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| Dominio público |
Tras
pensarlo un poco, le di la vuelta a la pregunta: para mí es más difícil pensar
cómo se puede afrontar una gran desgracia sin creer en Dios. Ciertamente
considero que la fe es un don, un regalo que nos permite afrontar la vida con
una mayor profundidad.
Es cierto
que no todos tienen fe, y aquellos que inmerecidamente disfrutamos de este don,
hemos oído muchas veces la expresión: ¡Cómo me gustaría tener tu fe! La fe es
algo generalmente deseable. No conozco a nadie que diga, en sentido contrario,
que teniendo fe le gustaría no tenerla. Esto es ya algo que nos habla de lo
positivo de la fe. ¿Cómo puede uno recibir la fe?
El Evangelio
según san Juan nos presenta en una ocasión cómo Jesús cura a un ciego en
Jerusalén. La escena es una verdadera obra de arte literaria: hay misterio,
despiste, tensión, humor… invito a leer este pasaje, que pueden encontrar en el
capítulo 9 del Evangelio según san Juan, imaginándolo como una escena teatral.
Además, en ella encontramos dramatizado todo un itinerario de fe. Es una guía
para aquellos que buscan la fe. Y, para los que ya tenemos fe, es un camino que
nos ayuda a renovarla en su fundamento.
El punto de
partida del hombre en la búsqueda de la fe no es el pecado, sino las tinieblas
en las que este vive alejado de Dios. Sin Dios, como decía antes, nos faltan
las razones de sentido y esperanza, pues todo queda aquí y no hay horizonte más
allá de la nada que se espera tras la muerte. Además del mal y el sufrimiento,
también los pequeños placeres y bondades de esta vida quedan como simples
fogonazos incapaces de permanecer, lo que aumenta la desazón. A partir del encuentro
con Jesús se produce una iluminación progresiva que conducirá a la fe.
Mirando
ahora el recorrido del hombre ciego del evangelio, vemos como, primero, estando
aun ciego, percibe a Jesús como un hombre, una presencia histórica, uno de
tantos que se han puesto ante él. Pero no puede negar que ha oído hablar de él.
Y puede esperar algo nuevo. Jesús le cura de su ceguera física y así, como la
samaritana, reconoce la relación de este hombre con Dios. Es uno que viene de
Dios, que habla y actúa en su nombre; es un profeta. El ciego ha recuperado la
vista, pero aún no puede entender quién es aquel que está ante él.
Finalmente,
habiendo ya sido expulsado de la sinagoga, que representa aquí una estructura
ideológica cerrada en sí misma, que impide la libertad del hombre para
reconocer lo que tiene delante, se pregunta quién es el Hijo del hombre, es
decir, aquel que nos acerca la plenitud de lo humano, es decir, Dios. La
respuesta de Jesús es inaudita y muy sencilla: «lo estás viendo», lo tienes
delante de ti. Y ahí brota la fe: «creo, Señor».
Jesús dice
que viene para un juicio: ha sido enviado para separar a los ciegos curables de
aquellos que no quieren ser curados. Todos partimos de las tinieblas, pero no
hay mayor ciego que el que no quiere ser curado. Porque, con Jesús, el que
quiere ser curado ya empieza a ver.
Otro
elemento importante es la forma en la que Jesús cura al ciego. Lo hace formando
una bola de barro mezclado con su propia saliva, que introduce en las cuencas del
ciego. En la primera creación, Dios hizo al hombre del barro hecho con tierra y
agua y le infundió el espíritu. Jesús, como hizo el Padre con el primer hombre,
forma un ojo del barro y, con una referencia al bautismo, pide al hombre que
vaya a lavarse.
La nueva
creación comienza por la creación de un ojo, que nos permite una nueva mirada
de la realidad, la capacidad de reconocer cosas invisibles, como invisible son
el amor y la confianza. Esto es la fe, la creación de una nueva facultad para
ver lo que tenemos delante. Por eso, cuando alguien que cree no tener fe me
dice que le gustaría tener fe, me acuerdo de este ciego y pienso: en cierta
manera, ya la tienes.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
