Dios siempre ayuda
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| Dominio público |
Entretanto la
barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las olas, porque
el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos
caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar
se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar.
Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis.
Entonces Pedro le respondió: Señor, si
eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las agitas. Él le dijo: Ven. Y Pedro,
bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver
que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó
diciendo: ¡Señor sálvame! Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le
dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Y cuando subieron a la barca cesó
el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: verdaderamente tu
eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-36)
I. La Primera lectura de
la Misa nos presenta al Profeta Elías que, cansado y desalentado por muchas
tribulaciones, se refugió en una gruta del Horeb, el monte santo, donde Dios se
manifestó a Moisés. Allí recibió esta indicación: sal y aguarda al Señor. Y
pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos, y
después hubo un terremoto y fuego. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en
el terremoto, ni en el fuego. Llegó después un viento suave, como un susurro, y
se manifestó el Señor de esta forma, expresando así su misteriosa
espiritualidad y su delicada bondad con el hombre débil. Elías se sintió
reconfortado para la nueva misión que el Señor quería que llevara a cabo.
El Evangelio nos relata una de las
tempestades que sufrieron los Apóstoles sin que Jesús estuviera con ellos en la
barca. Tuvo lugar después de la multiplicación de los panes y de los peces. El
Señor les mandó que embarcaran y se dirigieran a la otra orilla del lago,
mientras Él despedía a las gentes, pues se había hecho tarde. Jesús, desde lo
alto de un monte donde está recogido en oración, no olvida a sus discípulos. Se
ha levantado un viento fuerte en contra, y el Señor ve cómo luchan contra el
oleaje y contra el viento para llegar donde Él les ha indicado. Terminada su
oración, se dispone a ayudarles.
En la cuarta vigilia de la noche, al
amanecer, Jesús se acercó a la barca, que estaba batida por las olas y en
peligro de zozobrar. El Evangelio nos señala que los discípulos pasaron miedo
al ver a Jesús andando sobre las aguas revueltas, creyendo que era un fantasma.
Y San Marcos, que recoge los recuerdos inolvidables de San Pedro, nos ha dejado
escrito que Jesús hizo ademán de pasar de largo. Todos comenzaron a gritar.
Entonces Jesús se acercó un poco más y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no
temáis. Eran palabras consoladoras, que también nosotros hemos oído muchas
veces de formas diferentes en la intimidad del corazón, ante sucesos que nos
han podido desconcertar y en situaciones difíciles y apuradas.
Si nuestra vida es el cumplimiento de lo
que Dios quiere de nosotros -como Elías, que se encaminó al monte Horeb por
mandato de Dios, como los Apóstoles, que cumplen lo que Jesús les ha dicho,
aunque el viento les era contrario-, nunca nos faltará la ayuda divina. En la
debilidad, en la fatiga, en las situaciones más apuradas, Jesús se presenta y
nos dice: Soy Yo, no temáis. Nunca falló a sus amigos. Y si nosotros no tenemos
otro fin en la vida que buscar su amistad y servirle, ¿cómo nos va a abandonar
cuando el viento de las tentaciones, del cansancio, de las dificultades en el
apostolado nos sea contrario? Él no pasa de largo. «Si tenéis confianza en Él y
ánimos animosos, que es muy amigo Su Majestad de esto, no hayáis miedo que os
falte nada». ¿Qué nos va a faltar si somos sus amigos en medio del mundo, si le
queremos seguir día tras día entre tantos que le abandonan?
II.
Cuando los Apóstoles oyeron a Jesús se llenaron de paz. Entonces, Pedro dirigió
a Jesús una petición llena de audacia y de valentía: Señor, si eres Tú, manda
que yo vaya a Ti sobre las aguas. Y el Maestro, que se encontraba todavía a
unos metros de la barca, le contestó: Ven. Pedro tuvo mucha fe, y cambió la
seguridad de la barca por la confianza en las palabras del Señor: bajando de la
barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Fueron unos momentos impresionantes
de firmeza y de amor.
Pero Pedro dejó de mirar a Jesús y se
fijó más en las dificultades que le rodeaban, y al ver que el viento era tan
fuerte se atemorizó. Olvidó por un momento que la fuerza que le sostenía en
medio del agua no dependía de las circunstancias, sino de la voluntad del
Señor, que domina el cielo y la tierra, la vida y la muerte, la naturaleza, los
vientos, el mar... Pedro comenzó a hundirse, no por el estado de la mar, sino
por la falta de confianza en Quien todo lo puede. Y gritó a Jesús: ¡Señor,
sálvame! Y enseguida, Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre
de poca fe, ¿por qué has dudado? Cristo es el asidero firme al que debemos
agarrarnos en momentos de debilidad o de cansancio, cuando veamos que nos
hundimos. ¡Señor, sálvame!, le diremos con fuerza en nuestra oración.
A veces, el cristiano deja de mirar a
Jesús y se fija en otras cosas que alejan de Dios y le ponen en peligro de
perder pie en su vida de fe y de hundirse, si no reacciona con prontitud. Desde
el momento en que alguien comience a no ver clara su fe o la vocación recibida
de Dios, «que se examine con lealtad. No dejará de descubrir que desde algún
tiempo su vida de piedad está un tanto relajada, la oración es más rara o menos
atenta, y es menos exigente consigo mismo. ¿No renueva un pecado cuya gravedad
se oculta a sí mismo deliberadamente? De seguro que ya no reprime con la misma
energía sus pasiones, si es que no consiente con complacencia en alguna de
ellas.
Un resentimiento que se fomenta contra
otro, una cuestión de interés en que nuestra honradez no es total, una amistad
demasiado absorbente, o sencillamente el despertar de bajos instintos que no se
rechazan con bastante prontitud, no hace falta más para que se levanten nubes
entre Dios y nosotros. Y la fe se oscurece». Cabe el peligro entonces de
achacar esa situación culpable a las circunstancias externas, cuando el mal
está más bien en el propio corazón.
Para salir a flote, Pedro sólo tuvo que
asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que
poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que
siempre nos pide Dios. «Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su
gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una
mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque
nos busca uno a uno, como hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra
debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano
que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad».
Ese pequeño esfuerzo que el Señor pide a
sus discípulos de todos los tiempos para sacarlos a flote de una mala situación
puede ser muy diverso: intensificar la oración; ser más sinceros y dóciles en
la dirección espiritual; remover una mala ocasión; obedecer con prontitud y
docilidad de corazón; poner, junto a la oración, unos medios humanos que están
a nuestro alcance, aunque sean muy pequeños... Junto a Cristo se ganan todas
las batallas, pero debemos tener una confianza sin límites en Él. «Reza seguro con
el Salmista: "¡Señor, Tú eres mi refugio y mi fortaleza, confío en
Ti!"
»Te garantizo que Él te preservará de
las insidias del "demonio meridiano" -en las tentaciones y... ¡en las
caídas!-, cuando la edad y las virtudes tendrían que ser maduras, cuando deberías
saber de memoria que sólo Él es la Fortaleza».
III.
Pedro se mantuvo en pie en medio de las dificultades más grandes mientras actuó
con sentido sobrenatural, con fe, confiado en el Señor. Después, para salir a
flote, para recibir la ayuda de Dios, hubo de poner de su parte, pues «cuando
falta nuestra cooperación cesa también la ayuda divina». Aunque fue el Señor
quien lo sacó adelante.
Pedro recuperó de nuevo la fe y la
confianza en Jesús. Con Él subió a la barca. Y en ese instante cesó el viento,
se hizo la calma en el mar y en el corazón de los discípulos, y le reconocieron
como a su Señor y a su Dios: los que estaban en la barca le adoraron diciendo:
Verdaderamente, eres el Hijo de Dios.
Las dificultades en las que
experimentaremos la propia debilidad, las mismas flaquezas, servirán para
encontrar a Jesús, que nos tiende su mano y se mete en nuestro corazón,
dándonos una paz inmensa en medio de cualquier tribulación. Hemos de aprender a
no temer nunca a Dios, que se presenta en lo ordinario y también en las
tormentas de los sufrimientos, físicos y morales, de la vida: Tened confianza,
soy Yo, no temáis. Dios nunca llega tarde para socorrernos, y ayuda siempre en
cada necesidad.
Él llega, aunque sea de modo misterioso
y oculto, en el momento oportuno. Y cuando por alguna razón nos encontramos en
una situación penosa, con el viento en contra, Él se acerca. Quizá haga ademán
de pasar de largo para que nosotros le llamemos. No tardará en llegar a nuestro
lado.
Y si alguna vez sentimos que no hacemos
pie, que nos hundimos, repitamos la súplica de Pedro: Señor, ¡sálvame! No
dudemos de su Amor, ni de su mano misericordiosa, no olvidemos que «Dios no
manda imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo
que no puedas y ayuda para que puedas».
¡Qué seguridad tan grande da el Señor!
«Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo
en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo. Ésta es mi seguridad, éste
es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra
escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que
ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.
»Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer?
Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no
pesa más que una tela de araña». No dejemos su mano; Él no deja la nuestra.
Terminamos nuestra oración poniendo por
intercesora a la Santísima Virgen; Ella nos ayuda aclamar confiadamente con las
preces litúrgicas: renueva
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
