¿CÓMO COMPLEMENTAR, EN CASA, LA CATEQUESIS QUE RECIBEN LOS NIÑOS?

Llegó el momento de enseñar catecismo a los hijos,  ¿qué podemos hacer para formarlos en casa y complementar en la catequesis? Una catequista responde 

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En muchos casos —nos decía— porque no son conscientes del hecho de que sus hijos no tienen las bases de piedad, de moral y de formación católica que ellos tuvieron. Los padres proyectan sin saberlo: creen que aquello que a ellos les llegó casi sin darse cuenta, por tradición o por ambiente, llegará también a sus hijos. No son conscientes de que ellos salían en la casilla diez y sus hijos están en la menos diez.

Una vida en catequesis

El contraste es tan grande que a veces resulta desconcertante. Para muchos niños, el primer día que acuden a catequesis es también el primer día que entran en una iglesia para asistir a una misa. 

No hay memoria previa, ni referencias, ni hábitos adquiridos. De ahí escenas tan reveladoras como la de aquel niño que, al ver al sacerdote beber del cáliz, gritó en mitad de la celebración: 

"¡El cura se está tomando una copa!" No había burla ni irreverencia, solo desconocimiento absoluto. Al catecismo llegan niños que jamás —jamás— han asistido a una misa. Y lo más triste es que lo más probable es que no vuelvan nunca después de la Primera Comunión.

Analfabetismo espiritual

Son niños que no saben ni siquiera la primera frase del Padre Nuestro. No porque no quieran, sino porque nadie se la ha enseñado. La cultura española ha generado, sin pretenderlo, niños analfabetos espirituales. Y ante esto conviene ser honestos y responsables: si llevas a tu hijo a catequesis, no puedes delegar ahí todo lo que falta en casa. 

El catequista dispone de cuarenta y cinco minutos a la semana durante unos ocho meses. Quitando fiestas, ausencias y puentes, eso se traduce en unos veintiséis domingos por curso. No hay milagros pedagógicos posibles.

La importancia de ser coherentes

Pero hay algo que, según esta catequista, resulta aún más delicado y que provoca una enorme incomodidad: cuando la catequesis pone en evidencia la incoherencia de los padres. Al explicar el tercer mandamiento —santificarás las fiestas— y decir que es obligatorio ir a misa entera los domingos y fiestas de guardar, la clase se descoloca. 

Algunos niños, con una ternura que desarma, empiezan a justificar por qué sus padres no van a misa. Otros, más atrevidos, cuestionan si eso es verdad.

Ruptura espiritual en la infancia

Y ahí ocurre algo serio. Es, para muchos niños, la primera gran ruptura con la infancia plena. Es la primera vez que perciben una contradicción entre lo que dice la Iglesia y lo que dicen papá y mamá. Y, peor aún, cuando desde casa se les dice que “no hagan mucho caso” a esas cosas.

El niño aprende entonces a vivir con el doble rasero: decir una cosa y hacer otra; cumplir por fuera y relativizar por dentro. Aprende que la fe es un asunto de apariencias. Y en ese aprendizaje pierde también la nobleza de ser de una sola pieza y la confianza plena en Dios, porque todo empieza a depender de las circunstancias.

Una fe imperfecta, pero genuina

Sin embargo, esta catequista también fue testigo de algo distinto. De una familia que no lo hacía todo bien, que fallaba bastante, pero que tuvo la humildad de explicárselo así a su hijo: que eran de barro, que metían la pata, que se equivocaban. Pero que precisamente por eso pedían perdón. 

Sabían que lo mejor para ellos era buscar el querer de Dios, que ir a misa los domingos les ayudaba como familia. Y cuando no acudían —porque no siempre supieron priorizar, porque hubo pereza o porque no buscaron una misa alternativa—, lo reconocían, pedían perdón y volvían a empezar.

Esa fe imperfecta, pero honesta, ha hecho que esos niños crezcan más fuertes, más confiados y, sobre todo, con una certeza valiosa: saber qué camino recorrer cuando se mete la pata.

Mar Dorrio

Fuente: Aleteia