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| Carmen Molina, enfermera de Cuidados Paliativos en el Hospital Niño Jesús de Madrid Crédito: Almudena Martínez-Bordiú/ACI Prensa |
Su sala de espera recuerda más a la de un teatro; en sus largos pasillos, decorados con vivos colores, hay una frutería, un colegio, salas de juegos, una heladería…e incluso unas casitas para pájaros adornan la escalera principal.
En este centro, que parece sacado de un cuento, trabajan los mejores profesionales para que los niños puedan seguir sonriendo en medio de la enfermedad.
Es el caso de Carmen Molina, enfermera de la Unidad de Atención Integral Paliativa Pediátrica del hospital, que hace apenas unos días compartió su testimonio durante el encuentro organizado con motivo de la visita del Papa León XIV en el Movistar Arena de Madrid.
Sentada junto a uno de los jardines
infantiles de este céntrico hospital madrileño, relata a ACI Prensa su
experiencia acompañando a niños gravemente enfermos y a sus familias en algunos
de los momentos más difíciles de sus vidas.
“La mano de Dios siempre está ahí”
La vocación que eligió Carmen —o quizá la que le eligió a ella—
no es sencilla. “Hay cosas que a uno también le duelen, al acompañar a los
enfermos en este proceso, sabiendo que no hay una opción curativa. Pero cambia
tu mirada y el modo de cuidar”, asegura.
Desde que llegó a
este hospital hace ya tres años, debe afrontar duros retos y desafíos marcados
“no sólo por el desgaste físico, sino también el dolor emocional y espiritual”
de los niños enfermos y sus familias.
Sin embargo, a pesar de la dureza
asegura que la fe le sostiene cada día y le ayuda a ser consciente de sus
propias limitaciones y fragilidad. “Encuentras sentido a muchas situaciones que
vives y te das cuenta que de ti personalmente no dependen muchas cosas, gracias
a Dios, y eso te da tranquilidad”.
“La mano de Dios siempre está ahí, siempre”, afirma Carmen,
convencida de que su presencia se hace visible en los niños enfermos y en sus
seres queridos. “Luego cada uno lo vive lo mejor que puede, pero lo veo en el
modo de afrontar muchas cosas, en el día a día, en el modo de mirar hacia a
adelante y de ‘naturalizar’ muchas cosas”.
Con una larga
experiencia en cuidados paliativos, la enfermera señala algunos patrones que se
repiten en las personas que viven la última etapa de su vida. “Desean sentirse
queridos y no quieren ser una carga para los demás. Desean cerrar heridas,
pedir perdón, ser perdonados o reconciliarse”.
Destaca que muchos, al encontrarse
en la recta final, “buscan el sentido de su vida”, sin preocuparse por lo
material. Al final, remarca, “lo que pesa es el amor dado o no dado, y eso al
final de la vida es lo que se tiene en cuenta”.
Reconocer a la persona como alguien único
Remarca que los cuidados paliativos “son necesarios para vivir
con paz y dignidad” y aclara que “no nos encargamos de la muerte, sino de la
vida”, para que los enfermos vivan lo mejor posible.“Lo importante es cómo
viven, no tanto el cuánto van a vivir, sino el cómo”, remarca.
Esto, a su juicio, está estrechamente ligado a la dignidad de
cada persona, la cual “no depende ni del tiempo vivido, si es mucho o poco, ni
de la salud que disfruta o de la enfermedad que se padece”.
“Tampoco del éxito, —añade— ni de las capacidades que uno pueda
tener, sino que es algo tan intrínseco y tan infinito, que nos toca proteger,
cuidar, agradecer y atender a la persona en toda su integridad”.
Explica que desde Cuidados
Paliativos pretenden cubrir todas las dimensiones de la persona, sin centrarse
únicamente en los físico, sino también en los emocional, lo social y
espiritual.
“Intentamos no reducir a la persona a su enfermedad, sino
reconocerla como alguien único, que tiene una historia que merece ser respetada
y que tiene valor hasta el último momento de su vida”.
Asegura,
además, que la esperanza es indispensable en esta etapa. “Mientras hay
esperanza, hay vida, hay ilusión”. Precisa que no se trata de “la esperanza de
curarse, sino la de vivir con sentido cada día, estar en paz y despedirse
bien”. “Si estás en paz contigo y con los demás, pienso que ir al cielo es una
alegría”, afirma.
La cruz, una compañera en el sufrimiento
Carmen indica también que la aceptación de la enfermedad es un
elemento clave. “Cuando das un paso a la trascendencia, a la paz, se nota,
aunque no se entienda. Yo he tenido la suerte de poder ver cómo la persona
enferma y su familia, a pesar de la dificultad, viven momentos de serenidad, de
paz, de intimidad y sanación interior. Creo que la ilusión no desaparece, sino
que cambia de forma”.
Durante su recorrido como enfermera de cuidados paliativos, ha
sido testigo de cómo muchos enfermos y sus seres queridos han encontrado “la
fortaleza en la fe, en la oración y en la cruz, entendida como compañera en el
sufrimiento”.
En definitiva, recalca que lo que más ayuda al enfermo “es saber
que su vida le importa a otros y el sentirse acompañado por Dios”.
Desde su experiencia, anima a “no esperar a estar enfermos para
preguntarnos por lo importante y lo esencial, que es amar y dejarse amar. Vivir
con coherencia tu vida y cuidar a tu familia, amistades y a quien tienes al
lado. Al final, la vida no se mide en clave de éxito o productividad, sino en
autenticidad y amor” .
En el evento “Tejer redes” organizado en el estadio Movistar Arena durante la visita del Papa León XIV a España el pasado 7 de junio, Carmen tuvo la oportunidad de compartir su testimonio junto a uno de sus pacientes, Pablo Reneo, un joven con una enfermedad avanzada que aseguró que la fe le ha ayudado a encontrar el sentido de su enfermedad: la búsqueda de santidad.
Por Almudena Martínez-Bordiú
Fuente: ACI
