Al
hablar de las visitas a las carmelitas, me viene a la memoria la primera, que
tuvo lugar poco después de la entrada de Paulina. Me olvidé de hablar de ella
más arriba, pero hay un detalle que no quiero omitir. La mañana del día en que
debía ir al locutorio, reflexionando sola en la cama (pues era allí donde hacía
yo mis meditaciones más profundas y donde, a diferencia de la esposa del Cantar
de los Cantares, encontraba yo siempre a mi Amado), me preguntaba cómo me
llamaría en el Carmelo.
Sabía que había ya en él una sor Teresa de Jesús; sin
embargo, no podían quitarme mi bonito nombre de Teresa. De pronto, pensé [31vº]
en el Niño Jesús, a quien tanto quería, y me dije: «¡Cómo me gustaría llamarme
Teresa del Niño Jesús!» En el locutorio no dije nada del sueño que había tenido
completamente despierta.
Pero al preguntar la madre María de Gonzaga a las
hermanas qué nombre me pondrían, se le ocurrió darme el nombre que yo había
soñado... Me alegré enormemente, y aquella feliz coincidencia de pensamientos
me pareció una delicadeza de mi Amado, el Niño Jesús.
Estampas y lecturas
Me he olvidado también de
algunos pequeños detalles de ni niñez de antes de tu entrada en el Carmelo. No
te he hablado de mi amor a las estampas y a la lectura... Y, sin embargo, a las
preciosas estampas que tú me dabas como premio debo una de las más dulces
alegrías y de las más fuertes impresiones que me han incitado a la práctica de
la virtud... Me pasaba las horas muertas mirándolas. Por ejemplo, la «florecita
del divino Prisionero» era tan sugestiva, que me quedaba ensimismada mirándola.
Al ver que el nombre de Paulina estaba escrito al pie de la florecita, me
hubiera gustado que el de Teresa estuviera también allí, y me ofrecía a Jesús
para ser su florecita...
No sabía jugar, pero me gustaba mucho la lectura, y me
hubiera pasado la vida leyendo. Afortunadamente tenía unos ángeles de la tierra
que me elegían unos libros que, a la vez que me distraían, alimentaban mi
espíritu y mi corazón. Además, no podía dedicar a la lectura más que un
determinado tiempo, lo cual era para mí motivo de grandes sacrificios, pues
muchas veces tenía que interrumpirla en lo más interesante de un pasaje... Esta
afición a la lectura duró hasta mi entrada en el Carmelo.
Me sería imposible
decir el número de libros que pasaron por mis manos; pero nunca permitió Dios
que leyera ni uno sólo que pudiera hacerme daño. Es cierto que, al leer ciertos
relatos caballerescos, no siempre percibía en un primer momento la realidad de
la vida; pero pronto Dios me daba a [32rº] entender que la verdadera gloria es
la que ha de durar para siempre y que para alcanzarla no es necesario hacer
obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de manera que la
mano izquierda no sepa lo que hace la derecha...
Así, al leer los relatos de
las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la
venerable JUANA DE ARCO, me venían grandes deseos de imitarlas. Me parecía
sentir en mi interior el mismo ardor que las había animado a ellas y la misma
inspiración celestial. Por entonces recibí una gracia que siempre he
considerado como una de las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no
recibía las luces de que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la
gloria, y, buscando la forma de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos
que acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría
ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡¡¡llegar a ser una gran
santa...!!! Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil
e imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en
religión.
No obstante, sigo teniendo la misma confianza audaz de llegar a ser
una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos -que no tengo ninguno-, sino en
Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo él, contentándose con mis
débiles esfuerzos, me elevará hasta él y, cubriéndome con sus méritos
infinitos, me hará santa. Yo no pensaba entonces que para llegar a la santidad
había que sufrir mucho. Dios no tardó en mostrármelo, enviándome las pruebas
que he contado antes... Ahora he de reanudar mi relato en el punto en que lo
había dejado.
Tres meses después de mi curación, papá nos llevó de viaje a Alençon.
Era la primera vez que volvía allí, y fue muy grande mi alegría al volver a ver
los parajes en los que había transcurrido ni niñez, [32vº] y sobre todo al
poder rezar sobre la tumba de mamá y pedirle que me protegiera siempre... Dios
me concedió la gracia de no conocer el mundo, a no ser justo para despreciarlo
y alejarme de él. Podría decir que durante mi estancia en Alençon fue cuando
hice mi presentación en sociedad. Todo era alegría y felicidad en torno a mí.
Me veía festejada, mimada, admirada. En una palabra, durante quince días mi
vida sólo se vio sembrada de flores...
Y confieso que aquella vida tenía sus
encantos para mí.
La Sabiduría tiene mucha razón cuando dice: «El hechizo de
las bagatelas del mundo seduce hasta a las mentes sin malicia». A los diez
años, el corazón se deja fácilmente deslumbrar. Por eso considero como una
gracia muy grande el no haberme quedado en Alençon. Los amigos que teníamos
allí eran demasiado mundanos y compaginaban demasiado las alegrías de la tierra
con el servicio de Dios. No pensaban lo bastante en la muerte, y sin embargo la
muerte ha venido a visitar a un gran número de personas a las que yo conocí,
¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!!
Me gusta volver con el pensamiento a los lugares
encantadores donde vivieron, preguntarme dónde están, qué les queda hoy de los
castillos y los parques donde las vi disfrutar de las comodidades de la vida...
Y veo que todo es vanidad y aflicción de espíritu bajo el sol..., y que el
único bien que vale la pena es amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de
espíritu aquí en la tierra... Tal vez Jesús quiso mostrarme el mundo antes de
hacerme la primera visita, para que eligiera más libremente el camino que iba a
prometerle seguir.
Fuente: Catholic.net
