¿Quiénes son esos autores a los que se denomina "padres de la Iglesia" o "padres del desierto"? Dos categorías diferentes pero que a veces se confunden
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| Saint Jérôme lisant, / Leemage via AFP |
¿Conoces la
palabra "apoftegma"? Por desgracia, hoy en día se usa poco, ya que es
sinónimo de "sentencia", un término mucho más sencillo pero menos
divertido. El uso seguramente más común, aunque esto es relativo, de este
término de origen griego es atribuirlo a los "Padres del Desierto" - ya veremos la diferencia con
los Padres de la Iglesia - , desde que en el siglo V de nuestra era se recopiló
un conjunto de sus preceptos o anécdotas en un mismo códice, los Apoftegmas de
los Padres del desierto.
Un ejemplo,
entre tantos otros del mismo tipo: "Quien permanece en el desierto y vive
en recogimiento se libera de tres luchas, las del oído, la charlatanería y la
vista; ya solo tiene que lidiar con una, la del corazón".
El autor de
esta frase es el famoso san Antonio, el primero de su nombre, cuya festividad
se celebra el 17 de enero en la Iglesia latina, también conocido como Antonio
el Grande, Antonio de Egipto o Antonio del desierto. La vida de este ermitaño
fue narrada a mediados del siglo IV por el obispo de Alejandría, Atanasio.
Permitido en
todo el Imperio romano desde el edicto de Milán, en el año 313, el culto
cristiano ya no era objeto de persecuciones. Deseosos de vivir el Evangelio de
forma radical, algunos cristianos se instalaron en el desierto, primero en la
Tebaida, pero también en Siria, Palestina o el Sinaí. Estos anacoretas,
"retirados del mundo", vivían así a solas con Dios, rezando y
trabajando el mimbre para evitar las malas distracciones.
Los padres
del desierto: maestros y discípulos
Los Padres del
Desierto son, pues, hombres —y mujeres, las "Madres del Desierto"—
que siguen una regla y viven una forma de eremitismo comunitario, ya que los
maestros instruyen a los discípulos que acuden a ellos. Reunidos en torno a un
oasis, celebrando juntos la misa, estos primeros monjes y monjas meditan las
Escrituras y atraen por el ejemplo de su vida.
Además de
Antonio, se conoce a Evagrio el Póntico, Hilarión, Casiano, etc. Las madres,
menos conocidas o menos numerosas, se llaman Teodora, Sinclética o Melania.
No hay que
confundir a estos padres con otros padres que, en algunos casos, son
contemporáneos suyos: los "Padres de la Iglesia". La denominación, de
época moderna, tiene definiciones más o menos amplias. Se puede decir, sin
simplificar demasiado, que son todos los autores que permitieron, en los
primeros siglos del cristianismo, formar la teología cristiana. Meditaron la
Palabra de Dios, utilizaron la filosofía griega y escribieron tratados que, aún
hoy, permiten expresar en qué cree la Iglesia.
Los Padres
de la Iglesia: teólogos, también para nuestros días
Por lo general,
se considera que la literatura patrística, como se la denomina
tradicionalmente, abarca desde mediados del siglo II, con Justino de Nápoles o
Ireneo de Lyon, hasta Juan Damasceno o Isidoro de Sevilla en el siglo VI.
Algunos patrólogos, otro término especializado, la extienden hasta el siglo
VIII.
La edad de oro
de los Padres de la Iglesia podría situarse en los siglos IV
y V, con los debates de los teólogos más eminentes para los concilios de Nicea
(325), Constantinopla I (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451).
Aparte de estos
criterios cronológicos, los padres son seleccionados por la aprobación de su
doctrina, al menos en lo esencial, y aunque su vida no siempre haya sido un
modelo, como en el caso de Tertuliano u Orígenes, que sin embargo son muy
reconocidos.
Los escritos de
muchos de estos obispos, o en ocasiones de estos laicos, han suscitado un nuevo
interés en la Iglesia desde la primera mitad del siglo pasado.
Este
redescubrimiento ha ido acompañado de un inmenso esfuerzo de traducción y
edición crítica, en particular en la colección "Fuentes cristianas",
fundada por los jesuitas, especialmente Jean Daniélou y Henri de Lubac, en
1942.
Este esfuerzo,
que continúa hasta hoy, no ha dejado de influir en los desarrollos teológicos
del siglo XX, especialmente durante el Concilio Vaticano II.
Valdemar de Vaux
Fuente: Aleteia
