Que
tiernamente hieres.
7. esto es: que con tu amor
tiernamente me tocas. Que, por cuanto esta llama es llama de vida divina, hiere
al alma con ternura de vida de Dios; y tanto y tan entrañablemente la hiere y
enternece que la derrite en amor, porque se cumpla en ella lo que en la Esposa
de los Cantares (5, 6), que se enterneció tanto, que se derritió, y así dice
ella allí: Luego que el Esposo habló, se derritió mi alma; porque la habla de
Dios es el efecto que hace en el alma.
8. Mas ¿cómo se puede decir que
la hiere, pues en el alma no hay cosa ya por herir, estando ya el alma toda
cauterizada con fuego de amor? Es cosa maravillosa que, como el amor nunca está
ocioso, sino un continuo movimiento como la llama, está echando siempre
llamaradas acá y allá; y el amor, cuyo oficio es herir para enamorar y
deleitar, como en la tal alma está en viva llama, estale arrojando sus heridas
como llamaradas ternísimas de delicado amor, ejercitando jocunda y
festivalmente las artes y juegos del amor, como en el palacio de sus bodas,
como Asuero con la esposa Ester (Est. 2, 17ss.), mostrando allí sus gracias,
descubriéndola sus riquezas y la gloria de su grandeza, porque se cumpla en
esta alma lo que él dijo en los Proverbios (8, 30n31), diciendo: Deleitábame yo
por todos los días jugando delante de él todo el tiempo, jugando en la redondez
de las tierras, y mis deleites estar con los hijos de los hombres; es a saber,
dándoselos a ellos.
Por lo cual estas heridas, que son sus juegos, son
llamaradas de tiernos toques que al alma tocan por momentos de partes del fuego
de amor, que no esta ocioso. Los cuales dice acaecen y hieren, de mi alma
en
el más profundo centro.
9. Porque en la sustancia del
alma donde ni el centro del sentido ni el demonio pueden llegar pasa esta
fiesta del Espíritu Santo; y, por tanto, tanto más segura, sustancial y
deleitable es, es más pura; y cuanta hay más de pureza, tanto más abundante y
frecuente y generalmente se comunica Dios. Y así, es tanto más el deleite y el
gozar del alma y del espíritu, porque es Dios el obrero de todo, sin que el
alma haga de suyo nada.
Que, por cuanto el alma no
puede obrar de suyo nada si no es por el sentido corporal, ayudada de él, del
cual en este caso está ella muy libre y muy lejos su negocio es ya sólo recibir
de Dios el cual solo puede en el fondo del alma sin ayuda de los sentidos hacer
obra y mover el alma en ella en la obra. Y así, todos los movimientos de la tal
alma son divinos; y aunque son suyos de él, de ella lo son también, porque los
hace Dios en ella con ella, que da su voluntad y consentimiento. Y, porque
decir que hiere en el más profundo centro de su alma da a entender que tiene el
alma otros centros no tan profundos, conviene advertir cómo sea esto.
10. Y, cuanto a lo primero, es
de saber que el alma, en cuanto espíritu, no tiene alto y bajo y más profundo y
menos profundo en su ser, como tienen los cuerpos cuantitativos; que, pues en
ella no hay partes, no tiene más diferencia dentro que fuera, que toda es de
una manera y no tiene centro de hondo, y menos hondo cuantitativo; porque no
puede estar en una parte más ilustrada que en otra, como los cuerpos físicos,
sino toda de una manera, en más o en menos como el aire, que todo esto de una
manera ilustrado y no ilustrado, en más o en menos. 7
11. En las cosas, aquello
llamamos centro muy profundo que es a lo que más puede llegar su ser y virtud y
la fuerza de su operación y movimiento, y no puede pasar de allí; así como el
fuego o la piedra, que tienen virtud y movimiento natural y fuerza para llegar
al centro de su esfera y no pueden pasar de allí, ni dejar de estar allí, si no
es por algún impedimento contrario. Según esto, diremos que la piedra, cuando
está dentro de la tierra, está en su centro, porque está dentro en la esfera de
su actividad y movimiento, que es el elemento de la tierra; pero no está en lo
más profundo de ella, que es el medio de la tierra, porque todavía la queda
virtud y fuerza para bajar y llegar hasta allí si se le quita el impedimento de
delante; y, cuando llegare y no tuviere de suyo más virtud para más movimiento,
diremos que está en el más profundo centro.
12. El centro del alma Dios es,
al cual habiendo ella llegado según toda la capacidad de su ser y según la
fuerza de su operación, habrá llegado al último y profundo centro del alma, que
será cuando con todas sus fuerzas ame y entienda y goce a Dios. Y cuando no
llegue a tanto como esto, aunque esté en Dios, que es su centro por gracia y
por la comunicación suya, si todavía tiene movimiento para más y fuerza para
más, y no está satisfecha, aunque está en el centro, no en el más profundo,
pues puede ir a más.
13. El amor une al alma con
Dios; y cuantos más grados de amor tuviere, más profundamente entra en Dios y
se concentra con él; y así podemos decir que cuantos grados hay de amor de
Dios, tantos centros, uno más que otro, hay del alma en Dios, que son las
muchas mansiones que dijo él (Jn. 14, 2) que había en la casa de su Padre. Y
así, si tiene un grado de amor, ya está en su centro de Dios; porque un grado
de amor basta para estar en Dios por gracia.
Si tuviere dos grados, habrá
concentrádose con Dios otro centro más adentro; y si llegare a tres,
concentrarse ha como tres; y si llegare hasta el último grado, llegará a herir
el amor de Dios hasta el más profundo centro del alma, que será transformarla y
esclarecerla según todo el ser y potencia y virtud del alma, como es capaz de
recibir, hasta ponerla que parezca Dios. Bien así como en el cristal que está
limpio y puro, que, cuantos más grados de luz va recibiendo, tanto más se va en
él reconcentrando, hasta llegar a tanto que se concentre en él tan copiosamente
la luz, que venga él a parecer todo luz, y no se divise entre la luz, estando
él esclarecido en ella todo lo que puede, que es parecer como ella.
14. Y así, en decir el alma que
la llama hiere en el más profundo centro, es decir que, cuando alcanza la
sustancia y virtud y fuerza del alma, la hiere. Lo cual dice para dar a
entender la copiosidad y abundancia de su gloria y deleite: que es tanto mayor
y más tierno, cuanto más fuerte y sustancialmente está transformada y
reconcentrada en Dios. Lo cual es mucho más que en la común unión de amor pasa,
según el mayor afervoramiento del fuego, que aquí, como decimos, echa llama
viva. Porque esta alma, estando ya tan en gloria suave, y la alma que goza de
la sola y común unión de amor, son en cierta manera comparadas al fuego de
Dios, que dice Isaías (31, 9) que está en Sión, que significa la Iglesia
militante; y al horno de Dios que estaba en Jerusalén, que significa visión de
paz.
Porque aquí está esta alma como
un horno encendido con visión tanto más pacífica y gloriosa y tierna, como
decimos, cuanto más encendida es la llama de este horno que el común fuego. 8 Y
así, sintiendo el alma que esta viva llama vivamente la está comunicando todos
los bienes, porque este divino amor todo lo trae consigo, dice: ¡Oh llama de
amor viva, que tiernamente hieres!; lo cual es como si dijera: (oh encendido
amor, que tiernamente estás glorificándome con tus amorosos movimientos en la
mayor capacidad y fuerza de mi alma, es a saber, dándome inteligencia divina
según toda la habilidad de mi entendimiento, y comunicándome el amor según la
mayor fuerza de mi voluntad, y deleitándome en la sustancia del alma con la
afluencia y copiosidad de la suavidad de tu divino contacto y junta sustancial,
según la mayor pureza de ella y la capacidad de mi memoria y anchura! Y esto
acaece así, más de lo que se puede y alcanza a decir, al tiempo que se levanta
esta llama en el alma.
15. Que, por cuanto el alma
según sus potencias y su sustancia está purgada y purísima, profunda y sutil y
subidamente la absorbe en sí la Sabiduría con su llama; la cual Sabiduría toca
desde un fin hasta otro fin por su limpieza (Sab. 7, 24), y en aquel
absorbimiento de Sabiduría el Espíritu Santo ejercita los vibramientos
gloriosos de su llama, que habemos dicho. La cual, por ser tan suave, dice el
alma luego:
Pues
ya no eres esquiva,
es a saber pues ya no afliges
ni aprietas ni fatigas como antes hacías; porque conviene saber que esta llama,
cuando el alma estaba en estado de purgación espiritual que es cuando va
entrando en contemplación no le era tan amigable y suave como ahora lo es en
este estado de unión. Y en declarar como esto sea nos habremos de detener un
poquito.
16. En lo cual es de saber que
antes que este divino fuego de amor se introduzca y una en la sustancia del
alma por acabada y perfecta purgación y pureza esta llama está hiriendo en el
alma gastándole y consumiéndole las imperfecciones de sus malos hábitos y ésta
es la operación del Espíritu Santo en la cual la dispone para la divina unión y
transformación sustancial en Dios por amor. Porque el mismo fuego de amor que
después se une con ella glorificando es el que antes la embiste purgando; bien
así como el mismo fuego que entra en el madero es el que primero le está
embistiendo e hiriendo con su llama enjugándole y desnudándole de sus feos
accidentes hasta disponerle con su calor tanto que pueda entrar en él y
transformarle en sí. En el cual ejercicio el alma padece mucho detrimento y
siente graves penas en el espíritu y a veces redundan en él sentido siéndole
esta llama muy esquiva.
Porque en esta disposición de purgación no le es esta
llama clara sino oscura; ni le es suave sino penosa que aunque algunas veces
pega calor de amor es con tormento y aprieto; y no le es deleitable sino seca;
ni le es reficionadora y pacífica sino consumidora y argüidora ni le es
gloriosa sino antes la pone miserable y amarga en luz espiritual que la da de
propio conocimiento enviando Dios fuego, como dice Jeremías (Lm. 1, 13) en sus
huesos y examinándola en fuego como dice también David (Sal. 16, 3). 9
17. Y así, en esta sazón padece
el alma en el entendimiento grandes tinieblas; en la voluntad, muchas
sequedades y aprietos; y en la memoria, grave noticia de sus miserias, porque
está el ojo del conocimiento espiritual propio muy claro. Y en la sustancia del
alma padece profunda pobreza y desamparo, seca y fría y a veces caliente, no
hallando en nada alivio, ni aun pensamiento que la consuele, ni poder levantar
el corazón a Dios, habiéndosele puesto esta llama tan esquivamente como dice
Job (30, 21) que en este ejercicio hizo Dios con él, diciendo: Mudádoteme has
en cruel.
Porque, cuando estas cosas juntas
padece el alma, es de manera el purgatorio que todo encarecimiento se queda
corto; porque es a veces muy poco menos que el purgatorio. Y no sabría yo ahora
cómo dar a entender esta esquivez y lo que en ella pasa y siente el alma, sino
con lo que a este propósito dice Jeremías (Lm. 3, 1n9) por estas palabras: Yo
varón que veo mi pobreza en la vara de su indignación; hame amenazado y trájome
a las tinieblas y no a la luz: tanto ha vuelto y convertido su mano contra mí.
Hizo envejecer mi piel y mi carne y desmenuzó mis huesos; hizo cerco de muro en
derredor de mí y rodeóme de hiel y trabajo; en tenebrosidades me colocó, como a
muertos sempiternos; edificó en mi derredor, porque no salga; agravóme las
prisiones; y, demás de esto, cuando hubiere dado voces y rogado, ha excluido mi
oración; cercóme mis caminos con piedras cuadradas y trastornó mis pisadas y
sendas.
18. Todo esto dice Jeremías, y
va allí diciendo mucho más. Que, porque ésta es cura y medicina que Dios hace
al alma de sus muchas enfermedades para darle salud, por fuerza ha de penar
según su dolencia en la purga y cura. Porque aquí la ponen el corazón sobre las
brasas, para que en él se extrique todo género de demonio (Tb. 6, 8); y aquí va
saliendo a luz sus enfermedades, y se las ponen delante los ojos a sentir, y
las ponen en cura. Y lo que antes el alma tenía asentado y encubierto, ya lo ve
y lo siente en la luz y calor del fuego, lo cual antes no veía; así como en el
agua y humo que hace salir del madero el fuego se ve la humedad y frialdad que
tenía, la cual antes no se conocía; mas ahora, cerca de esta llama ve y siente
el alma claramente sus miserias.
Porque, (oh, cosa admirable!,
levántanse en el alma contrarios contra contrarios, y unos relucen cerca de los
otros, como dicen los filósofos, y hacen la guerra en el sujeto del alma,
procurando los unos expeler a los otros para reinar ellos en ella. Porque, como
esta llama es de extremada luz y embiste en el alma, su luz luce en las
tinieblas (Jn. 1, 5) del alma, que también son extremadas, y el alma entonces
siente sus tinieblas naturales que se oponen contra la sobrenatural luz, y no
siente la luz sobrenatural, porque las tinieblas no la comprehenden (Jn. 1, 5).
Y así, estas tinieblas naturales suyas sentirá en tanto que la luz las
embistiere, porque no pueden las almas ver sus tinieblas sino cerca de la
divina luz, hasta que, expeliéndolas, quede ilustrada y vea la luz, habiéndola
ya limpiado y fortalecido el ojo; porque inmensa luz en vista flaca y no
limpia, totalmente era tinieblas, privando el excelente sensible la potencia; y
así, érale esta llama esquiva en la vista del entendimiento.
19. La cual, como también es
amorosa y tierna, y tierna y amorosamente embiste en la voluntad, y lo duro se
siente cerca de lo tierno, y la sequedad cerca del amor, siente la voluntad su
natural dureza y sequedad para con Dios y no siente el amor y ternura; porque
dureza y sequedad no pueden comprehender estotros contrarios, hasta que, siendo
expelidos por ellos, reine en la voluntad amor y ternura de Dios, pues no
pueden caber dos 10 contrarios en un sujeto. Y, por el semejante, porque esta
llama es amplísima, cerca de ella siente la voluntad su estrechura, y así
padece grandes aprietos, hasta que, dando en ella, la dilate y haga capaz; y de
esta manera le era esquiva según la voluntad, siéndole desabrido el dulce
manjar de amor, por no tener el paladar curado de otras aficiones.
Y, finalmente, porque esta
llama es de inmensas riquezas y bondad y deleites, el alma, que de suyo es
pobrísima y no tiene bien ninguno ni de qué satisfacer, siente claramente su
pobreza y miseria y malicia cerca de estas riquezas y bondad y deleites de la
llama, porque la malicia no comprehende la bondad, etc., hasta tanto que esta
llama acabe de purificar el alma, y con su transformación la enriquezca,
glorifique y deleite. De esta manera le era antes esquiva, y de esta manera
suele ser el sumo padecer en la sustancia y potencias del alma, en aprietos y
angustia grande, peleando allí unos contrarios contra otros en un sujeto
paciente: Dios, que es todas las perfecciones, contra todos los hábitos
imperfectos del alma, y curtiendo en ardores al alma, para que,
desarraigándolos de ella y disponiéndola entre él en ella y se una con ella por
amor suave, pacífico y glorioso así como el fuego cuando ha entrado en el
madero.
20. Esta purgación tan fuerte
en pocas almas acaece; sólo en aquellas que él quiere levantar por
contemplación a algún grado de unión; y a las que al más subido grado, más
fuertemente las purga. Lo cual acaece de esta manera, y es, que queriendo Dios
sacar al alma del estado común de vía y operación natural a vida espiritual, y
de meditación a contemplación, que es más estado celestial que terreno (en que
él mismo se comunica por unión de amor), comenzándose él desde luego a
comunicar al espíritu (el cual está todavía impuro e imperfecto, con malos
hábitos), padece cada uno al modo de su imperfección; y a veces le es tan grave
en cierta manera esta purgación al que dispone para que le reciba acá por
perfecta unión, como es la del purgatorio en que se purgan para verle allá.
21. Y la intensión de esta
purgación, y como es en más y cómo en menos, y cuándo según la voluntad, y
cuando según el entendimiento, y cómo según la memoria, y cuándo y cómo también
según la sustancia del alma, y también cuándo según todo, y la de la parte
sensitiva, y cómo se conocerá cuando es, porque lo tratamos en la noche oscura
de la Subida del Monte Carmelo, y no hace ahora a nuestro propósito, no digo
más.
Basta saber ahora que el mismo
Dios, que quiere entrar en el alma por unión y transformación de amor, es el
que antes está embistiendo en ella y purgándola con la luz y calor de su divina
llama; así como el mismo fuego que entra en el madero es el que le dispone
antes que entre; y así la misma que ahora le es suave, le era antes esquiva.
Y, por tanto, es como si
dijera: Pues ya no solamente no me eres oscura como antes, pero eres mi divina
lumbre de mi entendimiento, con que te puedo mirar; y no solamente no haces ya
desfallecer mi flaqueza, mas antes eres la fortaleza de mi voluntad con que te
puedo amar y gozar, estando toda convertida en divino amor; y ya no eres
pesadumbre y aprieto para la sustancia de mi alma, mas antes la gloria y
deleites y anchura de ella, pues que de mí se puede decir lo que se canta en
los divinos Cantares (8, 5), diciendo: ¿Quién es ésta que sube del desierto,
abundante en deleites, estribando sobre su Amado, acá y allá vertiendo amor?
Fuente:
Portal Carmelitano
