Cuando fue destinado a uno de sus primeros pueblos, se planteó «volver a tomar el burro» y regresar, tras comprobar el abandono del templo y la frialdad de los feligreses
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| San Manuel González |
«Deseo recordar
aquí a San Manuel González, el obispo de los sagrarios
abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada
solo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la
fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde
y discreta que se alimenta día a día». León XIV ha
concluido su homilía citando a este santo nacido en Sevilla en 1877 y que
falleció en Madrid en 1940.
San Manuel
González tiene una curiosa historia detrás, que fue la que le valió el
sobrenombre de «el obispo del sagrario abandonado». Siendo un joven sacerdote,
fue enviado a predicar una misión a un pueblo llamado Palomares del Río,
en Sevilla. Esperaba una gran acogida, un pueblo fervoroso y muchas
confesiones. Pero lo que encontró fue una iglesia restaurada, aunque descuidada
y, además, algo que le produjo una sacudida al corazón, algo que cambió su
vida: a Jesús Abandonado en su sagrario, sucio y olvidado.
«¡Qué esfuerzos
tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor –relataría él mismo– para no volver a
tomar el burro que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de
la iglesia y salir corriendo para mi casa! Pero no hui. Allí me quedé un rato
largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para
llevarlo a cabo: pero sobre todo encontré… allí, de rodillas ante aquel montón
de harapos y suciedades, a través de aquella puertecilla apolillada a un Jesús
tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba…
sí. Me parecía que, después de recorrer con su vista aquel desierto de almas,
posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me
pedía más, que me hacía llorar y guardar al mismo tiempo las lágrimas para
no afligirlo más, una mirada en la que se reflejaba una ganas
infinitas de querer y una angustia infinita también por no encontrar quien
quisiera ser querido. Sí, sí, aquellas tristezas estaban allí en aquel
Sagrario oprimiendo, estrujando al Corazón dulce de Jesús y
haciendo salir por sus ojos su jugo amargo, ¡lágrimas benditas las de aquellos
ojos!… ¿verdad que la mirada de Jesucristo en esos sagrarios es una mirada que
se clava en el alma y no se olvida nunca?».
A lo largo de
su vida, fundó diversas obras como las Misioneras Eucarísticas de
Nazaret y se desempeñó como obispo en Málaga y Palencia, enfrentando
duras pruebas, especialmente con el anticlericalismo que se vivió durante la
Guerra Civil Española.
Durante su
etapa como obispo de Málaga, Manuel González mostró una confianza
absoluta en la Providencia y emprendió la construcción de un
seminario, concebido como un centro profundamente eucarístico. Su visión
integraba la Eucaristía en todos los aspectos de la formación sacerdotal: «En
el orden pedagógico, el más eficaz estímulo; en el científico, el primer
maestro y la primera asignatura; en el disciplinar el más vigilante inspector;
en el ascético el modelo más vivo; en el económico la gran providencia; y en el
arquitectónico la piedra angular», como bien señala el portal oficial de las
Misioneras Eucarísticas.
Amenazado de
muerte
El obispo
propuso a sus sacerdotes y a las diversas fundaciones que impulsó el ideal de
«llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada», un compromiso total de
entrega a Dios y al prójimo. Su intensa actividad pastoral no pasó
desapercibida, y con la llegada de la Segunda República, su situación se
volvió vulnerable. El 11 de mayo de 1931, el Palacio Episcopal fue
incendiado en un ataque anticlerical, obligando a Manuel a refugiarse en
Gibraltar y posteriormente a gobernar su diócesis desde Madrid hasta 1935.
Nombrado obispo
de Palencia ese mismo año por el Papa Pío XI, Manuel González
dedicó sus últimos años a un ministerio marcado por la entrega, pese al notable
deterioro de su salud, que afrontó con una sonrisa constante y una aceptación
plena de la voluntad divina.
Falleció el 4
de enero de 1940 y fue sepultado en la catedral palentina, junto al
sagrario, tal como él pidió en su epitafio: «Pido ser enterrado junto a un
Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en
vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí
está! ¡No lo dejéis abandonado!».
Álex Navajas
Fuente: El Debate
