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| Es necesario guardar las debidas disposiciones para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Dominio público |
No se trata de excluir a nadie, ni de poner barreras, ni de
hacer una distinción entre «buenos» y «malos» cristianos. Pero sí de poner de
relieve la importancia fundamental de la
eucaristía, de «caer en la cuenta del estado de nuestro corazón, de su
disposición para acoger al mismo Dios que, como Cuerpo entregado, se nos da
como Pan de vida».
Las
palabras son de monseñor Luis Argüello,
arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española
(CEE), y están recogidas en su última carta pastoral, dedicada a la festividad
del Corpus Christi que la Iglesia celebrará el próximo domingo.
¿Cómo nos
preparamos para la eucaristía?, se cuestiona el obispo al inicio de la carta.
«No podemos ir con prisas, con el
ánimo de quien cumple una rutina»,
señala monseñor Argüello. «La celebración de la eucaristía pide una preparación
remota, quizás a lo largo de toda la semana, pasando alguna de las lecturas por
el corazón, avivando en nosotros el
deseo de adorar al Señor, de entrar en su misma entrega y de sentarnos
en el banquete que anticipa la vida plena que ya germina en nuestro corazón
desde el bautismo», observa.
¿No basta con desear
comulgar para acceder libremente a ello? ¿No perdona Dios todas las ofensas y
es pura misericordia? «El Señor tiene misericordia», puntualiza el arzobispo de
Valladolid, y «desea sentarnos a su mesa y ofrecerse Él mismo a sí mismo como
alimento que cura y sana». «Pero pone esta gracia en manos de nuestra libertad
y desea que la sanación, la curación eucarística sea sellada en el sacramento
de la penitencia si un pecado grave
bloquea la entrada del Señor vivo en nuestro corazón», subraya.
Por eso,
«si nuestra situación o estado de vida es
incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia por estar
participando de una relación pecaminosa, en abusos respecto de otras personas,
ya sea en el campo económico, laboral, ya sea en el campo psicológico o
afectivo, o defendiendo públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana, no podemos acercarnos a comulgar sin
una decisión firme de cambiar de vida restituyendo el daño provocado por
nuestra situación de pecado».
Los cuatro impedimentos
·
Una relación pecaminosa: Se suele reducir a «los divorciados vueltos a casar», pero no es esa la
única forma incompatible con la posibilidad de comulgar. La fornicación, el
adulterio y las relaciones homosexuales son también impedimentos graves.
·
Abusos hacia otras personas: El arzobispo de Valladolid introduce una variante que suele citarse mucho
menos que la anterior. Estos abusos de personas, «ya sea en el campo económico,
laboral, ya sea en el campo psicológico o afectivo», constituyen un óbice para
acercarse a comulgar.
·
Personas divorciadas en una nueva relación conyugal.
·
Defender públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana: En el caso de individuos que se signifiquen en
público contra los preceptos de la Iglesia, su actitud les posicionaría fuera
de la comunión.
Monseñor Argüello recoge la doctrina habitual
de la Iglesia respecto a las personas divorciadas en una nueva relación
conyugal: «Siguen formando parte de la Iglesia», pero «han de saber que esta
quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística; pueden participar en la celebración, así como de la vida de
la Iglesia en múltiples aspectos, pero comulgar la Comunión no es posible». «El dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución
que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la
Eucaristía», dirime monseñor Argüello. «Por eso, hemos de prepararnos para
celebrar la Eucaristía, examinar nuestra conciencia, ver nuestro modo y estado
de vida para que sea coherente con la comunión plena que supone participar en la
Eucaristía recibiendo el Cuerpo del Señor», prosigue.
«Qué importante es cuidar el momento de
acercarnos a comulgar con espíritu de asombro y adoración», subraya el prelado.
«También hemos de abrir el corazón a los imperativos de la Eucaristía, 'haced, id', y así disponernos para, como en el día del
Corpus, ser custodias que sacan al Señor a la vida ordinaria, a la presencia en el mundo, a la renovación de nuestra
sociedad y de la Iglesia, llevando el Amor recibido a los demás», concluye.
Álex Navajas
Fuente: El Debate
