LA VOZ DE NUESTRO OBISPO D. CESAR: "UN AMOR DIGNO DE FE"


La fe es un don de Dios. Y, al mismo tiempo, un acto de la libertad del hombre que se abre a Dios. Dios quiere darnos la fe, pero el hombre debe acogerla con sencillez y libertad. Hay gente que quisiera creer, pero se encuentran con dificultades para hacerlo, incluso cuando lo necesitan.

Impresionan, por ejemplo, las palabras de Santiago Ramón y Cajal, cuando padece una crisis de tuberculosis que le amenaza con la muerte. Y escribe así: «Reconocí, lleno de amargura, que el disparatado romanticismo adquirido durante mi adolescencia con las imbéciles lecturas de Chateaubriand, Lamartine, Víctor Hugo, Lord Byron y Espronceda, me había envenenado… En mi desesperación, ¡volvime misántropo y llegué a menospreciar las cosas más santas y venerables!... Sólo la religión me hubiera consolado. Por desgracia, mi fe había sufrido honda crisis con la lectura de los libros de filosofía».

No resulta fácil creer cuando se interponen los prejuicios filosóficos y científicos o queremos llegar a la evidencia palpable de los dogmas y verdades de fe. Creer es un acto de confianza en Dios, cuya existencia, bondad y verdad son las credenciales que hacen creíble lo que nos dice. Los misterios de la fe, por otra parte, desafían a nuestra inteligencia. Pero no porque sean irracionales, sino porque el Misterio supera toda formulación, imagen y comprensión meramente intelectual. El hombre cerrado al Misterio (que abarca no sólo la vida humana, sino la existencia de todo lo creado), difícilmente llegará a creer. Sólo en la medida en que nos abrimos a la verdad que nos trasciende, podemos adentrarnos en ella sin pretender agotarla con nuestra razón tan limitada.

En el evangelio de hoy, Jesús ofrece una comprensión de la fe que rompe los esquemas de sus contemporáneos. «Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado». Muchos fueron los que oyeron a Jesús, vieron sus gestos y fueron testigos de su comportamiento. Unos creyeron y otros no. Unos lo acogieron con la sencillez de los niños, y otros lo rechazaron y criticaron basados en su «sabiduría». Por eso, Jesús, alaba a su Padre diciendo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Hay que hacerse pequeño, como un niño, para acoger el Reino de Dios. Un niño que se deja atraer por su Padre, basado únicamente en la confianza que el Padre le ofrece. La revelación cristiana se asienta en la confianza en Dios, de la que el mismo Jesús hizo gala cuando hablaba del Padre. Por eso la fe se torna confianza.

Creer o no creer es un asunto de confianza.  Sólo quien ama confía, incluso en el nivel humano. Empezamos a perder confianza cuando el amor se enfría. Por eso se ha dicho que sólo el amor es digno de fe. Y el amor ama hasta dar la vida. El fundamento último de la confianza en Cristo y de la fe que le profesamos es que nos amó hasta dar la vida por nosotros. El evangelio de hoy termina con unas palabras de Cristo que son, probablemente, la fórmula de san Juan sobre las palabras eucarísticas de Jesús sobre el pan en la última cena: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,52). Jesús nos ha mostrado su amor ofreciendo su vida sin reservas. La eucaristía es el signo de su absoluta entrega, del amor «hasta el fin». Sobre este amor edifican los cristianos su confianza en Cristo, su fe en él. Saben que quien ama así tiene palabras de vida eterna y, aunque arriesgan su libertad hasta darse totalmente a Cristo, no se sienten defraudados porque el amor, cuando es verdadero no defrauda. «Yo sé, decía san Pablo al término de su vida, en quien he puesto mi confianza» (2Tim 1,12).


+ César Franco
Obispo de Segovia

Fuente: Obispado de Segovia