Prosigue
en la misma materia de decir las grandes mercedes que le ha hecho el Señor. Trata de cómo le prometió
de hacer por las personas que ella le pidiese. Dice algunas cosas señaladas en
que le ha hecho Su Majestad este favor.
1.
Estando yo una vez importunando al Señor mucho porque diese vista a una persona
que yo tenía obligación (1), que la había del todo casi perdido, yo teníale
gran lástima y temía por mis pecados no me había el Señor de oír. Aparecióme
como otras veces (2) y comenzóme a mostrar la llaga de la mano izquierda, y con
la otra sacaba un clavo grande que en ella tenía metido. Parecíame que a vuelta
del clavo (3) sacaba la carne.
Veíase bien el gran dolor, que me lastimaba
mucho, y díjome que quien aquello había pasado por mí, que no dudase sino que
mejor haría lo que le pidiese; que El me prometía que ninguna cosa le pidiese
que no la hiciese (4), que ya sabía El que yo no pediría sino conforme a su
gloria, y que así haría esto que ahora pedía; que aun cuando no le servía,
mirase yo que no le había pedido cosa que no la hiciese mejor que yo lo sabía
pedir, que cuán mejor lo haría ahora que sabía le amaba, que no dudase de esto.
No
creo pasaron ocho días, que el Señor no tornó la vista (5) a aquella persona.
Esto supo mi confesor luego. Ya puede ser no fuese por mi oración; mas yo como
había visto esta visión, quedóme una certidumbre que, por merced hecha a mí, di
a Su Majestad las gracias.
2.
Otra vez estaba una persona muy enfermo de una enfermedad muy penosa, que por
ser no sé de qué hechura, no la señalo aquí (6). Era cosa incomportable lo que
había dos meses que pasaba y estaba en un tormento que se despedazaba. Fuele a
ver mi confesor, que era el Rector que he dicho (7), y húbole gran lástima, y
díjome que en todo caso le fuese a ver, que era persona que yo lo podía hacer,
por ser mi deudo. Yo fui y movióme a tener de él tanta piedad, que comencé muy
importunamente a pedir su salud al Señor. En esto vi claro, a todo mi parecer,
la merced que me hizo; porque luego otro día estaba del todo bueno de aquel
dolor.
3.
Estaba una vez con grandísima pena, porque sabía que una persona, a quien yo
tenía mucha obligación, quería hacer una cosa harto contra Dios y su honra, y
estaba ya muy determinado a ello. Era tanta mi fatiga, que no sabía qué hacer.
Remedio para que lo dejase, ya parecía que no le había. Supliqué a Dios muy de
corazón que le pusiese; mas hasta verlo, no podía aliviarse mi pena.
Fuime,
estando así, a una ermita bien apartada (8), que las hay en este monasterio, y
estando en una, adonde está Cristo a la Columna, suplicándole me hiciese esta
merced, oí que me hablaba una voz muy suave, como metida en un silbo. Yo me
espelucé toda, que me hizo temor, y quisiera entender lo que me decía, mas no
pude, que pasó muy en breve. Pasado mi temor, que fue presto, quedé con un
sosiego y gozo y deleite interior, que yo me espanté que sólo oír una voz (que
esto oílo con los oídos corporales y sin entender palabra) hiciese tanta
operación (9) en el alma. En esto vi que se había de hacer lo que pedía, y así
fue que se me quitó del todo la pena en cosa que aún no era, como si lo viera
hecho, como fue después. Díjelo a mis confesores, que tenía entonces dos, harto
letrados y siervos de Dios (10).
4.
Sabía que una persona que se había determinado a servir muy de veras a Dios y
tenido algunos días oración y en ella le hacía Su Majestad muchas mercedes, y
que por ciertas ocasiones que había tenido la había dejado, y aún no se
apartaba de ellas, y eran bien peligrosas. A mi me dio grandísima pena por ser
persona a quien quería mucho y debía. Creo fue más de un mes que no hacía sino
suplicar a Dios tornase esta alma a Sí.
Estando
un día en oración, vi un demonio cabe mí que hizo unos papeles que tenía en la
mano pedazos con mucho enojo. A mí me dio gran consuelo, que me pareció se
había hecho lo que pedía; y así fue, que después lo supe que había hecho una
confesión con gran contrición, y tornóse tan de veras a Dios, que espero en Su
Majestad ha de ir siempre muy adelante. Sea bendito por todo, amén.
5.
En esto de sacar nuestro Señor almas de pecados graves por suplicárselo yo, y
otras traídolas a más perfección, es muchas veces. Y de sacar almas de
purgatorio y otras cosas señaladas, son tantas las mercedes que en esto el
Señor me ha hecho, que sería cansarme y cansar a quien lo leyese si las hubiese
de decir, y mucho más en salud de almas que de cuerpos. Esto ha sido cosa muy
conocida y que de ello hay hartos testigos. Luego luego dábame mucho escrúpulo,
porque yo no podía dejar de creer que el Señor lo hacía por mi oración.
Dejemos
ser lo principal, por sola su bondad. Mas son ya tantas las cosas y tan vistas
de otras personas, que no me da pena creerlo, y alabo a Su Majestad y háceme
confusión, porque veo soy más deudora, y háceme a mi parecer crecer el deseo de
servirle, y avívase el amor. Y lo que más me espanta es que las que el Señor ve
no convienen, no puedo, aunque quiero, suplicárselo, sino con tan poca fuerza y
espíritu y cuidado, que, aunque más yo quiero forzarme, es imposible, como
otras cosas que Su Majestad ha de hacer, que veo yo que puedo pedirlo muchas
veces y con gran importunidad. Aunque yo no traiga este cuidado, parece que se
me representa delante.
6.
Es grande la diferencia de estas dos maneras de pedir, que no sé cómo lo
declarar; porque aunque lo uno pido (que no dejo de esforzarme a suplicarlo al
Señor, aunque no sienta en mí aquel hervor que en otras, aunque mucho me
toquen), es como quien tiene trabada la lengua, que aunque quiera hablar no
puede, y si habla, es de suerte que ve que no le entienden; o como quien habla
claro y despierto a quien ve que de buena gana le está oyendo (11). Lo uno se
pide, digamos ahora, como oración vocal, y lo otro en contemplación tan subida,
que se representa el Señor de manera que se entiende que nos entiende y que se
huelga Su Majestad de que se lo pidamos y de hacernos merced.
Sea
bendito por siempre, que tanto da y tan poco le doy yo. Porque ¿qué hace, Señor
mío, quien no se deshace toda por Vos? ¡Y qué de ello, qué de ello, qué de ello
y otras mil veces lo puedo decir, me falta para esto! Por eso no había de
querer vivir (aunque hay otras causas), porque no vivo conforme a lo que os
debo. ¡Con qué de imperfecciones me veo! ¡Con qué flojedad en serviros! Es
cierto que algunas veces me parece querría estar sin sentido, por no entender
tanto mal de mí. El, que puede, lo remedie.
7.
Estando en casa de aquella señora que he dicho (12), adonde había menester
estar con cuidado y considerar siempre la vanidad que consigo traen todas las
cosas de la vida, porque estaba muy estimada y era muy loada y ofrecíanse
hartas cosas a que me pudiera bien apegar, si mirara a mí; mas miraba el que
tiene verdadera vista a no me dejar de su mano (13).
8.
Ahora que digo de "verdadera vista", me acuerdo de los grandes
trabajos que se pasan en tratar (personas a quien Dios ha llegado a conocer lo
que es verdad) en estas cosas de la tierra, adonde tanto se encubre, como una
vez el Señor me dijo. Que muchas cosas de las que aquí escribo, no son de mi
cabeza, sino que me las decía este mi Maestro celestial. Y porque en las cosas
que yo señaladamente digo "esto entendí", o "me dijo el Señor",
se me hace escrúpulo grande poner o quitar una sola sílaba que sea; así, cuando
puntualmente no se me acuerda bien todo, va dicho como de mío; porque algunas
cosas también lo serán; no llamo mío lo que es bueno, que ya sé no hay cosa en
mí, sino lo que tan sin merecerlo me ha dado el Señor; sino llamo "dicho
de mí", no ser dado a entender en revelación.
9.
Mas ¡ay Dios mío, y cómo aun en las espirituales queremos muchas veces entender
las cosas por nuestro parecer, y muy torcidas de la verdad también, como en las
del mundo, y nos parece que hemos de tasar nuestro aprovechamiento por los años
que tenemos algún ejercicio de oración, y aun parece queremos poner tasa a
quien sin ninguna da sus dones cuando quiere, y puede dar en medio año más a
uno que a otro en muchos! Y es cosa ésta que la tengo tan vista por muchas
personas, que yo me espanto cómo nos podemos detener en esto.
10.
Bien creo no estará en este engaño quien tuviere talento de conocer espíritus y
le hubiere el Señor dado humildad verdadera; que éste juzga por los efectos y
determinaciones y amor, y dale el Señor luz para que lo conozca. Y en esto mira
el adelantamiento y aprovechamiento de las almas, que no en los años; que en
medio (14) puede uno haber alcanzado más que otro en veinte. Porque, como digo,
dalo el Señor a quien quiere y aun a quien mejor se dispone. Porque veo yo
venir ahora a esta casa unas doncellas que son de poca edad (15), y en
tocándolas Dios y dándoles un poco de luz y amor digo en un poco de tiempo que
les hizo algún regalo, no le aguardaron, ni se les puso cosa delante, sin
acordarse del comer, pues se encierran para siempre en casa sin renta, como
quien no estima la vida por el que sabe que las ama. Déjanlo todo, ni quieren
voluntad, ni se les pone delante que pueden tener descontento en tanto
encerramiento y estrechura: todas juntas se ofrecen en sacrificio por Dios.
11.
¡Cuán de buena gana les doy yo aquí la ventaja y había de andar avergonzada
delante de Dios! Porque lo que Su Majestad no acabó conmigo en tanta multitud
de años como ha que comencé a tener oración y me comenzó a hacer mercedes,
acaba con ellas en tres meses y aun con alguna en tres días, con hacerlas
muchas menos que a mí, aunque bien las paga Su Majestad. A buen seguro que no
están descontentas por lo que por El han hecho (16).
12.
Para esto querría yo se nos acordase de los muchos años a los que los tenemos
de profesión y las personas que los tienen de oración, y no para fatigar a los
que en poco tiempo van más adelante, con hacerlos tornar atrás para que anden a
nuestro paso; y a los que vuelan como águilas con las mercedes que les hace
Dios, quererlos hacer andar como pollo trabado; (17) sino que pongamos los ojos
en Su Majestad y, si los viéremos con humildad, darles la rienda; que el Señor
que los hace tantas mercedes no los dejará despeñar. Fíanse ellos mismos de
Dios, que esto les aprovecha la verdad que conocen de la fe, ¿y no los fiaremos
nosotros, sino que queremos medirlos por nuestra medida conforme a nuestros
bajos ánimos? No así, sino que, si no alcanzamos sus grandes efectos y
determinaciones, porque sin experiencia se pueden mal entender, humillémonos y
no los condenemos; que, con parecer que miramos su provecho, nos le quitamos a
nosotros y perdemos esta ocasión que el Señor pone para humillarnos y para que
entendamos lo que nos falta, y cuán más desasidas y llegadas a Dios deben estar
estas almas que las nuestras, pues tanto Su Majestad se llega a ellas.
13.
No entiendo otra cosa ni la querría entender, sino que oración de poco tiempo
que hace efectos muy grandes, que luego se entienden (que es imposible que los
haya, para dejarlo todo sólo por contentar a Dios, sin gran fuerza de amor), yo
la querría más que la de muchos años, que nunca acabó de determinarse más al
postrero que al primero a hacer cosa que sea nada por Dios, salvo si unas
cositas menudas como sal, que no tienen peso ni tomo que parece un pájaro se
las llevara en el pico, no tenemos por gran efecto y mortificación; que de
algunas cosas hacemos caso, que hacemos por el Señor, que es lástima las
entendamos, aunque se hiciesen muchas.
Yo
soy ésta, y olvidaré las mercedes a cada paso. No digo yo que no las tendrá Su
Majestad en mucho, según es bueno; mas querría yo no hacer caso de ellas, ni
ver que las hago, pues no son nada. Mas perdonadme, Señor mío, y no me culpéis,
que con algo me tengo de consolar, pues no os sirvo en nada, que si en cosas
grandes os sirviera, no hiciera caso de las nonadas. ¡Bienaventuradas las
personas que os sirven con obras grandes! Si con haberlas yo envidia y desearlo
se me toma en cuenta, no quedaría muy atrás en contentaros; mas no valgo nada,
Señor mío. Ponedme Vos el valor, pues tanto me amáis.
14.
Acaecióme un día de estos que con traer un Breve de Roma para no poder tener
renta este monasterio (18), se acabó del todo, que paréceme ha costado algún
trabajo. Estando consolada de verlo así concluido y pensando los que había tenido
y alabando al Señor que en algo se había querido servir de mí, comencé a pensar
las cosas que había pasado. Y es así que en cada una de las que parecía eran
algo, que yo había hecho, hallaba tantas faltas e imperfecciones, y a veces
poco ánimo, y muchas poca fe; porque hasta ahora, que todo lo veo cumplido
cuanto el Señor me dijo de esta casa (19) se había de hacer, nunca
determinadamente lo acababa de creer, ni tampoco lo podía dudar. No sé cómo era
esto. Es que muchas veces, por una parte me parecía imposible, por otra no lo
podía dudar, digo creer que no se había de hacer. En fin, hallé lo bueno
haberlo el Señor hecho todo de su parte, y lo malo yo; y así dejé de pensar en
ello, y no querría se me acordase por no tropezar con tantas faltas mías. Bendito
sea El, que de todas saca bien, cuando es servido, amén.
15.
Pues digo que es peligroso ir tasando los años que se han tenido de oración,
que aunque haya humildad, parece puede quedar un no sé qué de parecer se merece
algo por lo servido. No digo yo que no lo merecen y les será bien pagado; mas
cualquier espiritual que le parezca que por muchos años que haya tenido oración
merece estos regalos de espíritu, tengo yo por cierto que no subirá a la cumbre
de él. ¿No es harto que haya merecido le tenga Dios de su mano para no le hacer
las ofensas que antes que tuviese oración le hacía, sino que le ponga pleito
por sus dineros, como dicen? (20) No me parece profunda humildad. Ya puede ser
lo sea; mas yo por atrevimiento lo tengo; pues yo, con tener poca humildad, no
me parece jamás he osado. Ya puede ser que, como nunca he servido, no he
pedido; por ventura si lo hubiera hecho, quisiera más que todos me lo pagara el
Señor.
16.
No digo yo que no va creciendo un alma y que no se lo dará Dios, si la oración
ha sido humilde; mas que se olviden estos años, que es todo asco cuanto podemos
hacer, en comparación de una gota de sangre de las que el Señor por nosotros
derramó. Y si con servir más quedamos más deudores, ¿qué es esto que pedimos,
pues si pagamos un maravedí de la deuda, nos tornan a dar mil ducados? Que, por
amor de Dios, dejemos estos juicios, que son suyos. Estas comparaciones siempre
son malas, aun en cosas de acá; pues ¿qué será en lo que sólo Dios sabe? Y lo
mostró bien Su Majestad cuando pagó tanto a los postreros como a los primeros
(21).
17.
Es en tantas veces las que he escrito estas tres hojas y en tantos días porque
he tenido y tengo, como he dicho (22), poco lugar, que se me había olvidado lo
que comencé a decir (23), que era esta visión:
Vime
estando en oración en un gran campo a solas. En rededor de mí mucha gente de
diferentes maneras que me tenían rodeada. Todas me parece tenían armas en las
manos para ofenderme: unas, lanzas; otras, espadas; otras, dagas y otras,
estoques muy largos. En fin, yo no podía salir por ninguna parte sin que me
pusiese a peligro de muerte, y sola, sin persona que hallase de mi parte.
Estando mi espíritu en esta aflicción, que no sabía qué me hacer, alcé los ojos
al cielo, y vi a Cristo, no en el cielo, sino bien alto de mí en el aire, que
tendía la mano hacia mí, y desde allí me favorecía de manera que yo no temía
toda la otra gente, ni ellos, aunque querían, me podían hacer daño.
18.
Parece sin fruto esta visión, y hame hecho grandísimo provecho, porque se me
dio a entender lo que significaba. Y poco después me vi casi en aquella batería
y conocí ser aquella visión un retrato del mundo, que cuanto hay en él parece
tiene armas para ofender a la triste alma. Dejemos los que no sirven mucho al
Señor, y honras y haciendas y deleites y otras cosas semejantes, que está claro
que, cuando no se cata (24), se ve enredada, al menos procuran todas estas
cosas enredar; mas amigos, parientes y, lo que más me espanta, personas muy
buenas, de todo me vi después tan apretada, pensando ellos que hacían bien, que
yo no sabía cómo me defender ni qué hacer.
19.
¡Oh, válgame Dios! si dijese de las maneras y diferencias de trabajos que en
este tiempo tuve, aun después de lo que atrás queda dicho (25), ¡cómo sería
harto aviso para del todo aborrecerlo todo!
Fue
la mayor persecución me parece de las que he pasado. Digo que me vi a veces de
todas partes tan apretada, que sólo hallaba remedio en alzar los ojos al cielo
y llamar a Dios. Acordábame bien de lo que había visto en esta visión. E hízome
harto gran provecho para no confiar mucho de nadie, porque no le hay que sea
estable sino Dios. Siempre en estos trabajos grandes me enviaba el Señor, como
me lo mostró, una persona de su parte que me diese la mano, como me lo había
mostrado en esta visión, sin ir asida a nada más de a contentar al Señor; que
ha sido para sustentar esa poquita de virtud que yo tenía en desearos servir.
¡Seáis bendito por siempre!
20.
Estando una vez muy inquieta y alborotada, sin poder recogerme, y en batalla y
contienda, yéndoseme el pensamiento a cosas que no eran perfectas aún no me
parece estaba con el desasimiento que suelo, como me vi así tan ruin, tenía
miedo si las mercedes que el Señor me había hecho eran ilusiones. Estaba, en
fin, con una oscuridad grande de alma. Estando con esta pena, comenzóme a
hablar el Señor y díjome que no me fatigase, que en verme así entendería la
miseria que era, si El se apartaba de mí, y que no había seguridad mientras
vivíamos en esta carne. Dióseme a entender cuán bien empleada es esta guerra y
contienda por tal premio, y parecióme tenía lástima el Señor de los que vivimos
en el mundo. Mas que no pensase yo me tenía olvidada, que jamás me dejaría, mas
que era menester hiciese yo lo que es en mí. Esto me dijo el Señor con una
piedad y regalo, y con otras palabras en que me hizo harta merced, que no hay
para qué decirlas (26).
21.
Estas me dice Su Majestad muchas veces, mostrándome gran amor: Ya eres mía y Yo
soy tuyo.
Las
que yo siempre tengo costumbre de decir, y a mi parecer las digo con verdad,
son: ¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos? Son para mí estas palabras
y regalos tan grandísima confusión, cuando me acuerdo la que soy, que como he
dicho creo otras veces (27) y ahora lo digo algunas a mi confesor, más ánimo me
parece es menester para recibir estas mercedes, que para pasar grandísimos
trabajos. Cuando pasa, estoy casi olvidada de mis obras, sino un
representárseme que soy ruin, sin discurso de entendimiento, que también me
parece a veces sobrenatural.
22.
Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan grandes, que no sé si se
podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía tanto, que no parece hacía
para salir de casa. Estando yo fuera de ella, yo estaba ya tan fuera de mí con
aquel deseo, que aunque me pusieran lanzas a los pechos, me parece entrara por
ellas, cuánto más agua. Como llegué a la iglesia, diome un arrobamiento grande:
parecióme vi abrir los cielos, no una entrada como otras veces he visto.
Representóseme el trono que dije a vuestra merced he visto otras veces (28), y
otro encima de él, adonde por una noticia que no sé decir, aunque no lo vi,
entendí estar la Divinidad.
Parecíame sostenerle unos animales; a mí me parece
he oído una figura de estos animales; pensé si eran los evangelistas (29). Mas
cómo estaba el trono, ni qué estaba en él, no lo vi, sino muy gran multitud de
ángeles. Pareciéronme sin comparación con muy mayor hermosura que los que en el
cielo he visto. He pensado si son serafines o querubines, porque son muy
diferentes en la gloria, que parecía tener inflamamiento: es grande la
diferencia, como he dicho (30). Y la gloria que entonces en mí sentí no se
puede escribir ni aun decir, ni la podrá pensar quien no hubiere pasado por
esto.
Entendí
estar allí todo junto lo que se puede desear, y no vi nada. Dijéronme, y no sé
quién, que lo que allí podía hacer era entender que no podía entender nada, y
mirar lo nonada que era todo en comparación de aquello. Es así que se afrentaba
después mi alma de ver que pueda parar en ninguna cosa criada, cuánto más
aficionarse a ella, porque todo me parecía un hormiguero.
23.
Comulgué y estuve en la misa, que no sé cómo pude estar. Parecióme había sido
muy breve espacio. Espantéme cuando dio el reloj y vi que eran dos horas las
que había estado en aquel arrobamiento y gloria. Espantábame después, cómo en
llegando a este fuego, que parece viene de arriba, de verdadero amor de Dios
(porque aunque más lo quiera y procure y me deshaga por ello, si no es cuando
Su Majestad quiere, como he dicho otras veces (31), no soy parte para tener una
centella de él), parece que consume el hombre viejo de faltas y tibieza y
miseria; y a manera de como hace el ave fénix según he leído (32) y de la misma
ceniza, después que se quema, sale otra, así queda hecha otra el alma después
con diferentes deseos y fortaleza grande. No parece es la que antes, sino que
comienza con nueva puridad el camino del Señor.
Suplicando
yo a Su Majestad fuese así, y que de nuevo comenzase a servirle, me dijo: Buena
comparación has hecho; mira no se te olvide para procurar mejorarte siempre.
24.
Estando una vez con la misma duda que poco ha dije (33), si eran estas visiones
de Dios, me apareció el Señor y me dijo con rigor: ¡Oh hijos de los hombres!
¿Hasta cuándo seréis duros de corazón? Que una cosa examinase bien en mí: si
del todo estaba dada por suya, o no; que si lo estaba y lo era, que creyese no
me dejaría perder.
Yo
me fatigué mucho de aquella exclamación. Con gran ternura y regalo me tornó a
decir que no me fatigase, que ya sabía que por mí no faltaría de ponerme a todo
lo que fuese su servicio; que se haría todo lo que yo quería (y así se hizo lo
que entonces le suplicaba); que mirase el amor que se iba aumentando en mí cada
día para amarle, que en esto vería no ser demonio; que no pensase que consentía
Dios tuviese tanta parte el demonio en las almas de sus siervos y que te
pudiese dar la claridad de entendimiento y quietud que tienes. Diome a entender
que habiéndome dicho tantas personas, y tales, que era Dios, que haría mal en
no creerlo.
25.
Estando una vez rezando el salmo de Quicumque vult (34), se me dio a entender
la manera cómo era un solo Dios y tres Personas tan claro, que yo me espanté y
consolé mucho. Hízome grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios
y sus maravillas, y para cuando pienso o se trata de la Santísima Trinidad,
parece entiendo cómo puede ser, y esme mucho contento (35).
26.
Un día de la Asunción de la Reina de los Angeles y Señora nuestra, me quiso el
Señor hacer esta merced, que en un arrobamiento se me representó su subida al
cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida y el lugar adonde está.
Decir cómo fue esto, yo no sabría. Fue grandísima la gloria que mi espíritu
tuvo de ver tanta gloria. Quedé con grandes efectos, y aprovechóme para desear
más pasar grandes trabajos, y quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues
tanto mereció.
27.
Estando en un Colegio de la Compañía de Jesús (36), y estando comulgando los
hermanos de aquella casa, vi un palio muy rico sobre sus cabezas. Esto vi dos
veces. Cuando otras personas comulgaban, no lo veía.
NOTAS CAPÍTULO 39
1 Una persona (a
la) que yo tenía obligación. Como en el n. 3: "Obligación": la
correspondencia que uno debe tener al beneficio de otro" (Cobarruvias).
2 Es decir, en
forma perceptible, visión no-intelectual. Cf. pasajes similares en c. 20, 4;
37, 4; Fund. c. 1, 8.
3 A vuelta del
clavo: al sacarlo (cf. c. 38, 17 nota).
4 Eco de la
promesa de Jesús en el evangelio: Mt 21, 22.
5 No... pasaron
ocho días, que... no: No pasaron ocho días sin que. Cf. c. 40, 20.
6 "Era su
primo hermano: llamábase Pedro Mejía", anota Gracián en su libro. Sufría
de mal de piedra.
7 El P. Gaspar de
Salazar. De él ha hablado en el c. 33, 7, ss. Que (yo) le fuese a ver. Se trata
de un episodio anterior a la fundación de San José.
8 La ermita del
"Cristo a la Columna" en San José de Avila, así llamada por una
hermosa pintura del Señor a la Columna, hecha por orden y bajo la dirección de
la propia Santa. Declara a este propósito Isabel de Santo Domingo: (hizo)
"otra ermita de Cristo a la Columna, con las lágrimas de San Pedro
enfrente de ella (es decir, otro cuadro de San Pedro llorando), la cual pintura
de Cristo a la Columna hizo pintar la Santa Madre en la dicha ermita después de
haber tenido sobre ella muchas horas de oración e industriando a un muy buen
pintor que lo pintaba en el modo cómo lo había de pintar, y de qué manera había
de disponer las ataduras, las llagas, el rostro, los cabellos, especialmente un
rasgón en el brazo izquierdo junto al codo. Y sabe esta declarante, por haberlo
así oído a algunas religiosas que se hallaron presentes, que acabado de pintar
esta imagen, y llegando la Santa Madre a verla, se quedó arrobada delante del
pintor sin poderlo impedir. Esta pintura salió tan buena y tan devota, que se
echa bien de ver que tiene así participado el buen espíritu con que se hizo
pintar, y así a todos los que la ven se le pone grandísimo. Y estando esta
declarante tratando con la dicha Santa Madre de cuán devota estaba la dicha
pintura, le dijo: Yo le digo, hija, que se pintó con hartas oraciones, y que el
Señor me puso gran deseo de que se acertase a pintar esta figura. Bendito El
sea, que así quiso ponerse por nosotros; yo me consuelo de que tengan este
regalo en esta casa" (BMC, t, 19, p. 496).
9 Hiciese
operación: produjese tal efecto.
10 Probablemente
son los dominicos García de Toledo y Domingo Báñez.
11 El sentido de
la frase es: "dos maneras de pedir: ... lo uno... es como quien tiene
trabada la lengua...; (lo otro) como quien habla claro y despierto a quien...
de buena gana está oyendo".
12 Doña Luisa de
la Cerda: c. 34, 1 y ss.
13 Queda
suspenso el sentido de la cláusula por una brusca digresión provocada por la
última expresión "verdadera vista". Reanuda el relato en el n. 17.
14 En medio año.
15 Probablemente
se refiere a Isabel de San Pablo, hija de Francisco de Cepeda, que profesó el
21 de octubre de 1564 a los 17 años; o bien, a María Bautista (cf. 32, 10),
María de San Jerónimo e Isabel de Santo Domingo, todas ellas jóvenes recién
profesas.
16 Un elogio
similar puede verse en Fund c. 1.
17 Reitera las
consignas del c. 13, 3.5.
18 Se trata de
la Bula expedida por Pío IV, facultando definitivamente al monasterio de San
José para vivir en pobreza absoluta: 17 de julio de 1565, que llegaría a Avila
meses después.
19 Esta casa:
carmelo de San José de Avila.
20 Le ponga
pleito por sus dineros: dicho popular que expresa la actitud de quien cobra
caro el favor recibido. En el presente contexto, la postura de quien cree que
"se merece favores místicos en paga de las propias virtudes, que en
definitiva también son dones de Dios".
21 Parábola de
los jornaleros: Mt 20, 12.
22 Lo ha dicho en
el c. 10, 2.
23 Lo que
comenzó a decir en el n. 8. Visión cuyo contenido profético se refiere a las
contiendas ocasionadas por la fundación de San José.
24 Cuando no se
cata: cuando menos se percata o da cuenta.
25 En el relato
de la fundación de San José: cc. 32-36.
26 Ingenua
reticencia. Cf. insinuaciones similares en el c. 40, 2.17; y c. 38, 32.
27 Cf. c. 7, 19;
y c. 31, 12.
28 Alusión a
relatos orales hechos al P. García de Toledo. El episodio data, probablemente,
de cuando la Santa permaneció en Toledo (enero-julio de 1562).
29 Cf. Apoc. 4,
6-8; y Ez. 1, 4 ss.
30 En el c. 29,
13.
31 En el c. 37,
7; y c. 21, 9.
32 Lo leyó
probablemente en Osuna, Tercer Abecedario, tr. 16, c. 5. Pero ese mito del ave
fénix estaba tan divulgado entonces, que pudo leerlo en cualquier otro escrito.
33 En el c. 39,
20. - A continuación, el Señor usa las palabras del salmo 4, v. 3.
34 No es un
salmo, sino el símbolo de la fe, llamado "atanasiano", que entonces
se recitaba a veces en la Hora litúrgica de Prima.
35 Cf. c. 27, 9.
36 Colegio de
San Gil de Avila.
Fuente: Mercaba
