El papa Francisco, como cada domingo, se ha asomado a
la ventana del estudio del Palacio Apostólico para rezar el ángelus con los
fieles congregados en la plaza de San Pedro
Estas son las palabras del Santo Padre antes de la oración mariana.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El
Evangelio de este domingo presenta el evento prodigioso sucedido en Caná, un
pueblo de Galilea, durante la fiesta de una boda en la que también participaron
María y Jesús, con sus primeros discípulos (cfr Jn 2,1-11). La Madre dice al
Hijo que falta el vino y Jesús, después de responder que todavía no ha llegado
su hora, sin embargo acoge su petición y dona a los novios el vino más bueno de
toda la fiesta.
El
evangelista subraya que aquí “Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y
creció la fe de sus discípulos en él” (v. 11).
Los
milagros, por tanto, son signos extraordinarios que acompañan la predicación de
la Buena Noticia y tienen el fin de suscitar o reforzar la fe en Jesús.
En
el milagro realizado en Caná, podemos ver un acto de benevolencia por parte de
Jesús hacia los novios, un signo de la bendición de Dios a su matrimonio. El
amor entre el hombre y la mujer es por tanto un buen camino para vivir el
Evangelio, es decir, para emprender el camino con alegría sobre el recorrido de
la santidad.
Pero
el milagro de Caná no tiene que ver solo con los esposos. Cada persona humana
está llamada a encontrar al Señor como Esposo de su vida. La fe cristiana es un
don que recibimos con el Bautismo y que nos permite encontrar a Dios.
La
fe atraviesa tiempos de alegría y de dolor, de luz y de oscuridad, como en cada
auténtica experiencia de amor.
El
pasaje de las bodas de Caná nos invita a redescubrir que Jesús no se presenta a
nosotros como un juez preparado para condenar nuestras culpas, ni como un
comandante que nos impone seguir ciegamente sus órdenes; se manifiesta como
Salvador de la humanidad, como hermano, como nuestro hermano mayor, hijo del
Padre, se presenta como Aquel que responde a las esperanzas y a las promesas de
alegría que habitan en el corazón de cada uno de nosotros.
Entonces
podemos preguntarnos: ¿realmente conozco al Señor así? ¿Lo siento cercano a mí,
a mi vida? ¿Le estoy respondiendo en la amplitud de ese amor esponsal que Él me
manifiesta cada día y a cada ser humano?
Se
trata de darse cuenta que Jesús nos busca y nos invita a hacerle espacio en lo
íntimo de nuestro corazón. Y en este camino de fe con Él no estamos solos:
hemos recibido el don de la Sangre de Cristo.
Las
grandes ánforas de piedra que Jesús llena de agua para convertirlas en vino (v.
7) son signo del paso de la antigua a la nueva alianza: en el lugar del agua usada
para la purificación ritual, hemos recibido la Sangre de Jesús, derramada de
forma sacramental en la Eucaristía y de la forma más dura en la Pasión y en la
Cruz. Los Sacramentos, que derivan del Misterio pascual, infunden en nosotros
la fuerza sobrenatural y nos permiten saborear la misericordia infinita de
Dios.
La
Virgen María, modelo de meditación de las palabras y de los gestos del Señor,
nos ayude a redescubrir con fe la belleza y la riqueza de la Eucaristía y de
los otros Sacramentos, que hacen presente el amor fiel de Dios por nosotros.
Podemos así enamorarnos cada vez más del Señor Jesús, nuestro Esposo, e ir a su
encuentro con las lámparas encendidas de nuestra fe alegre, convirtiéndonos así
en sus testigos en el mundo.
Fuente: Zenit
