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| Screenshot Arzobispado de París. Dominio público |
La catedral de Notre-Dame de
París fue escenario el pasado sábado 13 de junio de la
consagración de cuatro mujeres en el Ordo Virginum,
la forma de vida consagrada más antigua de la Iglesia, vinculada en París a la
memoria de santa Genoveva,
consagrada hacia el año 440 por san Germán.
La celebración,
presidida por el arzobispo Mons. Laurent
Ulrich, se inscribe en una tradición diocesana
restaurada el 8 de diciembre de 1973, cuando cinco mujeres recibieron la
consagración virginal en París tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. En Francia se
cuentan hoy unas quinientas vírgenes consagradas.
Mons. Ulrich dedicó su
homilía a subrayar el carácter a contracorriente de una vocación que el mundo
contemporáneo apenas comprende, y que él calificó repetidamente de intempestive, «intempestiva»: fuera de
lugar para la mentalidad de cualquier época.
La elección de Dios como punto de partida
El arzobispo articuló
su predicación en torno a las lecturas de la liturgia, comenzando por el libro
de Isaías: «Sois sans crainte, Israël, que j'ai choisi» («No temas, Israel, que
yo te he elegido»). Mons. Ulrich señaló que la frase, repetida dos veces en el
pasaje, revela una iniciativa divina que se dirige al mismo tiempo al pueblo
entero y a cada persona singular. Las cuatro candidatas, explicó, han
descubierto poco a poco ese llamado y han respondido con un «yo soy del Señor»
que las inscribe en una tradición ininterrumpida desde los orígenes bíblicos.
El salmo proclamado
reforzaba esa misma idea bajo la imagen de un camino cotidiano: «Te busco desde
el alba; te he contemplado en el santuario; mi fuerza y mi canto eres tú». La
vocación, subrayó el arzobispo, no se juega en un instante de iluminación, sino
en la fidelidad diaria, «desde el alba de cada jornada hasta el atardecer de la
vida».
Lo «intempestivo» de un compromiso eterno
El concepto central de
la homilía fue el de lo intempestif,
término que Mons. Ulrich empleó para describir aquello que resulta inoportuno o
incomprendido por la mentalidad de una época. Aplicó la palabra a dos
dimensiones del compromiso que asumían las consagradas: la confianza en que
Dios sostiene día a día una entrega que supera las fuerzas humanas, y la
convicción de que Él está presente de un modo tan real que justifica una opción
definitiva.
Soledad
que abre a la fraternidad
Mons. Ulrich dedicó la
última parte de su homilía a desmontar una posible lectura reductiva de la
virginidad consagrada como aislamiento. La soledad propia de esta vocación,
explicó, no es encerramiento ni monólogo, sino el espacio necesario para
«ahondar el deseo de unión con Él y el deseo de la fraternidad más amplia
posible».
Esa fraternidad,
precisó, se concreta en la vida profesional, las relaciones sociales, la
pertenencia parroquial y diocesana, y en todo vínculo capaz de conducir a otros
hacia Dios. La virginidad consagrada no aparta del mundo, sino que enraíza en
él desde una intimidad con Cristo que aspira a irradiar un «amor universal a la
manera de Jesús». Las vírgenes consagradas, a diferencia de las religiosas, no
pertenecen a un instituto ni siguen una regla comunitaria: viven insertas en la
sociedad, vinculadas directamente al obispo diocesano.
El arzobispo concluyó
con una triple acción de gracias: por la vocación acogida por las cuatro
consagradas, por todos los llamados que Dios sigue dirigiendo a hombres y
mujeres en el presente, y por las vocaciones futuras que el testimonio de estas
mujeres contribuirá a despertar.
Fuente: InfoCatólica
