El amor no es lo que imaginamos: una hermosa historia con un final feliz. Amar tiene un precio y a veces es tan alto que vale la pena sacrificarse
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| Zvonimir Atletic | Shutterstock |
Nos acostumbramos a ver en las historias ficticias que el
amor romántico termina con un final feliz. ¡Ah! y además, el personaje malo
paga el precio de sus fechorías con un terrible castigo. Pero, ¿eso es amar de
verdad? ¿Acaso el sufrimiento va en contra de bien?
EL precio de amor
Innegablemente, nadie desea sufrir en esta vida. Hacemos
todo lo posible para eludir el dolor. Por eso no nos extrañemos de las
decisiones que se están tomando en muchos países para quitarle a la gente los
problemas que conlleva la vejez, las enfermedades y los bebés inesperados,
entre otras situaciones que ahora se califican como "males" para la
sociedad.
Así mismo, para entender el verdadero amor hay que dirigir
la mirada hacia Jesús. Él nunca prometió que viviríamos sin sufrimiento, por el
contrario, a sus discípulos los previno para que esperaran persecuciones,
maltratos y vejaciones. Porque el cristiano no puede ser menos que su Maestro.
Él pagó el precio más alto que podría darse por causa del
infinito amor que Dios nos profesa: la sangre de su único Hijo, porque ninguna
riqueza en el mundo puede superarla en valor.
La verdadera prueba del amor
En efecto, dice san Pablo que "el amor todo lo
disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor
13, 7). De ninguna manera leemos que nunca habrá sufrimiento y que todo
será de color de rosa. Eso se lo dejamos a los cuentos de hadas.
Cristo pagó por nuestros pecados con dolor infinito, solo
por amor a nosotros. Él nos ha puesto el ejemplo. Es por eso que en la época de
la comodidad, nos asustan las palabras que nos enfrentarán con la vida. Pero no
hay Resurrección sin Viernes santo.
Negarnos a nosotros mismos será la prueba del verdadero amor
hacia Dios y al prójimo. Y se traduce en hacer el bien, en preferir a los demás
antes que a nosotros. Como el hermano mayor que fingía beber leche de la
botella para que su hermanito saciara su hambre.
El amor es entrega, sacrificio y don de sí. Solo así se
explica que la madre y el padre trabajen tantas horas para alimentar a sus
hijos. Pero todas estas acciones deben estar inspiradas en la prueba suprema
del amor: Jesucristo crucificado por el perdón de nuestros pecados.
No quedaremos sin recompensa
Por eso, después del sufrimiento vendrá la recompensa. Con
gran esperanza escuchemos al Apóstol Pablo:
Por eso, queridos hermanos, permanezcan firmes e
inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la
certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no serán vanos (1 Cor
15, 58).
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
