¿PUEDE EUROPA SOBREVIVIR SIN FE? EL HISTORIADOR JAUME AURELL ADVIERTE: «NOS JUGAMOS LA TRADICIÓN»

El medievalista abordó el gran interrogante en los cursos de verano del CEU celebrados en El Escorial en torno a la crisis y continuidad de la herencia espiritual europea

El historiador Jaume Aurell CEU

¿Tiene Europa futuro si se desvincula de su fe fundante? ¿Es compatible con la asimilación de otras cosmovisiones religiosas ajenas al cristianismo? ¿Es afín a las raíces de Europa toda opción identitaria? A nadie se le escapa que estas preguntas son hoy rectoras de la actualidad: no son grandes divagaciones desconectadas de la realidad, sino interrogantes cuya respuesta enfrenta hoy cosmovisiones antitéticas, dentro y fuera de los parlamentos.

A todas ellas trató de dar respuesta en los Cursos de Verano del CEU el catedrático Jaume Aurell, que ha dedicado una vida a indagar en la idea, la historia y el significado de Occidente. Resolver el interrogante planteado en la mesa redonda es, a su juicio, crucial, pues entre la tentación de idolatrar el pasado y la de abolirlo artificialmente, Europa se juega no solo la comprensión de su propio futuro, sino quizá también de su supervivencia.

La verdadera pregunta es, para él, si la Europa de hoy es capaz de sobrevivir despojada de las raíces cristianas que contribuyeron de forma decisiva a forjar su identidad. Para responderla, el catedrático profundizó en el análisis de algunos de los aspectos que hacen de Europa un continente único, que subrayan su esencia, y que por tanto orientan sobre su futuro.

Europa, la única civilización que tuvo una Edad Media

Antes de abordar lo religioso, el catedrático destacó que Europa fue la única civilización que tuvo una Edad Media. Algo que forjó buena parte de su identidad y distingue al Viejo Continente de otras culturas como la china, india o islámica.

Unas civilizaciones que, como explicó, no tuvieron la oportunidad de madurar todo el legado clásico y religioso que sí tuvo Europa durante siglos, esenciales para comprender su legado y ponerlo en práctica. Un proceso de maduración de tal calibre que, más adelante, distinguirá a la civilización europea por ser la única capaz de diferenciar la política de la religión o de comprender el debate entre fe y razón, entre otros hitos.

Un cristianismo que eleva la cultura

Otra de las tesis más particulares de la ponencia se refiere precisamente a la capacidad con la que el cristianismo incorporó y transformó la cultura previa, contribuyendo así al desarrollo civilizatorio europeo. También a diferencia de otras religiones, el cristianismo lo hace mediante una particular forma de negociar con con los encuentros culturales previos.

De este modo, “el cristianismo ni suprime el sustrato previo ni se deja dominar por él. Si el cristianismo hubiera suprimido el sustrato previo, no tendríamos cultura grecorromana, como pasa con el islam”, explica.

En sentido contrario, en el caso oriental, “la religión allí se convierte en un sincretismo que ya no se sabe si es cultura o religión”. Una comparativa que le permite referirse al cristianismo como elemento continuador de la identidad y cultura europeas, pues “ni se mimetiza del todo ni abole las tradiciones previas”, permitiendo al mismo tiempo seguir admirando el pensamiento de quienes incluso eran paganos.

En resumen, el cristianismo fue capaz de elevar y purificar aquello que encontró a su paso, y la capacidad de asumir el derecho romano o la cultura griega fueron los grandes ejemplos.

Jerusalén, Atenas y Roma: la síntesis posibilitó Europa

Para el académico, la síntesis que hizo posible Europa fue en primer lugar de la moral de Jerusalén, que aporta los 10 Mandamientos. A ello se sumó el sentido del gusto y la compenetración del mito y del logos aportado por Grecia y el sentido jurídico de la existencia de Roma.

Tres grandes aportaciones que parecen integrarse a la perfección en la figura de San Pablo, que era según el historiador, “judío por nacimiento, griego por cultura y políticamente romano”, un hombre importante que comprendía y aunaba perfectamente estas tres tradiciones, lo que también es muy importante para comprender Europa, explicó.

Así visto, el papel de San Pablo parece mucho más que un mero aglutinante cultural: si Jerusalén transmite los Mandamientos, Grecia una filosofía y Roma un derecho, San Pablo no se limita a ser depositario de todo ello, sino que las integra en el cristianismo primitivo, iniciando una síntesis que la Cristiandad tendrá siglos para madurar.

¿Preservar el fuego o adorar ceniza?

San Pablo aparece así como una figura crucial para la futura síntesis cristiana de Europa, una respuesta a la pregunta sobre la relación entre Europa y cristianismo e, incluso, sobre la vigencia de la misma tradición cristiana.

El académico destacó al compositor judío converso Gustav Mahler y su célebre sentencia, “la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”, para abordar el que considera uno de los grandes desafíos de Europa en la actualidad: “Nos jugamos la tradición. Y no nos sirve ni la tentación del retorno ni la de un futuro sin pasado”.

El historiador presentó así dos errores interpretativos de la tradición y el progreso como son el inmovilismo y la ruptura. De este modo, la adoración de las cenizas que llevaría a “congelar la tradición” en un momento concreto sin considerar los aportes posteriores no sería la única tentación: En sentido contrario, advirtió igualmente de un progresismo populista que pretende abolir el pasado de forma artificial, como sucede con la Edad Media.

Dos posturas que podrían llevar a cosmovisiones nocivas sobre la memoria. En un caso, “la amnesia colectiva” que surge del espíritu revolucionario y que busca abolir el pasado y romper los vínculos para crear una sociedad nueva. Cuestionó igualmente la “hipertrofia de la memoria” que lleva, por ejemplo, a acudir hoy a la Guerra Civil española “no con un deseo de análisis, sino llevándolo al campo de la memoria, la sensación y la emoción para politizar la sociedad”.

El pasado que sigue presente

¿Es posible una tradición sin inmovilismo y un progreso sin ruptura? Para Aurell, es otra de las preguntas que marcan el presente europeo, y para la que Peter Burke le ofreció una respuesta abordando la tradición como “la parte del pasado que sigue presente”. Una definición muy similar al hilo conductor de Aurell en toda su ponencia: Europa surge de incorporar y desarrollar la herencia de Jerusalén, Grecia y Roma, no olvidándola.

En último término, Aurell llegó a cuestionar algunos dogmas de la Modernidad. “Se cree que cualquier época pasada era peor que el presente. Un desagradable tic de la Modernidad es demonizar las épocas anteriores, pensar que el pasado es iletrado o la oscuridad y por eso se contrapone el Siglo de las luces con la Edad Media”, explicó. De este modo, la Modernidad afirmará falsamente la apertura de determinados debates descontextualizados, cuando muchos de ellos tenían lugar en el pasado.

Entre otros ejemplos, abordó la llamada Controversia de Valladolid, recordando que en el siglo XVI ya se daba el debate sobre la conquista protagonizado por Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. “El debate ya existía”, subrayó, antes de advertir sobre la importancia de no proyectar sobre el pasado nuestros propios demonios.

La herencia que aún sostiene Occidente

Los cerca de mil años de la Cristiandad supusieron una maduración de determinados avances, ideas y aportaciones que todavía hoy sostienen el actual Occidente.

Mencionó, en primer lugar, la aportación de las monarquías de origen germánico, “que dotaron de una extraordinaria estabilidad a las nacientes naciones europeas”. Además, agregó, “produjeron una dicotomía interesante entre el rey y la tentación regalista y el obispo y la tentación teocrática”. “Con el paso de los siglos, estos dos agentes comprendieron que lo mejor para ellos era la armonía y preservar la autonomía religiosa del obispo y la política del rey”.

Junto a esa distinción, destacó también la armonización entre fe y razón que se empezó a hacer con pensadores como Pedro de Abelardo o Juan de Salisbury y que llegaría a su máximo exponente con Santo Tomás y la escolástica. Dos elementos que reflejan la capacidad de distinguir sin separar y de armonizar sin confundir y que serán característicos del Occidente cristiano.

Un reto en torno a lo esencial del cristianismo 

Aurell ilustró la importancia del título de la mesa redonda con uno de los episodios que, a su juicio, mejor simbolizan la crisis de identidad europea: el debate de 2005 sobre la inclusión de las raíces cristianas en el proyecto de Constitución Europea. "Hay momentos en que se generan debates en los que hay que estar", afirmó. Para el historiador, aquella discusión no fue un asunto menor. "Después salió que no en dos referéndums y el debate quedó ahí. No solo nadie ha planteado la reinserción de las raíces cristianas, sino que la Constitución Europea no ha salido adelante". “Lo que no podemos es tener posiciones maximalistas”, precisó, antes de defender su convicción de que el proyecto europeo debe continuar.

A su juicio, el problema de fondo es mucho más profundo. "Es demoledor que la historia de Europa empiece en la Revolución francesa. Se han cargado de un plumazo la tradición grecorromana, el cristianismo y la Edad Media". El desafío dirigido a modo de conclusión no podía ser más revelador: "Reto a la audiencia a que consiga un mejor argumento de que el cristianismo es esencial para la supervivencia de Europa. Porque no se incluyeron las raíces cristianas y Europa, desde entonces, ha ido a la deriva", concluyó.

José María Carrera Hurtado

Fuente: ReligiónenLibertad