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| Enfrentados |
Conviene hacer balance del momento en que vivimos. Obviaré todo lo bueno que hay en nuestro mundo, que siempre es mucho, y que casi nunca hace ruido. Tampoco podemos negar que vivimos en un momento extraño. Se ha venido hablando últimamente de la “polarización”, un concepto extraño, porque refuerza precisamente aquello que pretende describir.
El mundo está ciertamente
dividido, pero no solo dividido, también profundamente enfrentado. Las
posiciones son cada vez más extremas, pero lo cierto es que las posiciones
“conservadoras” o “clásicas” o como las quieras llamar se han extremado
precisamente porque se han extremado primero las “progresistas” o
“woke” o como las quieras llamar. Se ha tensado tanto la cuerda que
han provocado una reacción de extremamiento.
En un mundo en
el que defender el orden natural se tilda de homófobo, en el
que se quiere hacer creer a la gente que cada uno puede elegir lo que quiere
ser, en el que se llama “odio” a todo lo que no sea dar la razón a los demás,
en el que se llama “fascista” a quien pide regularizar la inmigración o al
menos deportar a los que delinquen, en el que al sentido común se le
llama “discriminación”, en el que al asesinato de niños se le llama
“derechos reproductivos”, en el que se trata de ridiculizar y soterrar
todo lo que suene a Patria, en el que la corrupción política ha
alcanzado máximos históricos, en el que una agenda desnortada trata de imponer
un pensamiento único al mundo, en el que las generaciones jóvenes tienen cada
vez menos oportunidades en un mundo cada vez más encarecido, en el que tener
hijos se ha convertido en un casi imposible tildado además de irresponsabilidad
climática… En un mundo así, las diferencias se han exacerbado y se ha
creado una tensión que ha llevado a que se extremen las ideas contrarias.
Dejémoslo
claro. La causa de las tensiones que vivimos, de la división
enfrentada, ha sido la virulencia y agresividad del progresismo izquierdista
woke pro agenda. La reacción se ha dado a consecuencia de su
imposición forzada. Los jóvenes están reaccionando, y ya no se
tragan el cuento climático, los obscenamente altos impuestos, la ideología
antinatural, la corrupción política, el sectarismo, la reescritura de la
historia… Están reaccionando, están despertando. También muchos se están
acercando de nuevo a la fe. Supongo que son dos cuestiones que van de la
mano. Se puede mentir mucho o mentir a mucha gente, pero lo que no se
puede es mentir siempre a todos. Al final la mentira cae, y la gente
despierta.
El problema
es cómo hacemos el cambio. Porque aquí nadie queremos la
violencia. Pero las cosas no pueden seguir como van. Iglesias quemadas,
mercadillos navideños desprotegidos, violaciones en manada, altercados
públicos, robos, desorden social, corrupción, políticos en la cárcel, suicidios
juveniles, descontento, riesgos de guerras, precariedad… Algo tiene que
cambiar. Y no vale con quejarse en Twitter, hacer memes en Instagram o
comentar la jugada con los colegas mientras tomamos unos chatos.
Ese es uno de
los peligros que nos aqueja: que nos dediquemos a quejarnos sin hacer nada. Eso
no difiere mucho del conformismo insano. Pero tampoco debemos buscar la
violencia. Pero tampoco debemos ceder a la injusticia. Pero tampoco debemos
ceder a la ira. Pero tampoco podemos dejar que todo siga igual. Pero tampoco
podemos romper la baraja… Es una situación difícil. Yo no tengo la solución,
pero sí que sé que no podemos seguir así. Y que si se sigue tirando de
la cuerda, al final pueden saltar las chispas que comiencen el incendio. Y
eso es peligroso.
¿Cómo se
produce un cambio de régimen sin violencia? ¿Cómo se pueden socavar
los cimientos de una mal llamada democracia sin enfrentamientos? ¿Cómo se
pueden defender los derechos más obvios sin una confrontación animosa? No lo
sé. Me niego a creer que la violencia sea el único camino. Pero dejarse pisar y
dejar que todo siga igual tampoco puede ser el único camino. Sin duda es una
situación complicada para la que no hay una solución fácil.
Y es que el
mundo está cambiando. O, por mejor decir, nos lo están cambiando, a marchas
forzadas. ¿Y de veras lo único que podemos hacer para evitar esta
debacle es meter un papel en una urna cada cuatro años? Aquí nos
acercamos a un límite que para muchos es sagrado, soy consciente. Pero
cuando algo no funciona, no funciona. Y negarlo es de necios. Porque
entretanto educan a nuestros hijos, colonizan las televisiones y las series, se
meten en nuestros colegios, adoctrinan a nuestros médicos, tergiversan nuestro
lenguaje, y los despiertos se van encendiendo cada vez más, precisamente porque
ven que meter un papel en una urna cada cuatro años no sirve para nada. No está
haciendo que el mundo sea mejor.
Y nuestra
querida Iglesia, entretanto… ¡Qué sabré yo! Como mínimo puedo señalar un silencio
extraño sobre temas capitales y una impresión de división tácita
que parece impedir una verdadera comunión. Llevamos años con un elefante en la
habitación del que casi nadie parecer querer hablar. Quizá no hay orientaciones
más claras porque nosotros mismos estamos desorientados. Pero creo que
nosotros, más que nadie, tenemos buenos elementos para orientarnos y orientar a
los demás…
Me lanzo sin
más a la piscina con un tema concreto, por no entrar en todos. La
inmigración. Muchos huyen de sus países de origen porque se mueren de
hambre o por cuestiones políticas. Otros parecen aprovecharse del coladero que
es Europa para venir y poder delinquir impunemente mientras tratan de mantener
o incluso imponer su modo de vida. Otros entran regularmente usando los cauces
legalmente establecidos para ellos, que debería ser lo normal.
Lo primero que
hemos de hacer es diferenciar. Porque “inmigración” es un saco
demasiado grande, y lo estamos usando mal. (Por cierto, no
cedáis a lo del uso de la palabra “migración”. Las aves migran, porque pasan
una época del año en un lugar y otra parte en otros. Los inmigrantes no hacen
eso: vienen para quedarse, lo cual no tiene nada de malo en sí, pero hay que
llamarlo por su nombre). No es lo mismo la inmigración
hispanoamericana que la del norte de África, que la del África subsahariana,
que la de los asiáticos, que la del Este de Europa. Los hispanoamericanos,
quitando excepciones (que siempre las hay) vienen huyendo de la pobreza,
dispuestos a trabajar en cualquier cosa para poder enviar dinero a su país;
hablan nuestro idioma y tiene costumbres muy parecidas a las nuestras, y tratan
de integrarse sin problemas. No podemos decir lo mismo de la inmigración
procedente de la región mauritana. No sé de qué huyen ellos, pero desde luego
el tema de trabajar o de integrarse, o de no ser violentos, o de respetar a las
mujeres, no parece lo suyo. Y esto no es racismo (algunos así
lo llamarán), es la constatación de un dato mayoritario. Porque cuando arde una
iglesia o hay un estallido de violencia o un comportamiento delictivo o
claramente incívico está mayoritariamente protagonizado por gente del norte de
África; no por hispanoamericanos, asiáticos o europeos del Este.
Ante esto los
mandamases tienen que preguntarse varias cosas. La primera: ¿por qué se va esta
gente de sus países? La emigración no debería ser forzosa. ¿Qué
problema hay en el país de origen que hace que la gente se tenga que marchar?
¿No tenemos una maravillosa Organización de Naciones Unidas precisamente para
evitar que reyezuelos, dictadores o corrupción sistémica obligue a las familias
a huir de Colombia, Venezuela o República Dominicana? Y si no, ¿para qué sirve?
¿Quién se preocupa de lo que está pasando en los países de origen?
En segundo
lugar, ¿los que vienen delinquen? ¿Por qué campan a sus anchas los mauritanos
con sensación de impunidad ante el mal cometido? ¿Qué podemos hacer para
ayudarlos en sus países de origen? ¿Qué hacemos con alguien que delinque y no
se enmienda? ¿Por qué no se le deporta? ¿Por qué se regulariza a los
inmigrantes sin una investigación previa sobre su criminalidad, su corrección,
sus rentas? ¿Por qué no se interviene en los países de origen? ¿Por qué no se
desaloja inmediatamente a los okupas? ¿Por qué no trabajamos en conjunto para
que quienes emigren lo hagan libremente (no obligados por las circunstancias) y
legalmente? ¿Son todas estas preguntas tan impertinentes como nos quieren hacer
creer? Si yo tuviera que marcharme de España porque no tuviera más remedio ante
la precariedad laboral, la criminalidad, y la corrupción, preferiría mil veces
antes que irme el que la ONU interviniese para que en mi país se acabara todo
eso, de modo que pudiera quedarme. No lo veo tan descabellado, llámame raro (o fascista
o racista o cualquier etiqueta woke destinada a todos los que no queremos
pensar como un rebaño).
Y este es solo
un ejemplo. Hay muchos temas sobre los que, desde el sentido común, se podrían
decir muchas cosas. Lo que sí voy viendo con claridad es que esto no puede
seguir así. Y de que no tiene pinta de que vaya a seguir así. Y
de que como los que tienen el poder no hagan algo, las cosas no pueden
mantenerse en esta tensa paz durante mucho tiempo. Tómense este artículo como
un grito de auxilio. Volvamos al sentido común antes de que sea tarde.
Jesús
María Silva Castignani
Fuente: ReligiónenLibertad
