No es fácil superar una imagen de la
Cuaresma deudora de tantas connotaciones negativas que se le han adherido a lo
largo de la historia del Cristianismo. Muchas de ellas se deben al quehacer de
malos predicadores que cargaron las tintas en una penitencia sin alegría o en la
censura de uno mismo sin el horizonte de la afirmación de Dios y de la libertad
frente a todo lo que esclaviza al hombre.
Otras han nacido de la sátira y crítica de quienes piensan que el hombre debe
liberarse del yugo de la religión que le impide ser verdaderamente libre. En la
base del ateísmo moderno subyace, más o menos explícita, la idea de que la fe
esclaviza al hombre y éste necesita deshacerse del fardo de Dios.
La Cuaresma es
una atractiva diana para los que aman ridiculizar aquello que no entienden.
Pero, lo creamos o no, el hombre, aunque presuma de libertad, es un esclavo. Sí,
dicho como suena, un esclavo. Esclavo de sí mismo, del poder, del dinero y de
las pasiones. Negarlo es mentirse a sí mismo. No es mera chanza que en los
carnavales aparezca don Carnal, como representación del hombre ávido de placer,
aunque lo pinten risible y grotesco.
En 1934 escribía T.S. Eliot que «los
hombres han abandonado a Dios, no por otros dioses, sino por ningún Dios; y esto
no había sucedido nunca… profesan primero la Razón, y luego el Dinero, el Poder,
y eso que llaman la Vida, la Raza o la Dialéctica… Desierto y vacío y tinieblas
sobre la faz del abismo… cuando los hombres se han olvidado de todos los dioses,
excepto la Usura, la Lujuria y el Poder».
«Para la libertad nos ha liberado Cristo», dice rotundamente san Pablo en Gál
5,1. ¿Libertad de qué? De todo lo que no sea Dios. Por eso, en este primer
domingo de Cuaresma, vemos a Cristo adentrarse en el desierto, empujado por el
Espíritu. ¿A dónde va? ¿Qué busca? Sencillamente a Dios. Después de haber sido
bautizado y ungido por el Espíritu, éste lo empuja al desierto para experimentar
dos cosas: la oración y la tentación. Las dos cosas, aunque parezca extraño, van
unidas.
La oración, cuando es verdadera, sitúa al hombre en el límite de su
necesidad. Experimenta que por sí mismo no puede llegar a Dios, que Dios es un
misterio inabarcable y se revela cuando quiere, como quiere y a quien quiere. De
esto sabía mucho Israel que había pasado cuarenta años en el desierto, con
momentos gozosos de encuentro con Dios y con duras tentaciones que le llevaron
al borde de la idolatría. También el Enemigo se acerca a Jesús para tentarlo con
los panes de la seguridad, con la vanidad del mundo y la soberbia del poder.
Jesús quiso pasar por esta prueba para enseñarnos la libertad soberana de quien
se aferra a Dios para ser plenamente hombre, señor de toda la creación. Entra en
el desierto de la Cuaresma para salir convertido en el hombre libre que sólo se
arrodilla ante Dios para ofrecernos su propia libertad.
Llama la atención cómo Cristo convierte la misma tentación en oración. Cuando
el Tentador le ofrece pan, Jesús le recuerda que no sólo de pan vive el hombre
sino de toda palabra de Dios. Cuando el Enemigo le tienta con la vanidad de un
signo extraordinario – tentación que se repetirá a lo largo de su ministerio –
Jesús lo rechaza citando la Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios». Y,
finalmente, cuando el Mentiroso le ofrece, como en el Paraíso, el dominio total
sobre el mundo si se postra ante él, Jesús replica que sólo Dios es digno de
adoración y de culto. He aquí al hombre libre, capaz de vivir en el desierto
entre alimañas y ángeles, sin otra seguridad y fuerza que la de la oración, el
ayuno y la penitencia, que constituyen el camino de la Cuaresma hacia la
libertad de los hijos de Dios, una libertad de la que sólo gozan los que, como
Cristo, se dejan conducir por el Espíritu y entran en el desierto donde habita
Dios.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia