Cada persona está hecha para el cielo, pero Dios quiere que se esfuerce en buscar la perfección y para ello debe cultivar todas las virtudes que pueda adquirir
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No somos
perfectos, es una realidad que tenemos muy clara. Sin embargo, Dios dota a cada
persona de los dones necesarios para que pueda alcanzar el cielo. Y una manera
muy efectiva será cultivar todas las virtudes que pueda para que, con el alma
embellecida por ellas, se presente dignamente ante el Señor.
Virtudes
regaladas y adquiridas
Para
distinguirlas bien, sepamos que existen dos tipos de virtudes: las que Dios nos
regala y las que podemos adquirir con nuestro esfuerzo.
1. Virtudes
teologales
Primero están
las que Dios provee al alma porque no podemos alcanzarlas por nosotros mismos y
se llaman virtudes teologales. Esas las adquirimos en el Bautismo y son: fe,
esperanza y caridad.
Estas virtudes
"Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad.
Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino" (CEC
1812). Además "Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para
hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna" (CEC
1813).
2. Virtudes
humanas
Después tenemos
las virtudes humanas. Leemos en el Catecismo de la Iglesia católica:
"La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas" (CEC 1803).
De lo anterior
podemos inferir que hacemos el bien porque nos esforzamos para ello. Así pues,
cuando repetimos constantemente esas acciones buenas, se convierten en hábitos.
A estas
virtudes las llamamos "humanas" porque se adquieren con base en
nuestro entendimiento y voluntad. Las principales son las virtudes cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Todas las demás se derivan de estas
cuatro.
El beneficio
espiritual de las virtudes humanas
El Catecismo
dice que estas virtudes "regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones
y guían nuestra conducta según la razón y la fe". Además, nos ayudan a
vivir en paz porque "proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar
una vida moralmente buena". Y lo mejor de todo es que no se se siente
forzado sino que "el hombre virtuoso es el que practica libremente el
bien" (CEC 1804).
En lo
cotidiano, descubrimos que las virtudes nos llevan a vivir equilibradamente y
las aplicamos en nuestra vida diaria porque deseamos estar bien con Dios y con
el prójimo.
Por eso, entre
más las realizamos se nos hace más sencillo decir la verdad, actuar la
justicia, ser puntuales, respetar los bienes ajenos, ser prudentes, tener
paciencia con los demás, etc. Sobre todo porque las llevamos a cabo de manera
consciente, pensando en nuestro bien y en el del prójimo.
Las virtudes
y la gracia
El esfuerzo del
hombre se ve perfeccionado con la gracia que Dios. No es tarea fácil, pero
quien confía sus debilidades al Señor recibirá lo necesario para mantener el
rumbo de su vida:
"Para el
hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral. El don de
la salvación por Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la
búsqueda de las virtudes". (CEC 1811).
Esta es una
tarea y una decisión personal:
"Cada cual
debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los
sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el
bien y guardarse del mal" (CEC 1811).
Que la Virgen
Santísima nos acompañe en el camino hacia la santidad.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
