La teología católica, de hecho, ha acuñado términos precisos para que esta distinción no quede solo en el terreno de la intuición, sino que tenga nombre propio
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| Dominio público |
Para un católico no todo acto de piedad significa lo mismo. La
Iglesia enseña que “adorar” corresponde solamente a Dios, mientras que
“venerar” es el honor que se rinde a la Virgen María y a los santos. Esta
particular forma de piedad se explica por lo que Dios ha obrado en ellos y a
través de ellos.
¿Qué enseña la Iglesia al respecto? Una distinción
esencial
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la adoración es
el primer acto de la virtud de la religión” (cf. CEC 2096) y que adorar a Dios
es reconocerlo como Creador, Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe.
También enseña que adorar a Dios “es reconocer, con respeto y
sumisión absolutos, la ‘nada de la criatura’”, y que esta adoración libera al
hombre de la idolatría.
Por eso, cuando un católico se arrodilla ante el Santísimo
Sacramento está “adorando”; mientras que cuando honra a la Virgen o a un santo,
lo que hace es “venerar”. No se trata de un juego de palabras, sino de una
distinción esencial para custodiar el primer mandamiento: Amarás a Dios sobre
todas las cosas.
La teología católica, de hecho, ha acuñado términos precisos
para que esta distinción no quede solo en el terreno de la intuición, sino que
tenga nombre propio: la “latría” —la adoración— reservada únicamente a Dios; la
“dulía” —el honor que se da a los santos—; y la ‘hiperdulía’, la veneración
singular a María por su lugar único dentro de la historia de la salvación.
Dicho de forma sencilla: al santo se le imita; a Dios se le
adora. Al santo se le pide intercesión; a Dios se le ofrece el corazón, la
obediencia y el culto pleno.
Todo en María referencia a Cristo
Como parte de su magisterio, el Papa Benedicto XVI explicó que
la Iglesia venera a María como Madre de Dios, porque “dio carne al Hijo del
Padre eterno”, y precisaba que glorificar al Hijo honra a la Madre, y honrar a
la Madre glorifica al Hijo.
En otras palabras, la devoción mariana auténtica no se queda en
María: conduce siempre a Jesucristo. En consecuencia, un amor a la Madre de
Dios no le quita nada de lo que le corresponde al Hijo.
En otra enseñanza, Benedicto XVI afirmó que “venerar a la Madre
de Jesús en la Iglesia significa aprender de ella a ser una comunidad que
reza”. Esa frase resume la lógica católica: María no ocupa el lugar de Dios,
sino que enseña a creer, a orar y a obedecer al Señor.
Una distinción que evita confusiones: el problema de las
imágenes
La confusión suele aparecer cuando se mira solo el gesto
externo, es decir, cuando se reduce todo a las apariencias. Pero la fe católica
distingue entre el culto que se da a Dios y el honor que se ofrece a sus
“amigos”, del mismo modo que no se ama una fotografía por sí misma, sino a la
persona que esta representa.
Por eso, el uso de imágenes sagradas no implica idolatría. La
Iglesia no adora madera, yeso o pintura; honra a Cristo, a María y a los santos
representados en esas imágenes, siempre ordenando todo a Dios.
Por Rubén León
Fuente: ACI Prensa
