No es propio de la Eucaristía hacer que las personas sientan un cambio físico. Pero su efecto espiritual se refleja en aquellos que se acercan con fe a Jesús
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A los católicos
se nos ha enseñado que Cristo está en la Eucaristía y que se nos da en alimento con sus dos
naturalezas: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Pero quizá no estemos del todo
conscientes de esta tremenda realidad, o peor aún, hay quienes no lo creen y
piensan que se trata solamente de un símbolo, ignorando el efecto espiritual
que transforma la vida de quien se acerca a tan maravillosa comida.
Los milagros
eucarísticos
Ante esta
verdad, debemos reconocer que Dios nos ama tanto que no deja de darnos muestras
de su existencia y del cumplimento de sus promesas. Jesús dijo claramente
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día" (Jn 6,
54).
Y para dejar
por sentado que no es una alegoría, desde el siglo VIII se han presentado en el
mundo varios milagros eucarísticos, es decir, la sagrada Hostia y
el vino consagrados se convierten en carne y sangre visibles para los ojos
humanos. Quienes los han estudiado han sido científicos de reconocida
reputación a quienes se les han entregado las muestras "a ciegas" ya
que ellos no saben de donde provienen.
Por los
resultados, muchos de ellos se han convertido. Tal es el caso del doctor
Ricardo Castañón Gómez, científico exateo y hoy conferencista que divulga sus
estudios para que el mundo crea que Jesús, el Señor, cumple cabalmente en
cada Misa lo que prometió hace más de dos mil años.
La
transformación de quien admite esta verdad
En una reciente
conferencia, el Doctor Castañón compartió una impresionante experiencia:
Después de un evento, mientras firmaba sus libros, un hombre corpulento y de
gran estatura se le acercó porque deseaba hablar con él. La petición, hecha con
voz fuerte y grave, extrañó al científico por la urgencia con la que exigía su
atención.
El individuo,
sin tardanza, lo quería lejos de la gente. El Doctor dijo que se levantó de su
asiento porque vio su actitud amenazante y lo siguió a un pasillo.
Una vez a
solas, el hombre lo tomó por el cuello y acercó su cara a la de él -en ese
momento, el Dr. Ricardo creyó que lo ahogaría - sin embargo, solo quería
abrazarlo y tocar su frente con la suya. Entonces ocurrió algo inesperado:
comenzó a llorar. Y en voz baja, como si se tratara de una confesión, le dijo:
"Desde que
lo escuché el año pasado he dejado de matar" porque era sicario
profesional.
"Esa es la
unción poderosa". Agregó el Doctor.
No necesitamos
ver la carne y la sangre de Cristo. Nos basta su palabra. Acudamos sin tardanza
a la Eucaristía y dejémonos transformar por el Señor que se nos da en alimento
para que alcancemos la vida eterna.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
