Jesús ha venido a espantar los miedos del corazón del hombre. Miedo a la
soledad, a la enfermedad y, sobre todo, miedo a la muerte. Con cierta
frecuencia, Jesús exhorta a sus discípulos a no tener miedo. Ante la tempestad
del lago, ante el peligro de la persecución por la fe, ante el riesgo de perder
la vida.
También en su despedida, Jesús anima a su pequeño rebaño a confiar, a
no temer la separación que conlleva el adiós del Maestro. Anuncia que vendrá,
que estará siempre con los suyos, que su partida no es definitiva. Volverá y
estará siempre con los suyos hasta el fin del mundo.
Por la resurrección, Cristo ha pasado a ser el Viviente, que se
hace contemporáneo de cada hombre en cada circunstancia que se encuentre. Vive
para siempre y se hace el encontradizo con el hombre que soporta sus propios
miedos; miedos que, como los negros fantasmas que pintaba Goya, intentan
devorarlo. La resurrección de Cristo ha arrojado una poderosa luz sobre la
existencia humana al vencer de modo definitivo el fundamento de todos los
temores, el miedo a morir, el miedo a la nada, a la infinita soledad de quien, a
medida que cumple años, sólo le queda esperar la muerte. El hombre ya no es «el
que nace, sufre y muere», como decía Unamuno. No es el hombre arrojado a una
existencia sin sentido, o sin futuro. Desde la resurrección de Cristo, el hombre
vive con la certeza de estar acompañado por el Viviente.
Esta es la experiencia que han vivido muchos conversos, empezando
por Saulo de Tarso, fariseo cabal, que, aún creyendo en la resurrección, se
obstinaba en negarse a creer que Jesús pudiera haber resucitado. Desde el
encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, el converso Pablo vivirá
con la convicción de que Jesús vive y se hace presente en todas las
circunstancias de su vida. Cuando lo conducen ante el gobernador Porcio Festo
para juzgarlo, éste reconoce que la única acusación que existía contra Pablo es
que afirmaba que un tal Jesús, ya muerto, estaba vivo. No hay forma más sencilla
de definir la fe cristiana. Todo se reduce a confesar que Jesús vive, como canta
la Iglesia en la noche de Pascua.
En medio de su búsqueda intelectual del sentido de la vida y de
su dramática soledad, apartado de su familia en un piso de París, otro converso,
el filósofo García Morente, describe así el momento, llamado por él «hecho
extraordinario», en que Jesús vino a espantarle los negros fantasmas de su mente
para conducirlo a la fe: «Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el
momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No
puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación
presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya
mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse de pie, todo tembloroso, y abrí
de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví
la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba
Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí».
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
