La inquina contra la fe se cobró la vida de numerosos religiosos y laicos cristianos en España durante la década de 1930 y dio origen a una de las páginas más estudiadas de la historia contemporánea de la Iglesia
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| Crédito: Daniel Ibañéz/EWTN News |
Pero la memoria
de aquella persecución religiosa se ha construido, sobre todo, a partir del
recuerdo de los mártires, dejando en un segundo plano a quienes también
padecieron la brutalidad, sin alcanzar la palma del martirio.
El libro Los
mártires que no fueron. Salvados, clandestinos, refugiados, evadidos y muertos
de la persecución religiosa en España (1936-1939), publicado por la
Editorial Didaskalos, rescata de la penumbra las historias de los que
sobrevivieron a las convulsiones del fuego de la persecución de aquellos años.
Mártires
frustrados
Por las manos
de su autor, el sacerdote y teólogo Melchor Sánchez de Toca Alameda, relator en
el Dicasterio para las Causas de los Santos, han pasado numerosas causas de
martirio relacionadas con la persecución religiosa de los años treinta del
siglo XX. Y de ahí “surgió la idea de ir recopilando algunas de estas vidas”,
señala.
“Los que
pasaron por la persecución y no murieron en ella, o bien murieron en ese
período pero sin la gracia del martirio, habían quedado un poco en penumbra”,
señala Sánchez de Toca en conversación con ACI Prensa.
El libro reúne
un amplio mosaico de historias de hombres y mujeres que atravesaron la misma
prueba que los mártires, pero cuyo destino fue diferente.
Algunos
escaparon de la muerte por circunstancias inesperadas; otros vivieron ocultos
durante años, sosteniendo una Iglesia obligada a la clandestinidad; otros
lograron huir de las zonas más peligrosas; y algunos fallecieron durante la
guerra sin que su muerte pudiera ser considerada martirio.
“No todos
los santos que pasan por una persecución religiosa alcanzan la palma del
martirio muriendo en ella, ni todos los que mueren en ella son mártires”,
explica Sánchez de Toca.
Sin pretender
elaborar un catálogo exhaustivo, el autor selecciona un conjunto de figuras que
hoy han sido canonizadas o se encuentran en proceso de beatificación y que
ofrecen una perspectiva distinta sobre aquellos años dramáticos.
Los santos
que sobrevivieron
Entre las
figuras retratadas aparecen nombres ampliamente conocidos, como Santa
Maravillas de Jesús, San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Beato Álvaro del
Portillo, el Venerable José María García Lahiguera, el Beato Pere Tarrés,
Isidoro Zorzano o la Sierva de Dios Carmen Hidalgo, cofundadora de las Oblatas
de Cristo Sacerdote.
Junto a ellos
desfilan personajes menos conocidos cuya vida también quedó marcada por la
persecución, como Ismael de Tomelloso, llamado también “el miliciano santo”;
Antonio Rivera, llamado “el ángel del Alcázar”; o el jesuita Fernando Huidobro,
capellán de la Legión.
Precisamente
estos tres casos despertaron el interés inicial del autor. Aunque todos
sufrieron las consecuencias de la guerra y dos de ellos murieron a causa de
heridas o en el frente, ninguno puede ser considerado mártir en sentido
estricto.
“Hubo intentos
de presentarlos como mártires, especialmente durante la posguerra por parte de
la propaganda del franquismo”, explica Sánchez de Toca. Incluso añadían el
epíteto, muy en boga en aquellos años, “caídos por Dios y por España”. Sin
embargo, añade el autor, las circunstancias de sus muertes no responden a los
criterios que la Iglesia exige para reconocer el martirio.
La Iglesia
clandestina
Uno de los
aspectos más originales del libro es la reconstrucción de la vida cotidiana de
los católicos que permanecieron en la zona republicana y tuvieron que practicar
su fe de manera clandestina.
El capítulo
dedicado a los “clandestinos y la retaguardia orante” recoge las peripecias de
hombres y mujeres valientes que organizaron auténticas redes clandestinas para
asistir a sacerdotes escondidos, así como para facilitar la celebración de los
sacramentos y mantener viva la práctica religiosa.
“Crearon unas
redes de asistencia que nada tienen que envidiar a las mejores novelas de
espías”, detalla Sánchez de Toca.
Son Isidoro
Zorzano, el Venerable José María García Lahiguera y la Madre Carmen Hidalgo,
cofundadora junto con don José María de las Oblatas de Cristo Sacerdote,
organizaron una red de asistencia económica para los sacerdotes que habían
logrado sobrevivir: “Les proporcionaban la materia para poder celebrar la Misa
y a su vez redistribuían la comunión, llevándola a las casas con agentes
clandestinos”.
Cruzar el
frente para seguir viviendo
Otro de los
capítulos aborda la historia de quienes lograron cruzar la línea del frente
mediante operaciones extremadamente arriesgadas. Desfilan en las páginas de
este capítulo el Beato Álvaro del Portillo, que se pasó por el frente, el
Siervo de Dios Tomás Alvira, que acompañó a San José María Escrivá en su paso
por los Pirineos, y la Venerable Sor Justa Domínguez de Vidaurreta, la
superiora de las Hijas de la Caridad que después de no pocas peripecias pudo
salir de Madrid e instalarse en Pamplona.
El peso de
haber sobrevivido
Una de las
cuestiones que más llamaban la atención al autor era el llamado “síndrome del
superviviente”, un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología y que
afectó a muchos de quienes lograron salvarse de la persecución.
Aunque por
motivos editoriales lo tuvo que suprimir, el capítulo estaba dedicado
precisamente a esta cuestión. Muchos tuvieron que convivir durante el resto de
sus vidas con una pregunta inquietante: por qué ellos se habían salvado
mientras tantos compañeros habían sido asesinados.
“No siempre es
fácil responder a la pregunta: ¿por qué el Señor no me quiso mártir cuando
efectivamente a muchos de sus compañeros los mataron?”, señala.
Salvados en
el último instante
Los pasajes más
trepidantes del libro corresponden a los relatos de personas que escaparon de
una muerte aparentemente segura. Uno de los más impactantes es el testimonio de
un agustino encarcelado en Madrid durante la persecución.
Según relata
Sánchez de Toca, se encontraba ya con las manos atadas y preparado para ser
trasladado a Paracuellos cuando un desconocido cortó las cuerdas que lo
sujetaban y le susurró al oído: “Date la vuelta y vete a tu celda. No mires
para atrás”.
El religioso
obedeció mecánicamente y consiguió salvar la vida.“Se volvió a la celda y
comenzó a temblar y convulsionar por el shock post-traumático de tal manera que
varios compañeros tuvieron que sujetarlo”, relata Sánchez de Toca.
Otros se
salvaron por errores en las listas de presos o por intervenciones inesperadas
de personas anónimas. En muchos casos, los supervivientes interpretaron estos
hechos como manifestaciones de la providencia divina y vivieron el resto de su
vida preguntándose por qué habían sido ellos los elegidos para sobrevivir.
El autor no
oculta los crímenes cometidos por el ejército nacional, como se ve en las
intervenciones del P. Huidobro, que denunció ante el cuartel general de Franco
las ejecuciones sumarias de prisioneros.
Una lección
para el presente
Más allá de su
valor histórico, el relator del Dicasterio para las Causas de los Santos
considera que estas biografías contienen enseñanzas particularmente relevantes
para los cristianos de hoy.
“Todos vivían
con una clara vocación martirial”, afirma.
Según explica,
el martirio formaba parte del horizonte espiritual de muchos católicos
españoles mucho antes del estallido de la Guerra Civil. “Así se refleja en sus
cartas, homilías y conversaciones, como expresión de la disposición a dar la
vida por Cristo si fuera necesario”, asegura Sánchez de Toca.
Al mismo
tiempo, destaca la extraordinaria creatividad apostólica que demostraron en
circunstancias extremas. “Esto es otra lección permanente también para nuestro
tiempo. El Espíritu Santo suscita la creatividad apostólica en las
circunstancias en que vive cada uno”, concluye.
Por Victoria
Cardiel
Fuente: ACI Prensa
