Allí donde se establece, aumenta la vida sacramental y surgen testimonios de conversión, reconciliación y esperanza
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| Santo Padre con el Santísimo. |
En
el silencio de la noche, cuando la ciudad descansa y las luces se atenúan, hay
lugares donde la vida espiritual permanece encendida. Son las capillas de adoración eucarística perpetua,
espacios donde, a cualquier hora del día o de la madrugada, siempre hay alguien
velando ante el Santísimo. Esta práctica, profundamente arraigada en la
tradición de la Iglesia, ha experimentado en España un crecimiento notable en
las últimas décadas.
La
adoración perpetua tiene su origen en la segunda mitad del siglo XX, pero hunde
sus raíces en la devoción eucarística que siempre ha acompañado a la Iglesia. En España, su desarrollo reciente comienza en
2004, con la apertura de la primera capilla en Cancelada (Málaga). Así
se inició una red que hoy cuenta con decenas de espacios repartidos por todo el
país. «En España actualmente tenemos setenta y seis capillas y en el próximo
mes de mayo se abrirá la setenta y siete», explica Eufemio
Romano, adorador perpetuo y delegado de los Misioneros de la Santísima
Eucaristía.
A
diferencia de otras formas de adoración, la perpetua no está sujeta a horarios
limitados ni a celebraciones concretas. Es, en palabras del propio Romano, «una
acción litúrgica de la Iglesia, prolongación de la adoración por antonomasia
que es la santa misa». Su rasgo distintivo es la continuidad:
las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, gracias a un
sistema organizado de turnos. Una noche cualquiera en una de estas capillas no
difiere, en apariencia, de cualquier otro momento del día. No hay actos
externos llamativos ni programas establecidos. El
silencio lo envuelve todo. Los adoradores entran, se arrodillan y
permanecen en oración personal. «No hay vigilia como tal. Lo que sucede
mientras las horas de adoración, solo lo conocen el adorador y el Señor». Esa
intimidad constituye el núcleo de la experiencia.
Siempre acompañando al Señor
La organización, sin embargo, es
precisa. Cada semana se cubren las ciento sesenta y ocho horas mediante
adoradores comprometidos con una hora fija. Coordinadores y responsables velan
para que nunca falte presencia ante el Santísimo. «Todos tienen claro
que el Señor no se puede quedar nunca solo», subraya Romano. Quienes
participan coinciden en señalar los frutos de esta práctica. «En torno a su
esperada hora semanal organizan su vida; en ella encuentran paz, sosiego y
fortaleza».
El propio Romano lo expresa en primera
persona: «Mi vida ha cambiado, no soy el mismo de hace unos años… es labor
suya, callada y silenciosa». Más allá de la experiencia individual, la adoración
perpetua transforma también las comunidades. Allí donde se establece, aumenta
la vida sacramental y surgen testimonios de conversión, reconciliación
y esperanza. En medio de un mundo acelerado, estas capillas se convierten en
oasis de silencio donde, como afirma Romano, cualquiera puede encontrar «la
paz, la serenidad y las fuerzas necesarias para vivir cada día»
Artículo publicado originalmente
en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de
Propagandistas
Clara González
Fuente: El Debate
