El problema no es el anuncio: es el después
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Cientos de
parroquias han redescubierto el primer anuncio. Pero meses después, muchos de
aquellos «tocados» ya no están. Los obispos españoles acaban de ponerle nombre
al problema: al impacto le tiene que seguir el discipulado.
La escena se
repite en toda España. Un retiro kerygmático termina un domingo por la tarde
entre lágrimas, abrazos y testimonios que estremecen: «Yo venía por acompañar a
mi mujer y me he encontrado con Cristo». El párroco vuelve a casa dando gracias
a Dios, con la certeza de haber visto obrar la gracia. Y no se equivoca: la ha
visto.
Dos meses
después, en la misa del domingo, recorre los bancos con la mirada buscando
aquellos rostros. Faltan casi todos.
Quien haya
vivido esto —y son ya legión los párrocos, catequistas y laicos que lo han
vivido— sabe que la pregunta incómoda no es «¿qué salió mal en el retiro?».
Salió bien. La pregunta incómoda es otra, y solemos esquivarla porque no
tenemos respuesta: ¿y después, qué?
Algo se mueve,
y es de Dios
Digámoslo
primero con claridad: lo que está ocurriendo en tantas parroquias es una
bendición. Tras décadas de sacramentalizar sin evangelizar, cientos de
comunidades han redescubierto el primer anuncio: cursos Alpha, retiros
kerygmáticos, seminarios de vida en el Espíritu, encuentros de fin de semana
que ponen a la persona ante el núcleo ardiente del Evangelio: Dios te ama,
Cristo ha muerto y resucitado por ti, te espera una vida nueva.
Y está dando
fruto. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe acaba de reconocerlo en
su nota doctrinal Cor ad cor loquitur (febrero de 2026): se aprecian
«signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los
jóvenes españoles de la llamada "generación Z"», y las nuevas
iniciativas de primer anuncio «representan un soplo de aire fresco para la
Iglesia». No estamos, pues, ante un problema de métodos que fallan. Estamos
ante algo más desconcertante: métodos que funcionan… y frutos que se evaporan.
El converso
huérfano
Al protagonista
de esta historia conviene ponerle nombre: es el converso huérfano. Ha tenido un
encuentro real con Cristo —nadie tiene derecho a ponerlo en duda—, pero al
volver a su parroquia no encuentra un camino para crecer. Encuentra horarios de
misas, catequesis para los niños y un despacho parroquial. Todo digno, todo
necesario; nada pensado para él. La parroquia lleva décadas organizada para
administrar servicios a los ya convencidos, no para acompañar el proceso
de un adulto que empieza.
Jesús describió
el fenómeno con precisión de sembrador: hay semilla que cae en terreno
pedregoso, «la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es
inconstante, y en cuanto viene una dificultad, enseguida sucumbe» (cf. Mt
13,20-21). Lo inquietante de la parábola es que el problema nunca es la
semilla. Es la tierra. Y preparar la tierra no es tarea del retiro: es
tarea de la comunidad que recibe al converso el lunes siguiente.
La advertencia
de los obispos
Aquí es donde
la nota de los obispos pone el dedo en la llaga, con una lucidez que hay que
agradecer. En estos métodos de primer anuncio, reconocen, las emociones tienen
un peso importante, y no es malo: Dios alcanza al hombre entero, también
en su afectividad. Pero advierten de un riesgo que muchos promotores de
estas experiencias han detectado ya: el de un reduccionismo «emotivista» de la
fe, que lleva a algunas personas a convertirse en «consumidores de experiencias
de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento
espiritual».
El retrato es
reconocible: el peregrino perpetuo de retiro en retiro, de encuentro en
encuentro, buscando revivir el fogonazo inicial, incapaz de aterrizar en la
vida ordinaria de una comunidad concreta. No ha encontrado un camino y lo
compensa coleccionando salidas. Como recuerda la nota citando la encíclica
Lumen fidei, una fe así «se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y
entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo». Y los
obispos añaden una frase que merece ser grabada en la puerta de cada sala de retiros:
«Se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que
simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a
cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos
agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida cristiana
sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo».
Nada de esto es
un alegato contra la emoción, y la nota se cuida mucho de serlo. Es un alegato
contra la orfandad: la emoción del encuentro es el principio de un camino,
no su sustituto.
El problema no
es el anuncio: es el después
La tentación,
llegados aquí, sería concluir que hay que enfriar el primer anuncio, volver a
lo de siempre, desconfiar del kerygma. Sería la conclusión exactamente
equivocada. El primer anuncio no sobra; lo que falta es lo que debe
seguirle. La propia nota lo dice sin rodeos: al impacto inicial «le ha de
seguir la configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el
discipulado en la Iglesia» y el apostolado como testigos en medio del mundo.
Es la misma
lógica de Evangelii gaudium cuando describe a la comunidad
evangelizadora: una comunidad que «primerea», que se involucra y que —el
verbo decisivo— «acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y
prolongados que sean» (EG 24). Procesos. Prolongados. Justo lo que nuestra
pastoral de eventos no sabe ofrecer: sabemos organizar un fin de semana
inolvidable; no sabemos qué proponerle al converso el miércoles a las
ocho.
Lo que piden
los obispos tiene nombre
¿Y qué proponen
los obispos? La nota lo formula en una línea que es todo un programa pastoral:
«Resulta particularmente oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos
formativos de discipulado y acompañamiento en la maduración de la fe con
aquellos que han realizado una primera conversión al Señor».
Léase despacio,
porque ahí está todo: itinerarios catecumenales —el viejo arte de la Iglesia de
los primeros siglos, que no llevaba a nadie del flechazo a la boda sin
noviazgo— y procesos de discipulado, es decir, un modo estable de vivir como
discípulo dentro de una comunidad concreta que te conoce, te sostiene y te
envía. No son dos ocurrencias: son los dos eslabones que le faltan a la
cadena. El primer anuncio enciende; el catecumenado inicia; el
discipulado sostiene de por vida. Donde falta cualquiera de los dos últimos, el
primero se convierte en una hoguera de virutas: mucha llama, poca brasa.
La pregunta que
lo cambia todo
Hagamos la
prueba, cada uno en su comunidad. Si este domingo alguien se convirtiera de
verdad en tu parroquia —un encuentro real, de los que cambian una vida—, ¿qué
le ofreceríais el lunes? Si la respuesta es «la misa de las doce y, si
quiere, el grupo de Cáritas», entonces la pregunta de este artículo también es
la tuya.
No es una
pregunta para culpabilizar a nadie: es la pregunta más esperanzadora que puede
hacerse hoy una parroquia, porque tiene respuesta. La Iglesia sabe hacer
discípulos; lo ha sabido desde aquella primera comunidad que perseveraba «en la
enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones»
(Hch 2,42). En próximos artículos recorreremos ese camino: qué es
exactamente un discípulo —y por qué no equivale a un alumno—, qué papel
juega el catecumenado como puente después del kerygma, y qué estructuras
concretas permiten que una parroquia deje de coleccionar conversos
huérfanos y empiece, sencillamente, a hacer discípulos.
Porque el
mandato de Jesús no fue «provocad experiencias». Fue «haced
discípulos» (Mt 28,19). Y entre lo uno y lo otro se juega hoy el futuro de
nuestras parroquias.
Fernando
Mañó Bixquert
