LA PAZ QUE OFRECE JESÚS ES DISTINTA A LA DEL MUNDO

Jesús vino a traer fuego a la tierra y al mismo tiempo la paz, pero para que el mundo lo entienda debe saber que la violencia no tiene nada que ver con Él

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La paz entendida como ausencia de guerra o como equilibrio tenso e inestable de fuerzas bélicas o el silenciamiento total y definitivo de las armas en el mundo político no refleja el tipo de paz que encarna Jesús, de la que siempre habla y que trasmite (Jn 14, 27).

Armonía

En este sentido la paz del mundo se entiende de dos maneras:

1. Como el mero equilibrio de fuerzas antagónicas: esta paz, obviamente, tiene bases frágiles y es aparente. Esta es la paz que Cristo no solo no ha venido a traer sino que ha venido a denunciar.

Porque no puede haber verdadera paz si hay abusos de los poderosos contra los débiles, si por encima de los valores humanos se ponen ciertos intereses, si hay desprecio de Dios y de los valores de su reino; lógicamente una paz así no se puede sustentar, no puede durar.

2. Como el consenso de las mayorías. Esta tampoco será la paz de Cristo, pues en temas de fe y moral (temas directamente relacionados con la salvación) el consenso de la mayoría no equivale a la verdad.

Esta es la paz profunda y duradera que no nos podrán quitar si nos esforzamos por mantener (Jn 10, 27-28)  y será el cumplimiento de la obra de Cristo como "Príncipe de paz".

¿Qué tipo de paz?

"¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división". (Lc 12, 51).

El profeta Isaías, hablando de la venida del Mesías, dice:

“Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre ‘Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de Paz’” (Is 9, 5).

Paz interior

Pero la paz, en su significado más auténtico, es la armonía espiritual que reina en el corazón de la persona que se relaciona correctamente con Jesús, y en Él con Dios (Rm 5,1).

Jesús además, sobre todo como resucitado (Lc 24, 36), en muchas ocasiones saludó a sus discípulos ofreciendo la paz. El Señor nos regala una paz que será interior como consecuencia de una sana relación con Él.

Por eso Jesús no lleva paz a las conciencias de los hombres que, por ejemplo, favorecen las injusticias de todo tipo. ¿Quién tiene paz en su alma si se pone en contra de las enseñanzas del Evangelio?

Y la relación con Cristo se realiza por la acción del Espíritu Santo que el mismo Jesús prometió (Jn 16, 7).

El Espíritu Santo da la paz

El Espíritu Santo nos permitirá vivir llenando nuestra vida con sus dones, entre ellos, los dones  del amor, del gozo y de la paz (Ga 5, 22-23).

La acción más profunda e importante del Espíritu Santo es permitirnos experimentar en nuestro interior el amor, el gozo y la paz de Dios.

Pero esto no significa que dicha experiencia se deba quedar dentro de cada quien para beneficio personal sino que debe alcanzar a las demás personas para que sea auténtica: "solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef 4, 1-3).

Un reto 

De manera que Jesús ha venido a traer paz al mundo a través de la implantación de los valores de su reino desde el corazón de los redimidos; una paz que se propaga de corazón a corazón.

Jesús nunca prometió que fuera fácil tener paz interior y ser factores de paz; Jesús sólo nos da ánimos y nos pide confiar para que tengamos paz en Él (Jn 14, 1).

San Pablo nos dice que si clamamos a Dios, nos dará su paz, “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Flp 4, 6-7).

Y aunque el cristiano experimente desaprobación por querer ser fiel a Jesús no debe perder nunca su paz interior.

La fuerza del amor

Pero el amor puede más; un amor que debe repercutir positivamente en los enemigos, adversarios y opositores.

Jesús se ha encarnado para anunciar el evangelio de la paz:

“Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos” (Hch 10, 36)”.

Para hablarnos de ciertas cosas que son fuente de paz:

“Estas cosas las he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo (Jn 16, 33)”.

Sin violencia

Jesús no vino a ordenar guerras ni a iniciarlas ni a avivarlas, como tampoco sus palabras son en absoluto una invitación al uso de la violencia para concretar su misión redentora.

La relación correcta con Dios es total y francamente opuesta al uso de cualquier instrumento de violencia, de división, de conflicto.

Jesús vino para que su propuesta sea aceptada por cada ser humano de tal manera que en toda la humanidad haya un solo corazón y una sola alma (Hch 4, 32).

Pero ya se sabe que todo lo nuevo necesariamente encuentra rechazo, y no se establece sin oposición; y el proyecto de Dios no es la excepción.

Y como no todos han aceptado, aceptan o aceptarán su propuesta pues aquí aparece la causa de la división, el conflicto y el antagonismo.

Así, Jesús más que en convertirse en un factor de unión y/o de desunión, se ha convertido "en piedra de tropiezo y roca de escándalo" (1 P 2, 8a), no por sí mismo sino por las reacciones que genera en el ser humano.

Bien se lo anunció a la Virgen María el profeta Simeón:

“Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción” (Lc 2, 34).

Henry Vargas Holguín

Fuente: Aleteia