En
la mirada, en el encuentro tiene lugar ese intercambio de corazones
Una
persona rezaba a Jesús, mirando sus ojos:
“A
veces sin ver tus ojos, no lo sé. Aunque tu voz te delata, me delata. Aunque en
el fuego las brasas, y en el silencio tu amor. A veces, sin ver tus ojos, no lo
sé. Callo y, ya sin palabras, te abrazo como un niño que no sabe qué decir.
Quisiera cambiar tus ojos, mis ojos. Mirar como tú me miras, mirar bien. A
veces, sin ver tus ojos, no lo sé. Quiero recorrer la vida, caminar en tus
pisadas. Soñar sueños que tú sueñas, descifrar voces al alba. Quiero verte y
que me veas, eso siempre. A veces, sin ver tus ojos, no lo sé. No sé cómo hacer
mi vida, cómo escribir mis historias. No logro entender qué vivo, no sé
componer mis días. A veces, sin ver tus ojos, no lo sé. Pero cuando te
miro y me miras, cuando logro ver tus ojos. Cuando me miras los
míos. Entonces, aunque es de noche, sí lo sé. Sé cuánto amor llena el
alma. Y sé que amado te amo. Aún sin saber”.
Estas
palabras expresan mucho de lo que hay en esa relación de amor con Jesús.
Expresan también ese amor a los hombres. Ese amor a los hombres en Dios.
En la
mirada, en el encuentro tiene lugar ese intercambio de corazones. Cuando sobran las palabras. Cuando
simplemente basta con estar presente.
