SIN COMETER UN PECADO GRAVE, SE PUEDE ESTAR LEJOS DE DIOS

No todos los cristianos se alejan de Dios por un pecado grave. A veces por acostumbrarse a lo mínimo, por la comodidad espiritual y por aceptar la mediocridad

Eugenio Bettoni (1898 r.) fot. Michael Demyan | Cop. Publikacje Barnabickie

No todas las conversiones comienzan con una caída espectacular o un pecado grave. No siempre se trata de una vida alejada de Dios seguida de un regreso repentino. A veces todo empieza de forma mucho más discreta: con una inquietud interior, con una pregunta que no deja de rondar la mente: ¿le estoy entregando realmente todo mi corazón a Dios?

Así fue en el caso de Bernardo Omodei, un cristiano laico que vivía en la Milán del siglo XVI. Era un hombre creyente, tenía familia y llevaba una vida honrada. No era de los que se rebelan contra Dios o rechazan ostentosamente el Evangelio. Y, sin embargo, en lo más profundo de su alma presentía que eso no era todo.

Faltaba el fuego.

El punto de inflexión llegó cuando conoció a san Antonio María Zaccaria. Este joven sacerdote de Cremona se convirtió para Bernardo en algo más que un maestro. Se convirtió en un guía que le ayudó a descubrir una verdad sencilla, pero exigente: la mayor amenaza en la vida espiritual no siempre es el pecado manifiesto. A veces lo es conformarse con la mediocridad.

Al fin y al cabo, se puede rezar un poco, pero no con todo el corazón. Se puede vivir decentemente y, sin embargo, no permitir que Cristo transforme verdaderamente el interior. Se puede no hacer nada "malo" y, a pesar de ello, no entrar nunca en el camino de la santidad.

Y fue precisamente este descubrimiento lo que conmocionó a Bernardo.

La trampa más peligrosa: la mediocridad espiritual

San Antonio María Zaccaria no le advertía ante todo contra el pecado escandaloso o la rebelión abierta contra Dios. Le advertía contra algo mucho más sutil: contra la indiferencia espiritual.

Es el estado de una persona que se queda en lo mínimo. Que evita lo difícil, pero no lucha por lo que es más grande. Que ya no se pregunta: "¿Cómo amar más a Jesús?", sino más bien: "¿Ya es suficiente?"

Y, sin embargo, esa actitud puede debilitar poco a poco el corazón.

Una persona puede no cometer pecados graves y, sin embargo, elegir cada día la comodidad en lugar de la generosidad. Puede no decir palabras abiertamente malas y, aun así, no aprender nunca la paciencia y la mansedumbre. Puede mantener el orden exterior, pero vivir interiormente en la dispersión, la prisa y la frialdad espiritual.

Bernardo comenzó a comprender que, hasta entonces, su fe se había basado principalmente en evitar lo prohibido. Sin embargo, Cristo no vino solo para que "no traspasáramos los límites". Vino por el corazón del hombre. No se conforma con la corrección. Llama a la transformación.

Jesús no pide lo mínimo

Esa fue la lección más importante que aprendió Bernardo: el cristianismo no consiste únicamente en no hacer el mal. Se trata de dejar que Jesús nos renueve.

La santidad no empieza donde acaba el gran pecado. Empieza donde el hombre deja de defender sus pequeños apegos, sus excusas, sus "todavía no".

San Antonio María ayudó a Bernardo a ver que Cristo desea purificar no solo lo que es evidentemente malo, sino también lo que parece inocente y, sin embargo, retiene el corazón para sí mismo: la vanidad, la comodidad, la distracción, la mezquindad, la pereza espiritual.

Esto puede parecer difícil, e incluso intimidante. Pero Zaccaria no presentaba la santidad como una hazaña heroica puntual. Más bien la mostraba como un camino de gracia, como una maduración paciente del alma.

Un día, el hombre aprende a controlar su lengua. Otro día, lucha contra la distracción. Luego, contra la soberbia. Después, contra la comodidad. Y más tarde, contra la forma en que reacciona ante el dolor, la falta de reconocimiento o las dificultades cotidianas.

Así es como crece la santidad: no a través de una perfección repentina, sino mediante el consentimiento diario a que Dios actúe.

"No quiero que seas un santurrón"

En la historia de Bernardo, resultan especialmente conmovedoras las palabras de san Antonio María, dirigidas personalmente a él. Eran paternas, contundentes y llenas de pasión espiritual. Su sentido puede resumirse así: no quiero que seas solo un pequeño santo. Quiero que seas un gran santo.

Esta frase revela el corazón de la verdadera dirección espiritual. La verdadera amistad espiritual no confirma al hombre en la mediocridad. No dice: "Está bien, no hace falta nada más". No elogia por lo mínimo. Al contrario: despierta el deseo de un amor mayor.

Antonio María vio en Bernardo no solo a un cristiano decente, sino a un hombre llamado a la plenitud. Creyó que Cristo quería más de él, porque Él mismo quería darle más. Y eso lo cambió todo.

Una historia muy actual

Aunque Bernardo Omodei vivió hace cinco siglos, su historia resulta sorprendentemente actual.

Muchos cristianos de nuestro tiempo no rechazan a Dios abiertamente. Simplemente se acostumbran a una fe tibia. A una religiosidad sin fuego. A una vida en la que lo importante es "que no vaya mal", en lugar de amar de verdad.

San Antonio María Zaccaria nos recuerda que Jesús no quiere de nosotros solo una distancia cortés. No quiere solo prácticas correctas y un mínimo seguro. Él quiere todo el corazón.

No pregunta solo si evitas el mal. Pregunta si creces en el amor. No nos llama solo a la decencia. Nos llama a la santidad.

Y a veces también nos da a una persona que nos ayuda a comprenderlo: un confesor, un director espiritual, un amigo, un cónyuge, un maestro. Alguien que despierta lo que se había apagado. Alguien que, con la palabra, el ejemplo o la presencia, nos ayuda a enamorarnos más de Jesús.

Eso es precisamente lo que san Antonio María Zaccaria fue para Bernardo Omodei. Y quizá eso sea precisamente una de las cosas más hermosas que se pueden decir de otra persona: "Me ayudó a enamorarme más de Jesús".

Fuente: Aleteia