¿QUÉ QUISO DECIR JESÚS EXACTAMENTE CUANDO MANDÓ «HACED DISCÍPULOS»?

Hay palabras que la costumbre ha desgastado hasta hacerlas irreconocibles. «Discípulo» es una de ellas.

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El mandato que siempre malentendemos

En el momento más solemne del Evangelio de Mateo —las últimas palabras del Resucitado antes de subir al Padre—, Jesús pronuncia cuatro verbos. Pero solo uno está en imperativo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y HACED discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,18-19).

«Id», «bautizad» y «enseñad» son, en el griego original, participios: maneras de hacer lo principal. Lo principal, el único mandato en imperativo, es HACED discípulos (matheteúsate). No dijo «id y enseñadles doctrina». No dijo «organizad actividades» ni «dad cursos de formación». El nervio del mandato —lo que Jesús quiso que hiciéramos por encima de todo— es esto: hacer discípulos.

El problema es que no sabemos bien qué significa eso. O, peor aún, creemos que sí lo sabemos y lo confundimos con otra cosa.

La escena clave: dos verbos que no se pueden separar

Para entender qué quiso decir Jesús, hay que ir a Marcos. Cuando Jesús llamó a los Doce, el evangelista explica el propósito con una precisión que no debería pasar desapercibida:

«Instituyó a Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14).

Dos verbos. Dos movimientos inseparables.

El primero: estar con él. Antes de cualquier actividad, antes de cualquier formación, antes de cualquier misión, hay una convivencia. Jesús no fundó una escuela con un programa de estudios. Llamó a unos hombres para que viviesen con Él: que lo vieran comer, descansar, orar, discutir con los fariseos, llorar delante de una tumba, perderse en una noche de oración. Aprendieron de Él no tomando apuntes, sino mirándole vivir.

El segundo: enviarlos a predicar. La convivencia nunca fue un fin en sí misma. Estaban con Él para ser enviados. El discipulado tiene una dirección, una salida, un para-qué que desborda los límites del grupo.

Estos dos verbos definen el discipulado cristiano: vida compartida con Jesús y misión en su nombre. Quitar cualquiera de los dos deforma el resultado. Sin el «estar con Él» produces activistas sin raíz. Sin el «ser enviados» produces contemplativos sin misión —o, más frecuente en nuestras parroquias, feligreses bien formados que nunca salen del aula.

Un proceso que dura toda la vida, no un curso que se acaba.

Aquí está el malentendido de fondo: vivimos en una cultura de certificados. Todo tiene un inicio, un temario y un final. Se aprende algo, se supera una prueba, se recibe un diploma, y se pasa a otra cosa. Esa lógica es razonable para aprender inglés o conducir. El problema es que la hemos aplicado a la fe.

Pensad en lo que ocurre en muchas parroquias. Un niño hace la primera comunión: fin de etapa. Luego viene la confirmación —que el catecismo llama «sacramento de la madurez cristiana»— y, paradójicamente, la mayoría la vive como el momento de graduarse de la Iglesia. Se cierran los libros. Se termina el «curso de religión». Y durante décadas esa persona no vuelve a formarse, a crecer, a preguntar. Como si la fe fuera algo que se aprende de niño y ya está.

Pero un discípulo no funciona así. La palabra griega mathetes —discípulo— viene de manthanō, que significa aprender. No «haber aprendido». Aprender, en presente continuo, como actividad que no cesa. Un discípulo es, por definición, alguien que siempre está aprendiendo.

Fijémonos en los propios apóstoles. Estuvieron tres años con Jesús, escucharon cada palabra, vieron cada milagro. Y aun así, la noche de la última cena discutían sobre quién era el mayor (Lc 22,24). Pedro lo negó tres veces. Tomás dudó. Los discípulos de Emaús caminaban tristes sin reconocerle. No eran «graduados». Eran personas en proceso, que caían y se levantaban, que entendían y después volvían a no entender, que avanzaban y retrocedían. Eso es el discipulado: un camino, no una meta que se alcanza.

Pablo, que tuvo una de las conversiones más dramáticas de la historia, escribió desde la cárcel —al final de su vida— estas palabras que deberían hacernos pensar:

«No es que ya lo haya alcanzado o que ya sea perfecto, sino que continúo corriendo a ver si lo alcanzo» (Flp 3,12).

Pablo, con toda su experiencia, con sus cartas, con sus viajes misioneros, con sus visiones y sus revelaciones, sigue diciéndose a sí mismo: todavía no he llegado. Todavía estoy en camino. Eso no es humildad retórica: es la descripción exacta de lo que significa ser discípulo.

Un discípulo no es quien sabe cosas de Jesús, sino quien vive con Jesús y sigue aprendiendo de Él cada día. No es una etapa que se supera. Es una identidad que se habita durante toda la vida. Por eso los primeros cristianos no se llamaban a sí mismos «los formados» ni «los iniciados»: se llamaban simplemente los discípulos.

Y esto tiene consecuencias muy concretas. Si el discipulado dura toda la vida, no puede limitarse a lo que pasa dentro en el centro parroquial o de un grupo parroquial. Afecta a cómo trabajas, a cómo tratas a tu cónyuge, a cómo gastas el dinero, a cómo reaccionas cuando alguien te falla. Un discípulo es alguien para quien seguir a Cristo no es una actividad más en la agenda, sino el criterio que da forma a todas las demás. No algo que se hace los sábados por la tarde. Algo que se es, los siete días de la semana.

Dos palabras que no se pueden separar.

En 2007, los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida acuñaron una expresión que Francisco hizo universal: «discípulos misioneros». Aparece 230 veces en el documento final. El papa la tomó y la puso en el corazón de Evangelii gaudium: «Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos "discípulos" y "misioneros", sino que somos siempre "discípulos misioneros"» (EG 120).

Las dos palabras son inseparables por una razón teológica, no retórica: si el discipulado es estar con Jesús y ser enviado, entonces no puede haber discípulo sin misión. El que vive con Cristo acaba siendo empujado hacia fuera. Y el que sale en misión sin vivir con Cristo acaba quemándose o volviéndose profesional de lo religioso.

En nuestras parroquias tendemos a tener dos grupos que, por desgracia, no llegan a entenderse: los muy comprometidos (que hacen muchas cosas pero a veces sin vida interior) o los de “toda la vida se ha hecho asi” y los muy piadosos (que rezan mucho pero raramente salen de la sacristía). Aparecida y Francisco dicen lo mismo: esa separación es una deformación. El discípulo misionero integra los dos verbos de Marcos: estar con Él y ser enviado.

La pregunta que no se puede evitar

Al final del Evangelio de Juan, después de la resurrección, Jesús no le pregunta a Pedro cuántos cursos ha dado ni cuántas actividades ha organizado. Le pregunta tres veces lo mismo: «¿Me amas?» (Jn 21,15-17). Y cada vez que Pedro responde que sí, recibe la misma orden: «Apacienta mis ovejas».

Discipulado es eso: amor que se vuelve servicio. Vida recibida que se convierte en vida entregada.

Y entonces la pregunta se hace personal e incómoda.

¿De quién eres discípulo tú? No de quién eres fan, ni de quién te caen bien las ideas. Discípulo: alguien a quien imitas, con quien vives, de quien aprendes un estilo de vida. ¿Es Jesús esa persona para ti, o es más bien una referencia lejana que aparece en misa?

¿Y quién está aprendiendo a seguir a Cristo mirándote a ti? Porque si eres discípulo, alguien debería estar haciéndose discípulo a tu lado. El discipulado se reproduce o se extingue. No hay término medio.

En el próximo artículo: el eslabón perdido entre el primer anuncio y el discipulado. Esa etapa que la Iglesia primitiva nunca saltó y que muchas parroquias llevan décadas ignorando: el catecumenado.

Fernando Mañó Bixquert

Fuente: ReligiónenLibertad