El Concilio Vaticano II quiso recuperar la vocación y misión de los lacios. San Juan Pablo II escribió un documento precioso, titulado «Los laicos cristianos», que puede ser entendido como un manual de vida para los bautizados como protagonistas en la vida de la Iglesia
El bautismo de Jesús, que celebramos este domingo, cierra el tiempo de Navidad.
Su bautismo en el Jordán es el inicio de su misión. La voz del Padre, que viene
del cielo, revela que Jesús no es un pecador más en la fila de quienes hacen
penitencia, sino su Hijo amado, su predilecto.
Por eso, la gente debe
escucharle. San Pedro sintetiza la misión de Cristo con estas palabras: «Me
refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios
estaba con él» (Hch 10,38). Los evangelios constituyen el desarrollo de esta
misión de Cristo, que arranca de su Bautismo, momento en que, como hombre, fue
ungido para llevarla a cabo.
El Concilio Vaticano II quiso recuperar la vocación y misión de
los lacios. San Juan Pablo II escribió un documento precioso, titulado «Los
laicos cristianos», que puede ser entendido como un manual de vida para los
bautizados como protagonistas en la vida de la Iglesia. Y el Papa Francisco, en
su exhortación «Evangelii Gaudium», ha subrayado de nuevo la dignidad de los
laicos y su responsabilidad en la misión de la Iglesia. A pesar de todos los
esfuerzos, los laicos no terminan de asumir su misión.
Mucha culpa tenemos los
pastores, que seguimos considerando a los laicos destinatarios de nuestra acción
pastoral, pero no sujetos responsables de la única misión de Cristo. Pensamos a
menudo que debemos encomendarles tareas, oficios, responsabilidades. Y no está
mal. Pero olvidamos que es el bautismo quien les ha otorgado su misión propia en
el mundo. No son delegados de los sacerdotes, como si su misión en la Iglesia
fuera el resultado de una delegación. Pensar así es «clericalizar» a los laicos,
hacerlos dependientes de los sacerdotes, privarles de sus iniciativas
responsables.
En otras ocasiones, son los mismos laicos, quienes, al
experimentar la dificultad de estar en el mundo, con autonomía propia, no asumen
su exigente vocación. Y sucumben a la tentación de refugiarse en el ámbito
cálido de los templos y sacristías. El lugar propio de los lacios es el mundo y
las estructuras temporales, los ámbitos donde se juega la vida de la sociedad:
la cultura, la economía, la sociedad. Son el fermento en la masa, la luz en el
mundo. Por eso, los laicos, para vivir su vocación bautismal, necesitan una
profunda vida espiritual, una competente formación doctrinal y, sobre todo, una
pasión por evangelizar, que es la misma de Cristo. Juan Bautista dice hoy que el
bautismo de Cristo se realiza con Espíritu Santo y con fuego. Esos son los
laicos que la Iglesia necesita hoy: bautizados con el Espíritu de Cristo y con
su fuego. Sólo así serán capaces de responder a la gracia recibida en su
bautismo y asumirán el compromiso de la nueva evangelización porque, como decía
san Juan Pablo II, la nueva evangelización o se hace con los laicos o no se
hará.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
