Hay personas que se gastan en el bingo lo que
necesitan en su casa
Desde que se ha permitido el juego en algunos países, éste se ha
convertido en un vicio nacional. La ludopatía es una enfermedad social. Lo que
se gasta en juegos de azar en un año es una atrocidad. España es el país del
mundo que más gasta en juegos de azar, por persona, después de Filipinas.
De acuerdo al Manual Diagnóstico y Estadística de los trastornos
mentales de la American Psychiatric Association: ‘La sintomatología esencial de
este trastorno consiste en un fracaso crónico y progresivo en resistir los
impulsos a jugar y en la aparición de una conducta de juego que compromete,
rompe o lesiona los objetivos personales, familiares o vocacionales’ (…)
‘Los problemas característicos suponen un aumento extraordinario de las
deudas personales e incapacidad consiguiente para pagarlas y hacer frente a
otras responsabilidades financieras, con lo que se alteran las relaciones
familiares y la atención al trabajo, recurriendo a actividades financieras
ilegales para poder pagar’.
Estamos, pues, ante una enfermedad mental de carácter social. El juego
patológico, al igual que el resto de conductas adictivas o dependientes, genera
una situación problema con importantes implicaciones sociales.
La capacidad del jugador para el desenvolvimiento normal de su vida
diaria se ve gravemente afectada, de tal manera, que se presentan alteraciones
en las relaciones familiares, irregularidades en el trabajo y actividades
financieras ilegales.
En mayor o menor grado, la desestructuración familiar está presente en
el entorno de los jugadores patológicos, que se traducen en un deterioro
progresivo de la convivencia, no sólo conyugal, sino también paterno-filial.
Esto puede verse agravado por problemas de índole económica que aparecen en no pocos casos. Sin olvidar que un entorno conflictivo no es el lugar más adecuado para la formación en los valores humanos y cristianos de los miembros más jóvenes de la generación.
Esto puede verse agravado por problemas de índole económica que aparecen en no pocos casos. Sin olvidar que un entorno conflictivo no es el lugar más adecuado para la formación en los valores humanos y cristianos de los miembros más jóvenes de la generación.
El ámbito laboral es otro espacio social a considerar. Cuando el nivel
de adicción al juego es considerable, resulta fácil encontrar excusas para
distraer parte del tiempo que debería dedicarse al trabajo, o simplemente, el
estado anímico del sujeto le impide desarrollar su labor de manera
satisfactoria y algo puede empezar a fallar. La situación puede complicarse si
se delinque, accediendo de manera ilegal a bienes económicos de la empresa, o
de clientes. Aparecen los problemas legales e incluso el despido laboral.
No podemos olvidar al ama de casa. La mujer jugadora que se dedica a las
tareas domésticas también tiene su ámbito laboral: el hogar. Normalmente, el
ama de casa está sola, los niños en el colegio, el marido en el trabajo… ¿quién
le impide entonces dar una escapadita al bingo o a las máquinas de azar? ¿o la
ciberadicción a jugar en la red?
Puede que no emplee grandes sumas de dinero, pero tendrá que hacer
verdaderas maravillas para tener el trabajo a punto. El deterioro de la
economía doméstica, las tensiones en el seno de la familia, discusiones, etc.,
terminan por desestabilizar la convivencia.
Respecto al ámbito grupal-relacional, es factible que sea afectado en un
sentido u otro. No es raro que el jugador pida prestado dinero. Así es que los
amigos pasan a ocupar el status de acreedores, por lo que se procura evitarlos,
sobre todo, si las posibilidades de devolver el préstamo son escasas o nulas.
El jugador patológico no es un jugador social. Generalmente juega
siempre solo. Por otra parte, cada vez emplea más tiempo en el juego, y
consecuencia de ello es un aislamiento social cada vez mayor.
En definitiva, la vida del jugador patológico pierde calidad, abarcando
un amplio espectro: desde el grave deterioro de la convivencia familiar, hasta
el desarraigo familiar, laboral y social, que ya supone una verdadera
marginación.
El juego en sí, no es nocivo. Resulta evidente que la actividad lúdica
es importante para el equilibrio emocional del ser humano: el juego infantil,
en su concepción evolutiva, los juegos de pasatiempos que favorecen la
interacción social.
En virtud de la justicia social, gastar el dinero irresponsablemente es
moralmente inaceptable. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2413) que:
Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos
contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando
privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o
las de los demás. La pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave
servidumbre. Apostar injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una
materia grave, a no ser que el daño infligido sea tan leve que quien lo padece
no pueda razonablemente considerarlo significativo.
La utilización de los juegos de azar o de apuestas en sí misma, no es
inmoral. Sí lo es, el uso inadecuado de los mismos. Son actividades que
necesitan de un riesgo, normalmente económico y es en ellas donde las personas
que presentan conducta dependiente o adictiva, no tóxica, encuentran su
infierno particular.
Hay personas que se gastan en el bingo lo que necesitan en su casa. Esto
es una inmoralidad. Y si lo que gastan es lo que les sobra, que lo den de
limosna a personas que lo necesiten. Pero el dinero no es para jugárselo a no
ser que sea en pequeñas cantidades, aunque el juego es un vicio en el que se
empieza por cantidades pequeñas y a veces se termina jugándose lo inconcebible.
La ludopatía (adicción al juego) es un problema tan grave como las
drogas. Los ludópatas experimentan una necesidad de jugar como la que tiene un
heroinómano de pincharse. Es una enfermedad que esclaviza.
Fuente:
El Teólogo Responde
