recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
DECLARACIÓN
1. Conviértese el alma aquí a su Esposo con
mucho amor, estimándole y agradeciéndole dos efectos admirables que a veces en
ella hace por medio de esta unción, notando también el modo con que hace cada
uno y también el efecto que en ella redunda este caso.
2. El primer efecto es recuerdo de Dios en el
alma, y el modo con que éste se hace es de mansedumbre y de amor. El segundo es
aspiración de Dios en el alma, y el modo de este es de bien y gloria que se le
comunica en la aspiración. Y lo que de aquí en el alma redunda es enamorarla
delicada y tiernamente.
3. Y así, es como si dijera: El recuerdo que
haces, ¡Oh Verbo Esposo!, en el centro y fondo de mi alma, que es la pura e
íntima sustancia de ella, en que secreta y calladamente solo, como Señor de
ella, moras, no sólo como en tu casa, ni sólo como en tu mismo lecho, sino
también como en mi propio seno, íntima y estrechamente unido, ¡cuán mansa y
amorosamente le haces!, esto es, grandemente manso y amoroso. Y en la sabrosa
aspiración en que en ese recuerdo tuyo haces sabrosa para mí, que está llena de
bien y gloria, ¡con cuánta delicadez me enamoras y aficionas a ti! En el cual
toma el alma la semejanza del que cuando recuerda de su sueño respira, porque,
a la verdad, ella así lo siente. Síguese el verso:
¡Cuán
manso y amoroso recuerdas en mi seno!
4. Muchas maneras de recuerdos hace Dios al
alma, tantas, que, si las hubiésemos de contar, nunca acabaríamos. Pero este
recuerdo, que aquí quiere dar a entender el alma que hace el Hijo de Dios, es,
a mi ver, de los más levantados y que más bien hace al alma. Porque este
recuerdo es un movimiento que hace el Verbo en la sustancia del alma, de tanta
grandeza y señorío y gloria y de tan íntima suavidad, que le parece al alma que
todos los bálsamos y especies odoríferas y flores del mundo se trabucan y
menean, revolviéndose, para dar suavidad, y que todos los reinos y señoríos del
mundo, y todas las potestades y virtudes del cielo se mueven; y, no sólo eso,
sino que también todas las virtudes y sustancias y perfecciones y gracias de
todas las cosas criadas relucen y hacen el mismo movimiento, todo a una y en
uno.
Que, por cuanto como dice san Juan (1, 3), todas
las cosas en él son vida y en él viven y son y se mueven, como también dice el
Apóstol (Act. 17, 28), de aquí es que, moviéndose este gran Emperador en el
alma, cuyo principado, como dice Isaías (9, 6), trae sobre sus hombros, que son
las tres máquinas: celeste, terrestre e infernal (Fil. 2, 10), y las cosas que
hay en ellas, sustentándolas todas, como dice san Pablo (Hb. 1, 3), en el Verbo
de su virtud, todas a una parezcan moverse, al modo que al movimiento de la
tierra se mueven todas las cosas naturales que hay en ella, como si no fuesen
nada; así es cuando se mueve este Príncipe, que trae sobre sí su corte, y no la
corte a él.
5. Aunque esta comparación harto impropia es,
porque acá no sólo parecen moverse, sino que también descubren las bellezas de
su ser, virtud y hermosura y gracias, y la raíz de su duración y vida. Porque
echa allí de ver el alma cómo todas las criaturas de arriba y abajo tienen su
vida y duración en él, y ve claro lo que dice en el libro de la Sabiduría (Pv.
8, 15n16), diciendo: Por mí reinan los reyes, por mí gobiernan los príncipes y
los poderosos ejercitan justicia y la entienden.
Y, aunque es verdad que echa allí de ver el alma
que estas cosas son distintas de Dios, en cuanto tienen ser criado, y las ve
allí con él con su fuerza, raíz y vigor, es tanto lo que conoce ser Dios en su
ser con infinita eminencia todas estas cosas, que las conoce mejor en su ser
que en ellas mismas. Y éste es el deleite grande de este recuerdo: conocer por
Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos
por su causa, y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero, y esotro
es esencial.
6. Y cómo sea este conocimiento en el alma, como
quiera que Dios sea inmovible, es cosa maravillosa, porque, aunque entonces
Dios no se mueve realmente, al alma le parece que en verdad se mueve. Porque,
como ella es innovada y movida por Dios para que vea esta sobrenatural vista, y
se le descubre con tanta novedad aquella divina vida y el ser y armonía de toda
criatura en ella con sus movimientos en Dios parécele que Dios es el que se
mueve y que tome la causa el nombre del efecto que hace, según el cual efecto
se puede decir que Dios se mueve, según el Sabio (Sab. 7, 24) dice: Que la
sabiduría es más movible que todas las cosas movibles. Y es no porque ella se
mueva, sino porque es el principio y raíz de todo movimiento; permaneciendo en sí
estable, como dice luego, todas las cosas innova.
Y así, lo que allí quiere decir, es que la
sabiduría es más activa que todas las cosas activas. Así debemos aquí decir que
el alma en este movimiento es la movida y la recordada del sueño de vista
natural a vista sobrenatural, y por eso la pone bien propiamente nombre de
recuerdo.
7. Pero Dios siempre se está así como el alma lo
echó de ver, moviendo, rigiendo y dando ser y virtud y gracias y dones a todas
las criaturas, teniéndolas todas en sí virtual, presencial y sustancialmente,
viendo el alma lo que Dios es en sí y lo que es en las criaturas en una sola
vista, así como quien, abriéndole un palacio, ve en un acto la eminencia de la
persona que está dentro, y ve juntamente lo que está haciendo.
Y así, lo que yo entiendo cómo se haga este
recuerdo y vista del alma es que, estando el alma en Dios sustancialmente, como
lo está toda criatura, quítale delante algunos de los muchos velos y cortinas
que ella tiene antepuestos para poderle ver como él es, y entonces traslúcese y
viséase algo oscuramente (porque no se quitan todos los velos) a aquel rostro
suyo lleno de gracias; el cual, como todas las cosas está moviendo con su
virtud, parécese juntamente con él lo que está haciendo, y parece él moverse
con ellas y ellas en él con movimiento continuo, y por eso le parece al alma
que él se movió y recordó, siendo ella la movida y recordada.
8. Que ésta es la bajeza de esta nuestra
condición de vida, que, como nosotros estamos, pensamos que están los otros y
como somos, juzgamos a los demás, comenzando de nosotros mismos el juicio y no
de fuera. Y así, el ladrón piensa que los otros también hurtan; y el lujurioso,
que los otros lo son; y el malicioso, que los otros son maliciosos, saliendo ya
aquel juicio de su malicia; y el bueno piensa bien de los demás, saliendo aquel
juicio de bondad que tiene en sí concebida; el que es descuidado y dormido,
parece que los otros lo son. Y de aquí es que, cuando nosotros estamos
descuidados y dormidos delante de Dios, nos parezca que Dios es el que está
dormido y descuidado de nosotros, como se ve en el Salmo 43 (v. 23), donde
David dice a Dios. (Levántate, Señor!, )por qué duermes?, poniendo en Dios lo
que había en los hombres, que, siendo ellos los caídos y dormidos, dice a Dios
que él sea el que se levanta y se despierte, como quiera que nunca duerme el
que guarda a Israel (Sal. 120, 4).
9. Pero, a la verdad, como quiera que todo el
bien del hombre venga de Dios (Sant. 1, 16), y el hombre de suyo ninguna cosa
pueda que sea buena, con verdad se dice que nuestro recuerdo es recuerdo de
Dios, y nuestro levantamiento es levantamiento de Dios. Y así, es como si
dijera David: Levántanos dos veces y recuérdanos, porque estamos dormidos y
caídos de dos maneras. De donde, porque el alma estaba dormida en sueño, de que
ella jamás no pudiera por sí misma recordar, y sólo Dios es el que la pudo
abrir los ojos y hacer este recuerdo, muy propiamente le llama recuerdo de
Dios, diciendo:
Recuerdas
en mi seno.
Fuente: Portal Carmelitano
