Nos hemos acostumbrado a vivir como si la estabilidad dependiera únicamente de la propia capacidad de aguantar
![]() |
| Cuando sólo queda Dios |
Vivimos en una
época que ha llegado a una curiosa conclusión colectiva: hay que poder
con todo. Con el trabajo, con el ánimo, con los imprevistos y, si es
posible, también con una misma. Y lo más extraño es que esta exigencia no suele
presentarse como imposición, sino como sentido común, como si no
existiera otra manera razonable de vivir. Incluso el cansancio ha
aprendido a disimular, como si tuviera que pedir permiso para existir.
Y, sin embargo,
la vida no ha firmado ese acuerdo.
A veces no
ocurre nada que pueda señalarse con claridad, y sin embargo todo pesa un poco
más de lo habitual. La jornada transcurre con su apariencia de normalidad, pero
por dentro algo se vuelve más lento, más frágil, más consciente de su propio
límite. Las mismas tareas, las mismas conversaciones, los mismos gestos de
siempre… y, sin embargo, todo exige un esfuerzo que antes no estaba ahí.
No es tristeza.
No es crisis. Es algo más sutil y más inquietante: la experiencia
de sostenerlo todo sin la misma ligereza interior que antes lo hacía posible
casi sin notarlo.
Y lo más
extraño es que casi nadie lo percibe.
En esos
momentos, la fe no suele aparecer como respuesta ni como idea
clara. No llega con explicaciones ni con soluciones. Llega, si llega, como una
posibilidad apenas insinuada: la de no endurecerse del todo, la de no cerrarse
por dentro, la de no quedarse completamente sola ante lo que duele.
Porque hay días
en los que creer no es comprender, sino permanecer sin romperse.
El Evangelio,
leído sin prisa, conserva una fuerza que no depende del estado de ánimo con que
se escuche. No se dirige a las que tienen la vida bajo control, sino
precisamente a las que ya no pueden sostenerlo todo. A las que van justas de
fuerzas. A las que llegan tarde incluso a su propia vida.
“Venid a
mí los que estáis cansados y agobiados”, dice, sin elevar el tono, como
si nombrara algo evidente.
El problema no
es escucharlo. Es creer que puede ser verdad.
Porque descansar
en Dios no es una imagen delicada ni un consuelo suave. Es algo más
profundo y más exigente: aceptar que una no es el centro último de todo lo que
sostiene su vida. Que no todo depende de su resistencia. Que no todo ha sido
puesto en sus manos para ser cargado en soledad.
Y eso, aunque
suene sencillo, roza lo imposible en ciertos días.
Nos hemos
acostumbrado a vivir como si la estabilidad dependiera
únicamente de la propia capacidad de aguantar. Y esa forma de vida, sin
proclamarse nunca como tal, se va convirtiendo en una tensión continua,
silenciosa, casi invisible, pero constante.
Lo más
inquietante es que no siempre se advierte mientras ocurre.
Se comprende
después, cuando incluso lo pequeño empieza a pesar demasiado.
Y entonces
aparece una idea sencilla, pero difícil de aceptar: quizá no estaba pensado
para ser vivido todo desde una misma.
La fe
no elimina el peso de la vida. La vida sigue siendo la misma, con sus días
claros y sus días quebrados, con lo que se sostiene y lo que se derrumba sin
aviso. Pero cambia la manera de habitarla. Ya no como quien lo sostiene todo,
sino como quien aprende que no todo le pertenece.
Y quizá el
verdadero dolor de nuestro tiempo no sea el cansancio, sino la obligación de
seguir en pie sin descanso.
Por eso la fe,
cuando es real, no dulcifica la vida: la recoloca. No la hace más fácil, pero
sí menos solitaria.
Y en ese punto
—casi imperceptible, casi secreto— ocurre algo que no se puede demostrar, pero
sí reconocer: que la vida sigue pesando, pero ya no aplasta igual.
Matilde
Latorre de Silva
Fuente: ReligiónenLibertad
