Hay luces que no derrotan la noche de inmediato. Pero bastan para que alguien no se pierda del todo.
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| La oración de un desconocido abrió una puerta a la esperanza. Foto de Christopher Lemercier |
Últimamente,
Dios, la vida o esa misteriosa alianza que a veces parecen haber firmado los
dos sin consultarnos, me pone delante historias demasiado grandes para mis
manos.
Historias que
una no sabe dónde guardar.
Este fin de
semana, durante una comida de amigos, conocí a un hombre al que llamaré
Bastián. Me ha confiado su historia y me ha permitido contarla, con una
única condición: que su nombre permanezca en el lugar discreto donde él ha
aprendido a guardar las cosas más hondas. Bastián, llegó acompañado por un
amigo, con esa discreción de quien no entra en una habitación, sino que pide
permiso al aire. No era un hombre viejo, al menos no según el calendario. Pero
había envejecido en los ojos. Hay miradas que acumulan años con una eficacia
que ninguna arruga consigue.
Hablaba poco.
Escuchaba con una atención que hoy resulta casi extravagante. Cuando
intervenía, no parecía querer ganar la conversación, sino dejar en ella algo
pequeño y verdadero, como quien deja pan sobre una mesa para que otro pueda
comer.
En algún
momento dijo que pertenecía a la Comunidad Emmanuel.
La frase cayó
entre los platos, las copas y las conversaciones cruzadas con la naturalidad de
quien dice que vive en un barrio concreto. Pero después contó su historia. Y
entonces la comida, sin que nadie lo ordenara, se volvió otra cosa.
Bastián había
sido uno de esos parisinos ateos por costumbre. No por una convicción
dramática, ni por una rebelión intelectual de grandes dimensiones, sino por esa
forma elegante y cansada de incredulidad que se aprende en ciertas ciudades:
Dios es una antigüedad respetable, como los muebles de una tía, pero demasiado
incómoda para tenerla en casa.
Luego murió su
mujer.
Murió también
su hijo.
Los dos en un
accidente.
Hay desgracias
que no se pueden contar sin sentir que el lenguaje ha cometido una insolencia.
Decir “accidente” parece demasiado poco. Decir “murieron” parece casi una falta
de educación ante lo irreparable. La vida de Bastián quedó reducida, de pronto,
a una habitación sin ventanas.
Intentó
desaparecer con ellos.
No quiso entrar
en detalles. No hacían falta. Hay puertas ante las que la decencia consiste en
no preguntar cómo eran las bisagras.
Despertó en un
hospital. El cuerpo, que a veces se aferra a la vida con una terquedad que el
alma no comprende, había decidido quedarse. Y durante días permaneció allí, en
esa tierra de nadie donde los vivos no terminan de saber por qué siguen vivos.
Un médico
pasaba cada mañana por su habitación. Revisaba lo necesario, hablaba con la
sobriedad profesional de quien ha visto demasiado dolor para adornarlo. Hasta
que un día, antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—No se
preocupe —le dijo—. Yo rezo por usted.
Bastián se
enfureció.
No fue una
irritación amable, de esas que se cuentan después como una anécdota. Fue rabia.
Rabia contra aquel hombre, contra sus palabras, contra la posibilidad misma de
que existiera alguien rezando mientras él estaba enterrado en vida. Le pareció
una intromisión. Una frase absurda. Casi una ofensa.
Quizá porque
hay momentos en los que una persona no soporta que alguien le acerque una luz.
No porque prefiera la oscuridad, sino porque todavía le duelen demasiado los
ojos.
Poco después
empezó a acudir a un psiquiatra. Le contó, entre otras cosas, la escena
del médico que rezaba por él. Esperaba, quizá, que el especialista
confirmara la impertinencia de aquella fe ajena.
El psiquiatra
lo escuchó y respondió con una tranquilidad casi desarmante:
—Bueno, una
ayuda extra no está mal, ¿no le parece?
No era una
homilía. No era una trampa. No había en aquella frase una voluntad de
convencerlo. Solo una rendija.
Y a veces una
vida entera empieza por una rendija.
Pasaron los
meses. Bastián siguió vivo, que no siempre es lo mismo que querer vivir, pero
ya era algo. Un día decidió buscar a aquel médico. No sabía bien para qué. Tal
vez quería reprocharle de nuevo su atrevimiento. Tal vez quería preguntarle por
qué había rezado por un desconocido. Tal vez, sin saberlo, estaba siguiendo el
hilo de una cuerda que alguien había dejado caer en el fondo de su pozo.
Lo encontró al
final de una guardia, con el cansancio dibujado en la cara y una bolsa de papel
en la mano. El médico pareció sorprenderse al verlo.
—¿De verdad
rezó por mí? —le preguntó Bastián.
El hombre no
hizo grandes gestos. No puso voz de película. Le respondió que sí. Que había
rezado por él cada día. Que no sabía qué decirle en aquella habitación, pero
que no quería que estuviera solo.
Después le
propuso algo sencillo: aquella tarde habría una eucaristía de la Comunidad
Emmanuel en una iglesia cercana. No tenía que hacer nada. No tenía que creer
nada. Podía sentarse al fondo y marcharse cuando quisiera.
Bastián fue.
Entró en la
iglesia con el gesto de quien entra en una casa equivocada. Se sentó atrás,
junto a una columna. Miró a la gente cantar, arrodillarse, abrazarse, llorar
sin vergüenza. Le pareció extraño. Demasiado luminoso. Demasiado humano para su
tristeza, que se había acostumbrado a pensar que nadie podía tocarla.
Pero alguien,
durante aquella celebración, leyó una frase del Evangelio: “¿Por qué
lloras?”
No era una
pregunta nueva. La había oído muchas veces. Sin embargo, esa tarde no le sonó
como una recriminación. Le sonó como si, por primera vez, alguien se atreviera
a preguntarle sin tener miedo de la respuesta.
Bastián lloró.
Lloró por su
mujer. Por su hijo. Por la rabia. Por el hospital. Por el médico. Por la vida
que no había querido y que, sin embargo, seguía esperándolo con una paciencia
casi escandalosa.
No se convirtió
de golpe, como se enciende una lámpara. Nadie que haya vivido una noche tan
larga debería ser obligado a contar una conversión como quien cuenta una
anécdota de tren. La fe fue llegando despacio: primero como una incomodidad,
luego como una pregunta, después como una presencia.
Hasta que un
día comprendió algo que no le devolvía lo perdido, pero le devolvía la
posibilidad de amar sin morir por ello: Dios no había estado ausente de
su tragedia. Había estado allí, sin explicaciones fáciles, en la
obstinación de un cuerpo que despertó, en la palabra de un médico, en la
sensatez de un psiquiatra y en aquella iglesia donde un hombre roto descubrió
que todavía podía llorar delante de Alguien.
Durante la
comida, Bastián contó todo esto sin exhibir su herida. No hablaba como quien ha
vencido una batalla y espera aplausos. Hablaba como quien ha aprendido que la
vida no se posee: se recibe.
Y pensé que
quizá hay personas que no llegan a nosotros para contarnos una historia, sino
para dejarnos una pregunta.
¿Qué hacemos
con los que están a punto de desaparecer?
A veces no
podemos salvarlos. A veces no sabemos qué decir. A veces las palabras parecen
pájaros torpes que chocan contra el cristal del dolor.
Pero quizá
podemos hacer algo más humilde y más grande: quedarnos cerca. Decir su nombre.
No tener prisa. Pedir ayuda cuando haga falta. Y, rezar; incluso cuando nos
parezca que la oración no atraviesa el techo, rezar.
Aquel médico no
solucionó el sufrimiento de Bastián. No devolvió a su mujer ni a su hijo. No
encontró una explicación para lo inexplicable.
Solo hizo una
cosa.
Rezaba por
un hombre que no quería ser rezado.
Y, sin saberlo,
dejó encendida una pequeña luz en el lugar exacto donde Bastián había decidido
que ya no quedaba ninguna.
Hay luces que
no derrotan la noche de inmediato.
Pero bastan
para que alguien no se pierda del todo.
Matilde
Latorre de Silva
Fuente: ReligiónenLibertad
