CUANDO AMAR ES SOLTAR LA CUERDA SIN DEJAR DE COMPRENDER

Amar a tu hijo adolescente es una tarea diaria que conlleva esfuerzo. Aquí te compartiremos cómo lograrlo y, a la vez, comprender la etapa que vive 

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Hay escenas simples que revelan grandes verdades. Una madre prepara las maletas para las vacaciones. El padre revisa horarios, boletos, reservaciones. En medio del ajetreo, el hijo de catorce años dice con una mezcla de timidez y firmeza: "Esta vez no quiero ir". A muchos padres esa frase les suena a rebeldía. A otros, les duele como si el hijo hubiera cerrado una puerta. Pero quizá no se trate de alejarse, sino de algo más hondo: el complejo nacimiento de una voluntad propia.

La adolescencia es ese puente inestable en el que el hijo ya no cabe del todo en la infancia, pero todavía no domina el arte de ser adulto. Quiere elegir, pero no siempre sabe elegir bien. Quiere independencia, pero aún necesita apoyo. 

Por eso, educar en estos años no consiste en apretar más fuerte la cuerda, sino en aflojarla con sabiduría. No para abandonar, sino para acompañar de otra manera. La autoridad no desaparece; madura. Deja de ser un martillo y se convierte en barandal.

La autonomía en la adolescencia

Laurence Steinberg, una de las voces más reconocidas en el estudio de la adolescencia, ha insistido en algo que desglosa  muchos prejuicios: los adolescentes, aunque aparenten distancia, suelen querer consultar a sus padres o a otros adultos de confianza cuando enfrentan decisiones importantes. 

La autonomía sana, además, no debe medirse solo por la edad, sino también por el grado de madurez social y emocional que tiene. Es decir: no se trata de darle todo, sino de irle confiado las llaves conforme aprende a no perderlas.

Por eso, cuando un hijo entre los 12 y 16 años quiere cambiar de escuela, dejar de asistir a una visita familiar o no ir siempre a las vacaciones, la pregunta no debería ser: "¿Mando yo o manda él?", sino otra más fina: "¿Está listo para participar responsablemente en esta decisión y para asumir sus consecuencias?"

La verdadera forma de educar

La diferencia parece pequeña, pero cambia todo. Educar no es domesticar. Educar es formar criterio. Y el criterio no nace solo de la obediencia ciega, sino del ejercicio gradual de decidir.

Hay que apoyar la autonomía, lo que no significa permitir cualquier cosa, sino escuchar el punto de vista del hijo, ofrecer opciones significativas cuando sea posible, alentar su iniciativa y explicar con razones claras aquello que aún debe tener límites. 

Ese enfoque rechaza el control psicológico basado en culpa, chantaje afectivo, retiro del afecto o castigos. Dicho de otra manera: un hijo crece mejor cuando siente que se le guía con respeto, no cuando se le tuerce la mano para obedecer.

Libertad no es abandono

No se necesitan padres que se borren, sino padres que cambien de forma. Menos capataces y más faros. Menos gritos y más conversaciones verdaderas. Conforme el adolescente crece, conviene involucrarlo en la definición de conductas aceptables y en ciertas decisiones, porque eso si lo hace sentirse más comprometido con las reglas. 

Pero también recordemos que la supervisión sigue siendo clave: saber dónde está, con quién va, qué planes tiene y cuáles son las consecuencias cuando rompe los acuerdos. La vigilancia amorosa no es desconfianza; es responsabilidad. Y funciona mejor cuando existe una relación abierta.

Muchos padres temen que, si ceden un poco, perderán autoridad. Pero la autoridad verdadera no nace del miedo que inspiramos, sino de la confianza que sembramos. El hijo que nunca decide tal vez obedezca por años, pero llegará frágil al mundo. 

En cambio, el que empieza a decidir bajo la mirada amorosa de sus padres, incluso equivocándose, va formando una musculatura interior que más tarde le permitirá sostenerse solo. Cada error bien acompañado es una semilla de juicio. Cada consecuencia asumida sin humillación es una lección encarnada.

Guillermo Dellamary 

Fuente: Aleteia