Hasta los más pequeños detalles se me
grabaron en el corazón... Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los
que siempre nos acompañaba mamá... Aún siento en mi interior las profundas y
poéticas impresiones que nacían en mi alma a la vista de los campos de trigo
esmaltados de acianos y de flores silvestres. Me gustaban ya los amplios
horizontes... El espacio y los gigantescos abetos, cuyas ramas tocaban el
suelo, dejaban en mi alma una impresión parecida a la que siento hoy todavía a
la vista de la naturaleza... Con frecuencia, durante esos largos paseos, nos
encontrábamos con algún pobre, y Teresita era siempre la encargada de llevarles
la limosna, cosa que le encantaba.
Pero a menudo también, pareciéndole a papá
que el camino era demasiado largo para su reinecita, la llevaba a casa antes
que a las demás (muy a su pesar); y entonces, para consolarla, Celina llenaba
de margaritas su linda cestita y, a la vuelta, se las daba. Pero, ¡ay!, la
pobre abuelita pensaba que su nieta tenía demasiadas y cogía una buena parte de
ellas para su Virgen... Esto no le gustaba a Teresita, pero se guardaba muy bien
de decir nada, pues había adquirido la buena costumbre de no quejarse nunca.
Incluso cuando le quitaban lo que era suyo o cuando la acusaban injustamente,
prefería callarse y no excusarse, lo cual no era mérito suyo sino virtud
natural... ¡Qué lastima que esta buena disposición se haya desvanecido...!
[12rº]
Sí, verdaderamente todo me sonreía en la tierra. Encontraba flores a
cada paso que daba, y mi carácter alegre contribuía también a hacerme agradable
la vida. Pero un nuevo período se iba a abrir para mi alma. Tenía que pasar por
el crisol de la prueba y sufrir desde mi infancia, para poder ofrecerme mucho
antes a Jesús. Igual que las flores de la primavera comienzan a germinar bajo
la nieve y se abren a los primeros rayos del sol, así también la florecita
cuyos recuerdos estoy escribiendo tuvo que pasar también por el invierno de la
tribulación...
Fuente: Catholic.net
