La confusión en torno a las apariciones marianas pueden deformar el concepto de la santísima Virgen María y su intercesión ante Dios
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| Renata Sedmakova | Shutterstock |
Las apariciones
marianas, a lo largo de la historia, han sido y son una demostrada fuente de
frutos espirituales, conversiones, milagros y de renovación espiritual para
muchos creyentes, incluso para que muchos alejados vuelvan a la Iglesia porque
la Virgen María es la intercesora predilecta de Dios.
Pero en esta
oportunidad no hablaremos de las apariciones aprobadas por la Iglesia, de las
que hay suficiente información, sino de un fenómeno preocupante y del que no
siempre hay claridad en la formación pastoral.
Los grupos
marianos extremos
Es evidente el
crecimiento de grupos de personas fanatizadas con la novedad constante de
mensajes, enseñando doctrinas que se alejan de la Sagrada Escritura, de la
Tradición y del Magisterio de la Iglesia.
Tanto Benedicto
XVI como Francisco advirtieron en reiteradas ocasiones sobre los peligros de
una fe centrada en fenómenos extraordinarios.
Muchos de los
supuestos videntes y sus difusores, ostentan una pretendida ortodoxia, por ser
defensores de todas las posturas morales de la Iglesia con radicalidad, pero
enseñan una imagen de Dios contraria a la revelada en Jesucristo, fomentando en
muchos casos la superstición y el pensamiento mágico.
Creen que la
Virgen María es más buena y misericordiosa que Dios, y que intercede con
grandes sufrimientos, para que Dios Padre se apiade de la humanidad y no nos
castigue con baños de azufre y fuego, como un dios pagano irascible y
malhumorado.
Ese Dios es un
monstruo que no tiene nada que ver con el Padre del que Jesús nos habla en el
Evangelio, lleno de misericordia. Además si María es más buena que Dios, él
sería un ser imperfecto, cuyo amor es menor que el de una criatura.
La
desfigurada imagen de Dios
El mismo Papa Pablo
VI advertía sobre esta desfiguración de la imagen de Dios y de la
Virgen promovida por ciertas revelaciones privadas:
“Algunos
piensan con ingenua mentalidad que la Virgen es más misericordiosa que Dios.
Con juicio infantil sostienen que Dios es más severo que la Ley, y que
necesitamos recurrir a la Virgen ya que, de otro modo Dios nos castigaría. Es
cierto que la Virgen es intercesora, pero la fuente de toda bondad es Dios”.
Algunos
supuestos videntes se pronuncian con una gran autoridad, como si fueran un
puente entre el cielo y la tierra, dando catequesis propias sobre el
purgatorio, el infierno, la liturgia y el fin del mundo, con ideas muy alejadas
de la fe de la Iglesia, pero en un lenguaje que suena ortodoxo y conservador.
Muchos de
ellos, aunque dicen ser humildemente obedientes a la Iglesia, en realidad
juzgan duramente a la Iglesia por no aceptar sus pretendidas revelaciones
privadas, y con cierta soberbia dicen que "la Iglesia es lenta" y
ellos creen estar un paso adelante del Espíritu Santo.
El mariólogo
René Laurentin, expresa sintéticamente el fenómeno:
“Las
apariciones de la Virgen son las que atraen más gente... A pesar de esta
importancia innegable, el estatuto de las apariciones dentro de la Iglesia es
muy modesto y está puesto en discusión... Muchas de ellas son toleradas, aunque
no reconocidas oficialmente” .
Discernir
Y el
mismo Concilio Vaticano II en su constitución dogmática
sobre la Iglesia afirma:
“El Romano
Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto,
trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar adecuadamente y
para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva
revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe”. (LG 25)
San
Juan de la Cruz escribió al respecto:
“Si la fe ya
está fundada en Cristo y en el Evangelio, no hay para qué preguntar más. En
Cristo, Dios ya dijo todo lo que tenía que decir. Y buscar nuevas revelaciones
y o visiones sería una ofensa a Dios, pues sería como sacar los ojos de Cristo,
buscando alguna otra novedad” .
En 1738 el papa
Benedicto XIV (dos años antes de ser nombrado Pontífice) escribió: “A las
revelaciones privadas aunque hayan sido aprobadas por la Iglesia, no se les
debe atribuir un asentimiento obligatorio. Por lo tanto uno puede rechazarlas y
negarse a aceptarlas” .
¿El árbol se
conoce por sus frutos?
Muchos de los
difusores de “nuevos mensajes” apelan a sus frutos espirituales como garantía
de la autenticidad de sus revelaciones (conversiones, milagros, fervor en la
fe, confesiones, vocaciones, etc.). Y aunque por los frutos podemos deducir la
acción de Dios, eso no significa que legitimen a los mensajes o a los videntes.
No siempre la
bondad de los frutos espirituales autentifica la mediación. Es la iniciativa de
Dios y la fe del creyente lo que hace posible el “encuentro”, la “conversión”,
“el milagro”, pero no el vidente o la advocación tal o cual.
El sacerdote y
teólogo venezolano J. Miguel Ganuza, experto en el tema del discernimiento de
apariciones marianas escribió:
"La
Iglesia tiene singular empeño en distinguir los frutos que puedan darse con
ocasión de tales apariciones, y la verdad de ellas. Pueden no ser auténticas, y
sin embargo, producir abundantes frutos...”.
El entonces
cardenal Ratzinger respondía a una entrevista:
“Uno de
nuestros criterios decisivos es el de no confundir el juicio sobre la verdad
sobrenatural de los hechos, con los frutos espirituales que de ellos puedan
proceder...”.
Existen
santuarios desde la Edad Media, muy venerados con abundantes frutos
espirituales, cuyas raíces históricas se hunden en la fantasía, y la mayoría de
las veces no tienen base histórica. Y a pesar de tener un origen tal vez
inexistente o legendario, esto no es obstáculo para que las peregrinaciones a
estos lugares sean fructíferas e importantes para la vida del pueblo cristiano.
Es decir, no
siempre los buenos frutos autentifican la veracidad del instrumento.
Por esta razón,
la Iglesia cuando no aprueba ciertos mensajes o declara la "no
sobrenaturalidad" de ciertas manifestaciones extraordinarias, no
necesariamente condena las peregrinaciones o el culto a esa nueva advocación,
ya que muchas veces los frutos espirituales son visibles y enriquecedores para
la vida personal de los fieles y para toda la Iglesia.
Por estas
razones, la Iglesia prioriza la caridad y la prudencia. Aunque no se aprueben
nuevas revelaciones, se las tolera y no se las condena, salvo que se encuentren
graves errores doctrinales en los mensajes o pongan en peligro la integridad de
la fe de los fieles.
¿Los
fenómenos extraordinarios son signos de autenticidad?
Muchos videntes
o pseudomísticos apelan a los fenómenos extraordinarios que ocurren en torno a
su experiencia religiosa, para autentificar su discurso.
Sin embargo,
son muchos los fenómenos de este tipo que se dan fuera del ámbito de la fe
cristiana, razón por la cual no siempre son un signo ni de la santidad de la
persona, ni de la veracidad de su mensaje.
Los fenómenos
extraordinarios se dan también en personas no creyentes, y no son
necesariamente obra de Dios por ser “signos de poder”.
Por otra parte,
las llamadas “visiones”, que la psicología llama alucinaciones, pueden ser
sanas o de orden patológico, lo cual requiere también la ayuda del
discernimiento científico en estos casos.
Y aunque se
comprobara la normalidad de la visión (alucinación), es decir, no patológica,
esto no la legitima como de origen divino, sino simplemente como “normal”, como
a mucha gente le suceden sin connotaciones religiosas.
Por lo tanto,
que exista un fenómeno de esa índole, no significa una intervención de la
gracia. No es esta la clave para el discernimiento, sino que el juicio está en
su compatibilidad con la Sagrada Escritura y la Tradición, junto a la escucha
obediente de los pastores.
San Pablo mismo
nos advierte:
“Pues sea
maldito cualquiera –yo o incluso un ángel del cielo- que les anuncie un
evangelio distinto del que yo les anuncié. Si alguno les anuncia un evangelio
distinto del que han recibido, ¡caiga sobre él la maldición!” (Gal. 1, 8-9).
Son la Sagrada
Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia quienes juzgan cualquier
tipo de revelación privada y no al revés. Como afirmaba Ratzinger: “los
videntes ven, pero es la Iglesia quien interpreta”.
Miguel Pastorino
Fuente: Aleteia
