EL AGOTAMIENTO DE SER FUERTE: CUANDO YA NO PUEDES MÁS Y SOLO QUEDA APRENDER A DESCANSAR EN DIOS

Nos hemos acostumbrado a vivir como si la estabilidad dependiera únicamente de la propia capacidad de aguantar

Cuando sólo queda DiosFoto de engin akyurt en

Vivimos en una época que ha llegado a una curiosa conclusión colectiva: hay que poder con todo. Con el trabajo, con el ánimo, con los imprevistos y, si es posible, también con una misma. Y lo más extraño es que esta exigencia no suele presentarse como imposición, sino como sentido común, como si no existiera otra manera razonable de vivir. Incluso el cansancio ha aprendido a disimular, como si tuviera que pedir permiso para existir.

Y, sin embargo, la vida no ha firmado ese acuerdo.

A veces no ocurre nada que pueda señalarse con claridad, y sin embargo todo pesa un poco más de lo habitual. La jornada transcurre con su apariencia de normalidad, pero por dentro algo se vuelve más lento, más frágil, más consciente de su propio límite. Las mismas tareas, las mismas conversaciones, los mismos gestos de siempre… y, sin embargo, todo exige un esfuerzo que antes no estaba ahí.

No es tristeza. No es crisis. Es algo más sutil y más inquietante: la experiencia de sostenerlo todo sin la misma ligereza interior que antes lo hacía posible casi sin notarlo.

Y lo más extraño es que casi nadie lo percibe.

En esos momentos, la fe no suele aparecer como respuesta ni como idea clara. No llega con explicaciones ni con soluciones. Llega, si llega, como una posibilidad apenas insinuada: la de no endurecerse del todo, la de no cerrarse por dentro, la de no quedarse completamente sola ante lo que duele.

Porque hay días en los que creer no es comprender, sino permanecer sin romperse.

El Evangelio, leído sin prisa, conserva una fuerza que no depende del estado de ánimo con que se escuche. No se dirige a las que tienen la vida bajo control, sino precisamente a las que ya no pueden sostenerlo todo. A las que van justas de fuerzas. A las que llegan tarde incluso a su propia vida.

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados”, dice, sin elevar el tono, como si nombrara algo evidente.

El problema no es escucharlo. Es creer que puede ser verdad.

Porque descansar en Dios no es una imagen delicada ni un consuelo suave. Es algo más profundo y más exigente: aceptar que una no es el centro último de todo lo que sostiene su vida. Que no todo depende de su resistencia. Que no todo ha sido puesto en sus manos para ser cargado en soledad.

Y eso, aunque suene sencillo, roza lo imposible en ciertos días.

Nos hemos acostumbrado a vivir como si la estabilidad dependiera únicamente de la propia capacidad de aguantar. Y esa forma de vida, sin proclamarse nunca como tal, se va convirtiendo en una tensión continua, silenciosa, casi invisible, pero constante.

Lo más inquietante es que no siempre se advierte mientras ocurre.

Se comprende después, cuando incluso lo pequeño empieza a pesar demasiado.

Y entonces aparece una idea sencilla, pero difícil de aceptar: quizá no estaba pensado para ser vivido todo desde una misma.

La fe no elimina el peso de la vida. La vida sigue siendo la misma, con sus días claros y sus días quebrados, con lo que se sostiene y lo que se derrumba sin aviso. Pero cambia la manera de habitarla. Ya no como quien lo sostiene todo, sino como quien aprende que no todo le pertenece.

Y quizá el verdadero dolor de nuestro tiempo no sea el cansancio, sino la obligación de seguir en pie sin descanso.

Por eso la fe, cuando es real, no dulcifica la vida: la recoloca. No la hace más fácil, pero sí menos solitaria.

Y en ese punto —casi imperceptible, casi secreto— ocurre algo que no se puede demostrar, pero sí reconocer: que la vida sigue pesando, pero ya no aplasta igual.

Matilde Latorre de Silva

Fuente: ReligiónenLibertad