Recuerdas
en mi seno.
¡Recuérdanos tú y alúmbranos, Señor mío, para
que conozcamos y amemos los bienes que siempre nos tienes propuestos, y
conoceremos que te moviste a hacernos las mercedes y que te acordaste de
nosotros!
10. Totalmente es indecible lo que el alma
conoce y siente en este recuerdo de la excelencia de Dios porque siendo
comunicación de la excelencia de Dios en la sustancia del alma, que es el seno
que aquí dice, suena en el alma una potencia inmensa en voz de multitud de
excelencias de millares de millares de virtudes. En éstas el alma estancando,
queda terrible como haces de ejércitos (Ct. 6, 3), y suavizada y agraciada en
todas las suavidades y gracias de las criaturas.
11. Pero será la duda: ¿cómo puede sufrir el
alma tan fuerte comunicación en la carne, que en efecto no hay sujeto y fuerza
en ella para sufrir tanto para no desfallecer? Pues que, de solamente de ver la
reina Ester al rey Asuero en su trono con vestiduras reales y resplandeciendo
el oro y perlas preciosas temió tanto de verle tan terrible en su aspecto que
desfalleció como ella lo confiesa allí (Est. 15, 16), diciendo, que por el
temor que le hizo su gran gloria, porque le pareció como un ángel y su rostro
lleno de gracias, desfalleció; porque la gloria oprime al que la mira, cuando
no glorifica.
Pues, ¿cuánto más había el alma de desfallecer
aquí, pues no es ángel el que echa de ver, sino Dios con su rostro lleno de
gracias de todas las criaturas y de terrible poder y gloria y voz de multitud
de excelencias? De la cual dice Job (26, 14) que, cuando oyéremos tan mala vez
una partecita, ¿quién podrá sufrir la grandeza de su trueno?; y en otra parte
(23, 6) dice: No quiero que entienda y trate conmigo con mucha fortaleza,
porque por ventura no me oprima con el peso de su grandeza.
12. Pero la causa por que el alma no desfallece
y teme en aqueste recuerdo tan poderoso y glorioso, es por dos cosas. La
primera porque, estando ya el alma en estado de perfección, como aquí está, en
el cual está la parte inferior muy purgada y conforme con el espíritu, no tiene
el detrimento y pena que en las comunicaciones espirituales suele tener el
espíritu y sentido no purgado y dispuesto para recibirlas. Aunque no basta ésta
para dejar de recibir detrimento delante de tanta grandeza y gloria, por
cuanto, aunque esté el natural muy puro, todavía, porque excede al natural, le
corromperá, como hace el excelente sensible a la potencia; que a este propósito
se entiende lo que alegamos de Job.
La segunda causa es lo que hace al caso, que es
la que el primer verso le dice aquí el alma, que es mostrarse manso y amoroso.
Porque así como Dios muestra al alma esta grandeza y gloria para regalarla y
engrandecerla, así la favorece para que no reciba detrimento, amparando al
natural, mostrando al espíritu su grandeza con blandura y amor a excusa del
natural, no sabiendo el alma si pasa en el cuerpo o fuera de él (2 Cor. 12, 2).
Lo cual puede muy bien hacer el que con su diestra amparó a Moisés (Ex. 33, 22)
para que viese su gloria.
Y así, tanta mansedumbre y amor siente el alma
en él, cuanto poder y señorío y grandeza, porque en Dios todo es una misma
cosa; y así es el deleite fuerte, y el amparo fuerte en mansedumbre y amor,
para sufrir fuerte deleite; y así, antes el alma queda poderosa y fuerte que
desfallecida. Que, si Ester se desmayó, fue porque el rey se le mostró al principio
no favorable, sino, como allí dice (Est. 15, 10), los ojos ardientes, le mostró
el furor de su pecho. Pero, luego que la favoreció, extendió su cetro, y,
tocándola con él y abrazándola, volvió sobre sí, habiéndola dicho que él era su
hermano, que no temiese (Ester 15, 12n15).
13. Y así, habiéndose aquí el Rey del cielo
desde luego con el alma amigablemente, como su igual y hermano, desde luego no
teme el alma: porque, mostrándole en mansedumbre y no en furor la fortaleza de
poder y el amor de su bondad, la comunica la fortaleza y amor de su pecho,
saliendo a ella de su trono del alma como esposo de su tálamo (Sal. 18, 6),
donde estaba escondido, o inclinado a ella, tocándola como hermano.
Y allí
las vestiduras reales y fragancia de ellas, que son las virtudes admirables de
Dios; allí el resplandor de oro, que es la caridad; allí lucir las piedras
preciosas de las noticias de las sustancias superiores e inferiores; allí el
rostro del Verbo lleno de gracias, que embisten y visten a la reina del alma,
de manera que, transformada ella en estas virtudes del Rey del cielo, se ve
hecha reina, y que se puede en verdad decir de ella lo que dice David en el
salmo 44 (v. 10), es a saber: La reina estuvo a tu diestra en vestiduras de oro
y cercada de variedad. Y, porque todo esto pasa en la íntima sustancia del
alma, dice luego ella:
Donde
secretamente solo moras.
14. Dice que en su seno mora secretamente,
porque, como habemos dicho, en el fondo de la sustancia del alma es hecho este
dulce abrazo. Es de saber que Dios en todas las almas mora secreto y encubierto
en la sustancia de ellas, porque, si esto no fuese, no podrían ellas durar.
Pero hay diferencia en este morar, y mucha: porque en unas mora solo, y en
otras no mora solo; en unas mora agradado, y en otras mora desagradado; en unas
mora como en su casa, mandando y rigiéndolo todo, y en otras mora como extraño
en casa ajena, donde no le dejan mandar nada ni hacer nada.
El alma donde menos apetitos y gustos propios
moran, es donde él más solo y más agradado y más como en casa propia,
rigiéndola y gobernándola mora, y mora tanto más secreto, cuanto más solo. Y
así, en esta alma, en que ya ningún apetito mora ni otras imágenes ni formas de
alguna cosa criada, secretísimamente mora, con tanto más íntimo interior y
estrecho abrazo, cuanto ella, como decimos, está más pura y sola de otra cosa
que Dios. Y así está secreto, porque a este puesto y abrazo no puede llegar el
demonio, ni entendimiento alguno a saber cómo es.
Pero a la misma alma en esta perfección no le
está secreto, que siempre le siente en sí, sino en estos recuerdos; que, cuando
los hace, le parece al alma que recuerda el que estaba dormido antes en sueño;
que, aunque le sentía y gustaba, era como el amado dormido en el seno, que no
se comunican las inteligencias y amores de entrambos hasta que entrambos están
recordados.
15. ¡Oh, cuán dichosa es esta alma que siempre
siente estar a Dios reposando y descansando en su seno! ¡Oh, cuánto le conviene
apartarse de cosas, huir de negocios, vivir con inmensa tranquilidad, porque
con una motica no inquiete ni remueva el seno del Amado! Está él allí de
ordinario como dormido en este abrazo con la sustancia del alma, la cual ella
muy bien siente y de ordinario muy bien goza. Porque, si estuviese en ella
siempre recordado, que sería comunicándose las noticias y los amores, sería
estar en gloria. Porque, si una vez que recuerda, (tan mala vez!, abriendo el
ojo, pone tal al alma, como vemos, ¿qué sería si de ordinario estuviese en ella
bien despierto?
16. En otras almas que no han llegado a esta
unión, aunque no está desagradado, por cuanto aun no están bien dispuestas para
ella, mora secreto en su alma; porque no le sienten de ordinario sino es cuando
él les hace algunos recuerdos sabrosos, aunque no son del género de éste, ni
tienen que ver con él. Pero al demonio y al entendimiento no les está tan
secreto como estotro, porque todavía podría entender algo por los movimientos
del sentido, por cuanto hasta la unión no está bien aniquilado, que todavía
tiene algunas acciones acerca de lo espiritual, por no ser ello totalmente
espiritual.
Mas en este recuerdo que el Esposo hace en esta
alma perfecta, todo es perfecto, porque él lo hace todo. Y entonces en aquel
excitar y recordar, que es al modo de como cuando uno recuerda y respira,
siente el alma la aspiración de Dios, y por eso dice:
¡Y en tu
aspirar sabroso, de bien y gloria lleno, cuán delicadamente me enamoras!
17. En aquel aspirar de Dios yo no querría
hablar, ni aun quiero: porque veo claro que no lo tengo de saber decir, y
parecería menos si lo dijese. Porque es una aspiración que Dios hace, en que,
en aquel recuerdo del alto conocimiento de la Deidad, la aspira el Espíritu
Santo con la misma proporción que es la noticia en que la absorbe
profundísimamente en el Espíritu Santo, enamorándola delicadísimamente según
aquello que vio. Porque, siendo llena de bien y gloria, la llenó de bondad y
gloria del Espíritu Santo, en que la enamoró de sí sobre toda lengua y sentido
en los profundos de Dios. Y por eso, aquí lo dejo.
Fuente: Portal Carmelitano
