Desde su origen divino
hasta las consecuencias político religiosas de la Segunda Guerra Mundial
X. La expansión de la Iglesia
Las «invasiones bárbaras» constituyen un hecho de trascendental importancia
para la historia cristiana. Hasta entonces, la expansión del Evangelio se había
limitado prácticamente a los pueblos de cultura mediterránea. La mayoría de los
pueblos germánicos invasores de Occidente no se convirtieron directamente desde
su paganismo ancestral al Cristianismo católico. Su conversión pasó por un
estadio intermedio de Cristianismo arriano. El Arrianismo se introdujo en el
mundo germánico a través del pueblo visigodo.
En este contexto histórico es fácil advertir la importancia que revistió la
conversión de los francos. A una hora en que todos los reinos germánicos de
Occidente profesaban el Arrianismo, un pueblo joven y vigoroso rompió ese
esquema religioso-político: el pueblo franco. Los francos eran paganos en la
segunda mitad del siglo V, cuando se extendieron por el norte de las Galias.
Pero su opción religiosa no fue el Arrianismo germánico sino la Iglesia
católica. En la Navidad de un año en torno al 500, el rey franco Clodoveo
recibió el bautismo católico.
El mundo mediterráneo sufrió en el siglo VII otro impacto de signo religioso
muy distinto: la invasión islámica. El Islamismo, fundado por Mahoma (570-632),
se extendió tras su muerte con portentosa rapidez. Los musulmanes se apoderaron
de buena parte del Oriente cristiano, dominaron el norte de África desde Suez
al Atlántico, y en el año 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar y tras una
fulgurante campaña, conquistaron la España visigoda. Poitiers, donde los
islamitas fueron vencidos por Carlos Martel, marca el octavo siglo y tanto el
Oriente Próximo como el África del norte forman parte todavía del mundo
islámico. La suerte más triste fue la sufrida por la Cristiandad del África
latina de San Cipriano y San Agustín, que terminó por extinguirse tras siglos
de dolorosa agonía.
XI. El cristianismo en la nueva sociedad feudal
El siglo VIII presenció un profundo giro en la historia de la Cristiandad
occidental; la razón principal estuvo en las nuevas relaciones establecidas
entre la Santa Sede y el Reino de los francos. El Imperio oriental, que
conservaba importantes dominios en Italia, había sido durante varios siglos el
brazo secular protector del Pontificado romano y de sus dominios territoriales,
siempre amenazados por los longobardos. La protección bizantina se hizo menos
eficaz a medida que el Imperio, progresivamente «orientalizado» y agobiado por
la presión permanente del Islam, se desentendía cada vez más de Occidente. El
Papado, necesitado de hallar un nuevo «brazo secular» volvió los ojos hacia el
único Reino occidental que, tras el hundimiento de la España visigoda, estaba
en condiciones de asumir aquella misión: el reino franco.
En 753, el papa Esteban II confirió la unción regia a Pipino y a sus dos hijos, Carlomán y Carlos. Estos recibieron el título de «Patricio de los romanos», que les confería el derecho de intervenir en la administración de la Urbe y tutelar los Estados de la Iglesia, solar del poder temporal de los papas. El proceso así iniciado culminó durante el reinado del hijo de Pipino: Carlomagno, uno de los grandes forjadores de la Cristiandad medieval. La propagación de la fe y de la civilización cristiana, con la mira puesta en la instauración de la sociedad cristiana, fueron el objetivo fundamental de la política de Carlomagno. En la Navidad del año 800, Carlos fue coronado emperador en San Pedro de Roma por el papa León III.
Por esa razón, a poco de morir Carlomagno se inició la decadencia carolingia, con los «repartos» territoriales, el decaimiento de la autoridad suprema y la crisis de la sociedad: la disgregación feudal sucedió al orden imperial y la Iglesia pagó también las consecuencias. Al desvanecerse la autoridad soberana, se multiplicaron los peligros de anarquía y las amenazas de normandos, sarracenos y magiares. Las gentes, incapaces de defenderse por sí mismas, buscaron protección en la única fuerza que podía prestarla, la casta nobiliaria militar, detentadora en exclusiva del poder efectivo y real. Comienza así la sociedad feudal.
Las estructuras eclesiásticas sufrieron también el impacto del feudalismo. Los señores pretendieron obtener provecho económico de las «iglesias propias» erigidas por ellos en sus dominios para el servicio religioso de la población campesina. Análogos derechos trataron de ejercer en otras iglesias y monasterios que los tomaron por patronos y protectores. Los grandes quisieron disponer también de los patrimonios eclesiásticos en pro de sus guerreros, o bien designar a familiares como titulares de obispados y abadías, cargos estos apetecidos por la nobleza en razón de su poder social.
El exponente más representativo del impacto producido por la crisis feudal en la Iglesia y en la sociedad cristiana fue el llamado «Siglo de Hierro» del Pontificado. Desde comienzos del siglo X hasta mediados del XI, se prolongó este período con una transitoria mejoría en la segunda mitad de la décima centuria. El oscurecimiento de la autoridad imperial dejó a la Sede Apostólica sin su protección e hizo que viniera a caer en manos de los inmediatos poderes señoriales: las facciones feudales dominantes en Roma.
Uno de los factores de regeneración cristiana fue la erección de un monasterio destinado a ejercer grandísima influencia sobre la vida espiritual y social de Occidente: Cluny.
Otro proceso destinado a ejercer profunda influencia en la historia de la Cristiandad europea se había iniciado en Alemania, también a principios del siglo X. Extinguidas las secuelas del pasado carolingio, los duques nacionales germánicos, en 919, restauraron la realeza, eligiendo por rey a Enrique I, duque de Sajonia; su hijo fue Otón I (936-973), un gran monarca que, al igual que Carlomagno siglo y medio antes, ha de ser considerado como otro de los grandes constructores de la Europa cristiana.
Otón I llevó a cabo victoriosas
campañas militares contra eslavos y magiares, que le rindieron vasallaje, y
fortaleció su autoridad en el interno del reino. Otón fue coronado emperador en
Roma, en febrero de 962. El Imperio germánico venía así a suceder al carolingio
como Imperio cristiano occidental. Otón I asumió la misión de proteger los
Estados Pontificios y el control de las elecciones papales, que de este modo
quedaban a salvo de las intromisiones de los señores romanos. Esta situación se
prolongo bajo los reinados de Otón II y Otón III (980-1002).
Fuente: Catholic.net
