LA CORRECCIÓN FRATERNA
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| Dominio público |
I. El
deber de la corrección fraterna. Su eficacia sobrenatural.
II. La
corrección fraterna se practicaba con frecuencia entre los primeros cristianos.
Falsas excusas para no hacerla. Ayuda que prestamos.
III. Virtudes que han de vivirse al hacer la corrección. Modo de recibirla.
“Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.
Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos
ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar:
"¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran
calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen
fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros:
"¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?" (Marcos
4,35-41).
I. Desde en Antiguo
Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se vale frecuentemente
de hombres llenos de fortaleza y caridad para advertir a otros de su
alejamiento del camino que conduce al Señor (1 Samuel, 12, 1-17). Uno de los
mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a todos, es la
ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna.
En
la convivencia diaria podemos observar que los que nos rodean, -como nosotros
mismos- pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que
les separan de Dios. Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo,
oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede
evitar muchos males, o sencillamente puede ser un estímulo para que alguno se
acerque más a Dios.
Se
sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero
hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos.
II. La corrección fraterna
tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente,
tal como había establecido el Señor: Ve y corrígele a solas (Mateo 18, 15), y
ocupaba en su vida un lugar muy importante (Doctrina de los Apóstoles, 15, 13);
sabían bien de su eficacia. Entre las excusas que podemos darnos para no hacer
o para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer a quien
hemos de hacer esa advertencia. Se nos olvida lo que nos dice la Sagrada
Escritura: el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada
(Proverbios 18, 19).
Nada
ni nadie puede vencer contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor
cristiano no sólo mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la
vez, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian
las relaciones entre los hombres. La amistad se hace más profunda y auténtica
con la corrección fraterna. Asimismo la amistad con Cristo crece también cuando
ayudamos a un amigo con la corrección fraterna, amable, clara y valiente.
III. Al hacer la corrección
fraterna se han de vivir algunas virtudes, sin las cuales no sería una
verdadera manifestación de caridad la humildad nos enseña a encontrar las
palabras justas y el modo que no ofende; la prudencia nos lleva a hacer la
advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; y hemos de ayudar con
la oración y la mortificación.
Por
nuestra parte hemos de recibirla con humildad, silencio y gratitud. Acudamos a
la Virgen, Madre del buen consejo, para que nos ayude a vivir esta muestra de
caridad fraterna.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
