El beato Frédéric Ozanam, fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl dijo que si el mundo rechaza a los sacerdotes, los laicos deben dar un paso al frente
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| Crédito: Public Domain |
A veces resulta
tentador dar un paso atrás y quejarse de la corrupción de la sociedad. Todo se
está desmoronando y la civilización está en ruinas. Por extraño que parezca,
este punto de vista no es nuevo, ya que en todas las épocas de la historia la gente
ha dicho cosas similares. Aunque siempre hay algo de verdad en tales
afirmaciones, la clave está en no quedarnos de brazos cruzados viendo cómo se
desmorona el mundo. En lugar de eso, aprendamos del beato Frédéric Ozanam, un laico francés del siglo
XIX que cambió el mundo discretamente a través de su Sociedad de San Vicente de Paúl, una organización que se haría más
conocida por sus "tiendas de segunda mano" en Estados Unidos.
No quedarse
de brazos cruzados
Contemplaba la
civilización desde una perspectiva similar y le indignaba la corrupción que
veía a su alrededor. Ozanam escribió a un amigo: "¿Acaso no
estamos, al igual que los cristianos de aquellos primeros tiempos, sumidos en
medio de una civilización corrupta y una sociedad que se desmorona?" Sin
embargo, hizo algo al respecto.
A continuación,
explica que "los males iguales, por lo tanto, exigen un remedio igual; el
mundo se ha enfriado, y nos corresponde a nosotros, los cristianos, reavivar el
fuego vital".
Laicos
"buenos samaritanos"
En la misma
carta, Ozanam ilustra el remedio que sanará un mundo quebrantado comparándolo
con la parábola del buen samaritano:
"La
humanidad de nuestros tiempos se parece mucho al viajero del Evangelio:
mientras recorría el camino que Cristo le había trazado, fue asaltada por
ladrones, por hombres malvados, que la despojaron de todo lo que poseía —el
tesoro de la fe y el amor— y la dejaron desnuda y gimiendo, tirada al borde del
camino. Los sacerdotes y los levitas pasaron de largo y, esta vez, como eran verdaderos
sacerdotes y levitas, se acercaron al herido a quien de buen grado habrían
curado, pero, en su delirio, él no los reconoció y los apartó de sí.
Acerquémonos
nosotros, a nuestra vez, pobres samaritanos que somos, débiles y de poca fe, al
hombre herido. Quizá no se asuste de nosotros, siendo solo lo que somos, sino
que nos permita sondear sus heridas y verter bálsamo en ellas; soplaremos
palabras de consuelo y paz en su oído y, luego, cuando abra los ojos, lo
pondremos en manos de aquellos a quienes Dios ha constituido guardianes y
médicos de las almas, y que son, por así decirlo, nuestros anfitriones en el
camino de nuestra peregrinación aquí abajo, ya que alimentan nuestros espíritus
hambrientos con la palabra de vida y la promesa de un mundo mejor. Esta es la
tarea que tenemos ante nosotros, esta es la vocación divina a la que nos llama
la Providencia".
Sanar
heridas
Ozanam
reinterpreta la parábola y explica cómo la sociedad actual rechaza a los
sacerdotes y a los religiosos y les impide sanar sus heridas. Sin embargo, la
bondad y la generosidad de un laico pueden lograr que una persona baje la
guardia y, de este modo, ese laico puede presentarla al sacerdote, quien a su
vez puede sanar aún más las heridas de su alma.
En otras
palabras, los laicos tienen una vocación única en el mundo:
ejercer la caridad hacia el prójimo, y es a través de esa caridad como poco a
poco se irán abriendo al poder sanador de Dios.
En un momento
en que el mundo se muestra cada vez más receloso hacia el clero, las palabras
de Ozanam parecen confirmar lo que se necesita en este momento de la historia.
Philip Kosloski
Fuente: Aleteia
