El próximo 26 de septiembre será beatificado el arzobispo que lograba congregar a 30 millones de estadounidenses delante del televisor, y cuya inspiración era una jovencísima mártir china
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| Una recreación de la pequeña Li |
Apenas quedaban
dos meses para su muerte. Monseñor Fulton Sheen, una absoluta
estrella de la televisión estadounidense, que lograba audiencias récord
de 30 millones de personas con su programa La vida
vale la pena ser vivida, era esta vez el entrevistado. «Excelencia, usted
ha inspirado a miles de personas en el mundo entero. Pero, usted, ¿por quién ha
sido inspirado? ¿Por un Papa?», le preguntó el periodista. «Ni por un Papa ni
por un cardenal... Ni siquiera por un sacerdote o una religiosa», respondió
lentamente el arzobispo de Newport. «Una chinita de diez años fue
quien me ha inspirado», añadió misteriosamente.
Era octubre de
1979, y monseñor Sheen reveló por vez primera una historia que, hasta entonces,
había guardado para sí: «Cuando los comunistas se apoderaron de China, llegaron
a una pequeña aldea donde vivía un misionero: el padre Luc, de las
Misiones Extranjeras. Lo amenazaron, lo golpearon y acabaron
encerrándolo en el depósito de carbón de la iglesia, donde una pequeña
apertura le permitía ver el interior del templo». «El sacerdote observó
horrorizado cómo los comunistas invadían el templo y se
dirigían al sagrario», agregó. «Llenos de odio, lo profanaron, tomaron el copón
y, arrojándolo al suelo, desperdigaron todas las hostias consagradas», añadió.
Eran tiempos
de persecución, en la China de los años 50 del siglo XX, y el
sacerdote sabía exactamente cuántas hostias había en el sagrario: treinta
y dos. «Cuando los comunistas se fueron, tal vez no se dieron cuenta o no
prestaron atención a una niña que estaba rezando en la parte
trasera de la iglesia y vio todo lo que sucedió», prosiguió monseñor Sheen con
su relato. «Esa noche, la pequeña regresó y, sorteando al guardia que estaba
afuera, entró en el templo. Ahí, hizo una hora santa de oración, un
acto de amor para reparar el acto de odio», explicó.
El padre Luc
conocía a la niña. Se trataba de la pequeña Li, que tenía entonces
diez años de edad. La hermana Euphrasie había sido su
catequista y la había preparado para recibir la Primera Comunión. De hecho, el
misionero recordaba una simpática anécdota que había ocurrido
en la catequesis meses atrás. «¿Por qué el Señor Jesús no nos ha enseñado a
decir: Danos el arroz de cada día?». Se trataba de una pregunta
perfectamente lógica en el caso de una niña china que apenas había tenido
contacto con el pan. «Es que... pan quiere decir Eucaristía», había logrado
balbucear la religiosa tras unos segundos de desconcierto. Y, después, le brotó
una respuesta mucho más convincente: «Le pides al buen Jesús la Comunión
cotidiana. Para tu cuerpo, arroz. ¡Pero tu alma, que vale más que tu cuerpo,
tiene hambre de ese pan que es el Pan de Vida!». Duda teológica
resuelta.
En el mes de
mayo, cuando Li hizo su Primera Comunión, le dijo a Jesús en su corazón: Dame
siempre ese Pan de cada día, ¡para que mi alma viva y goce de buena
salud! El Señor le concedería ese deseo, pero, tal vez, no como ella
se imaginaba.
Volvemos al
segundo día de reclusión del padre Luc. Cuando el sol se pone, una pequeña
figura se mueve entre las sombras del templo. Es la pequeña Li, que se acerca
devotamente a las 31 formas consagradas restantes. Se arrodilla y adora
en silencio, como sor Euphrasie le había enseñado. Sabe que debe preparar
su corazón antes de recibir a Jesús. Y, después de un rato de oración en
silencio, que al misionero se le hace eterno, la niña se inclina sobre el suelo
y, con su lengua, consume otra de las hostias. El sacerdote, por
fin, comprende lo que está sucediendo: la religiosa les ha explicado en
catequesis que «una sola forma por día es suficiente. Y no se toca la
hostia; ¡se recibe en la lengua!». La pequeña Li obedece con reverencia y
devoción.
32 días
seguidos
Pasa un mes, y
la niña no falta una sola noche a su cita secreta con Jesús. Pero, el último
día, cuando no queda más que una sola hostia, un miliciano, apostado en el
dintel de la puerta de entrada, descubre a la pequeña Li, desenfunda su arma y
dispara.
El padre Luc,
horrorizado, la cree muerta, pero no: la ve reptar con dificultad hacia
la hostia y pegarla a la boca. Algunos sobresaltos convulsivos, seguidos de una
repentina distensión. La pequeña Li está muerta, pero ha salvado todas
las hostias.
Cuando el
seminarista Fulton Sheen tuvo noticia de esta historia, quedó profundamente
impactado. El día de su ordenación sacerdotal tomó la resolución de
hacer una Hora Santa diaria el resto de su vida. En su
autobiografía, Tesoro en vasijas de barro, publicada cuando su vida
terrena estaba a punto de terminar, agradecía con humildad la gracia de Dios
que le había permitido cumplir fielmente ese propósito a lo
largo de 60 años.
El próximo 24
de septiembre, el cardenal Luis Antonio G. Tagle presidirá la
ceremonia de beatificación del Venerable Fulton Sheen en la ciudad de San Luis,
Misuri (Estados Unidos).
Álex Navajas
Fuente: El Debate
