Lejos de las hazañas de antaño, el documento del padre Néstor Sato propone al cristiano de hoy encontrar su particular desierto de purificación
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| Fotograma de 'El festín de Babette'- |
En
este escaparate de gratificación instantánea que habitamos y de satisfacción de
cada deseo, la palabra «mortificación»
suena a anacronismo medieval. Sin embargo, para el cristiano contemporáneo,
esta práctica no busca el dolor por el dolor, sino recuperar una armonía
perdida. La ascesis hoy no busca quebrantar el cuerpo, sino reconstruir esa
arquitectura interior donde la razón, debilitada por la «concupiscencia»,
vuelve a tomar el mando sobre los impulsos.
Según
explica la teología, el pecado original fracturó la relación entre la razón y
los sentidos; lo que antes era obediencia natural, hoy es una guerra interna
donde los apetitos suelen sublevarse contra la voluntad. Mortificar, por tanto,
significa «domar las pasiones» para
que el ser humano pueda volver a ser dueño de sí mismo y alcanzar su fin
último: la unión con Dios.
En
su exhaustivo documento Mortificaciones para los
cristianos del siglo XXI, el padre
Néstor Sato no solo rescata la esencia de la ascesis cristiana
adaptándola con precisión a la realidad de una «edad civilizada» que, aunque
más débil físicamente que sus antecesoras, se enfrenta a desafíos espirituales
mucho más sutiles, sino que propone nada más y nada menos que 160 sugerencias para domar las
pasiones y refrenar la voluntad a través de nuestras ocupaciones ordinarias.
De la carne al espíritu
El escenario de esta lucha ha cambiado. Ya el cardenal
John Henry Newman en el siglo XIX advertía que, en épocas pasadas, el
ayuno corporal era la herramienta principal para convertir a «muchedumbres
belicosas», pero ahora se requieren tácticas más sutiles. «Nosotros
somos muy diferentes. Sea por el curso natural de los siglos, sea por
nuestro modo de vivir, por la amplitud de nuestras ciudades o por otras causas,
el caso es que nuestras fuerzas son débiles y no podemos soportar lo que
aguantaban nuestros antecesores», escribía el doctor de la Iglesia.
Hoy,
los enemigos del alma —mundo, demonio y carne— operan a través del «espejismo
artificial» de una falsa escala de valores y la «concupiscencia» que nos
inclina al mal. Por ello, santos como Ignacio
de Loyola o Felipe Neri señalaron que el campo de batalla actual es el
espíritu, la voluntad y el juicio. No se trata de grandes sacrificios externos,
sino de lo que Sor Lucía de Fátima definió
como el sacrificio exigido por el cumplimiento del propio deber y la
observancia de la Ley de Dios.
Pequeñas batallas diarias
La
mortificación 'moderna' se puede infiltrar hasta en los detalles más triviales,
empezando por el control de la curiosidad. En un mundo hiperconectado, el
sacrificio puede consistir en no abrir
inmediatamente una notificación, un mensaje o una carta, esperando un
tiempo prudencial para domar la impaciencia. También se manifiesta en reprimir
la mirada ante escaparates innecesarios o en abstenerse
de leer noticias de escándalos, cotilleos y vidas privadas que solo
alimentan la «gula de los curiosos». El padre Sato sugiere incluso evitar el «turismo intelectual», ese leer o
estudiar a la deriva por mero capricho, limitándonos a lo que exige nuestro
deber.
Asimismo,
el uso del tiempo se vuelve una auténtica ascesis: la disciplina de no malgastar minutos en ocupaciones vanas y
respetar escrupulosamente el tiempo ajeno —evitando pedir favores innecesarios
o prolongar visitas— es una de las exigencias más altas de nuestra época. Es un
«ayuno» de la novedad y de la cháchara constante de locutores, redes y
teléfonos que, si no se frena, invade la jornada desde la primera hora,
arrebatándole al alma ese «diezmo del tiempo» que pertenece a Dios en el
silencio de la mañana. Se trata en definitiva de defendernos de los «ladrones
de tiempo» y de no dejar que el mundo se apropie del comienzo de nuestro día,
aprovechando incluso los pequeños intervalos o «puchos de tiempo» para
recuperar el remanso de la oración.
Aceptar el peso de la realidad
Otro
frente fundamental en la propuesta del Padre Sato es el de la lengua y la
reserva, donde se nos invita a mortificar el «exhibicionismo espiritual» y la
manía de dar a conocer nuestros éxitos o conocimientos. Para el autor, es
crucial combatir el «nudismo espiritual» habituándonos a guardar las cosas en el corazón, sin
hablar jamás de nosotros mismos —ni para bien ni para mal— y ocultando con
pudor nuestras heridas y pruebas para que no sean deshonradas por la compasión
mendigada.
Los
ejemplos prácticos en este ámbito son de una precisión quirúrgica: se nos
exhorta a no interrumpir jamás
a los demás, a no quitarles la palabra de la boca demostrando que ya sabemos lo
que van a decir y a renunciar a la tentación de «brillar» mediante el relato de
anécdotas, viajes o frases ingeniosas. Sato llega a sugerir sacrificios tan
cotidianos como no contar un chiste después de que otro haya contado uno,
abstenerse de mencionar vínculos con personas famosas o incluso no dar nuestra opinión si no nos la piden.
Esta
ascesis se extiende al rechazo de cualquier queja voluntaria sobre los
alimentos o las enfermedades, buscando siempre sonreír aunque
el interior esté crucificado para ofrecer a los demás un rostro amable. En
última instancia, se trata de no proteger el ego con excusas cuando somos
censurados, abrazando esa «infancia espiritual» de santa
Teresa de Lisieux que prefiere los pequeños sacrificios sin gloria que
no recaudan aplausos, pero que rectifican profundamente la intención del
corazón y nos permiten ser conocidos por «Dios solo».
Contra la dictadura del bienestar
Finalmente,
la mortificación del cuerpo y los
sentidos hoy se traduce en la aceptación serena de las limitaciones
propias: desde el peso de los años hasta las incomodidades de la vida urbana
como el ruido, el tráfico, la aglomeración en el transporte o la burocracia.
Esta ascesis de lo invisible nos propone sobrellevar sin comentarios el rigor
del clima, evitando el uso del aire acondicionado o la calefacción, y
renunciando a buscar el sol o la sombra por pura comodidad mientras caminamos.
En la mesa, el sacrificio se vuelve cotidiano al comer
sin elegir lo que nos ponen delante, aceptando el pan viejo, las
galletas rotas o privándonos de condimentos superfluos, siempre con la consigna
de no quejarnos jamás de la calidad o preparación de los alimentos.
La
propuesta del padre Sato se extiende incluso a la higiene de la postura y el
consumo, sugiriendo mantener un porte
modesto y viril —sin cruzar las piernas ni apoyarse en los respaldos
de las sillas— y evitar las «ferias de tentaciones» que representan los grandes
supermercados para no caer en la trampa del consumista. En definitiva, es una
invitación a vivir «contra corriente» en una sociedad hedonista, asumiendo con
gallardía la «hermosa pero onerosa gloria» de ser fieles a una verdad que no
depende de las modas, incluso si eso conlleva el ostracismo social por ser
considerados «inadaptados».
María Rabell
García
