Creer que porque pedimos a Dios lo que deseamos con todas nuestras fuerzas está obligado a dárnoslo puede causarnos frustración. Él nos dará lo que necesitamos.
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| Amy Velázquez | CC0 |
A muchos nos
han enseñado desde niños a pedirle a Dios en nuestras necesidades, a suplicarle
con insistencia para que solucione todo aquello que se escapa de nuestras
manos.
Dios da lo
que necesitamos
Tal vez
nuestros primeros pasos en la oración se dieron con la famosa carta al “Niño
Dios”, cada diciembre.
Por medio de
ella nos invitaban a pedirle a Dios lo que queríamos como regalo de Navidad con
la inesperada frustración de descubrir que aquella carta parecía no haber sido
leída por Él pues terminaba trayendo otras cosas que no entusiasmaban tanto.
Es que desde
allá se vislumbraba que Dios no siempre trae lo que pedimos sino lo que
necesitamos.
Ya de adultos
aprendimos de Jesús:
“Pidan y se les
dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide,
recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Mt 7,
7-8).
Y una vez más
nos pusimos en la tarea, a veces como niños, de seguir elaborando una
lista de nuestras necesidades para poder presentárselas de cuando en cuando.
Cuando se
presenta la frustración
Lo que no
siempre hemos escuchado es lo que va a decir más adelante el Señor en cuanto al
“pedir, buscar y llamar” y es ahí donde muchas veces nuestras expectativas no
se ven colmadas y la frustración se presenta:
“Si ustedes,
que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre
celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!…” (Mt 7,
11). Ahí está la respuesta y el complemento de lo que significa pedir y
buscar.
Ahora bien,
supongamos que al presentar esa otra lista de nuestras necesidades, el Señor
escucha nuestras súplicas, y ciertamente lo hace, y nos da aquello que pedimos
¿qué va a suceder de ahí en adelante?
¿Qué es
necesario hacer con aquellos dones obtenidos de su benevolencia y de su
compasión por nosotros?
Es importante
saber que nuestra relación con el Señor no debe depender de las necesidades
temporales que tenemos pues eso equivaldría a verlo como una tienda de
abastecimiento y no como nuestro Padre que quiere nuestra salvación en Cristo.
Dios nos da
lo justo porque Él siempre es necesario
El peligro de
una relación de este estilo es creer, como los israelitas, que al poseer la
tierra prometida, el gran sueño del pueblo, ya no era necesario conservar la
Alianza que con Dios se había hecho para siempre y que lo único importante era
tener un lugar para vivir y cultivar y ver crecer a sus hijos.
Fue ahí cuando
empezaron a perderse, a desviar su corazón y a adorar todo aquello que no era
Dios.
No se
puede creer que cuando se ha obtenido de Dios aquello que se pidió se cumplió
el objetivo de nuestra relación con Él.
En una sana
pedagogía el Señor nos recuerda que la provisión siempre es escasa y el
proveedor es permanente. A Dios no puede vérsele como un medio para obtener
lo que deseamos sino como un fin en sí mismo.
Las crisis
nos hacen volver a Dios
En este sentido
es muy probable que, como el pueblo de Israel, habiendo obtenido una promesa de
parte del Señor, esta se pueda perder en el camino.
Y no porque el
Señor nos la arrebate sino porque es importante redescubrir que ni la tierra,
ni la promesa, ni la bendición, ni la larga vida tienen razón de ser cuando nos
hemos apartado de su amor, que es lo verdaderamente importante.
La Sagrada
Escritura nos enseña de múltiples formas que fue en el exilio, en la pérdida de
lo que tanto amaban, donde los israelitas, ayudados por los profetas,
redescubrieron la necesidad de volver a la Alianza, de volver al amor primero,
de volver a Dios.
Cuando lo
importante lo volvemos indispensable y lo indispensable accesorio, entonces el
Señor toca nuestra escala de valores y mediante crisis purificadoras nos
hace reconsiderar el estilo de vida que llevamos.
Por eso, al
perder lo que con ahínco pedimos a Dios en oración, lo que debemos pensar no es
el valor de la pérdida sino la causa.
Solo Dios es
importante
¿Qué era lo
realmente importante para nosotros? ¿El Proveedor o la provisión? ¿La bendición
de Dios o al Dios de la bendición?
Es que no se
puede obtener lo uno sin desear lo otro. Quien quiera bendiciones de Dios
debe querer es a Dios mismo, por sí mismo, por el valor que tiene Él mismo en
nuestra vida.
Todo aquello
que se tuvo y se perdió es necesario evaluarlo desde el significado, pues
probablemente la luz que irradia la belleza de muchas cosas nos hizo cegar
haciéndonos perder de vista la hermosura de Dios.
Es que,
buscando a Dios en las criaturas, no podemos quedarnos en la belleza de las
criaturas, es necesario trascender, ir más allá de lo evidente y experimentar
la belleza de Aquel que hace todo lo bello.
No hagas
depender tu relación con el Señor de las necesidades de tu corazón, no lo tomes
como un dispensador de tienda, al que le metes una moneda (un Padre nuestro) y bota inmediatamente el artículo que
necesitas. No busques la despensa, busca al dueño de la despensa.
Juan Ávila Estrada
Fuente: Aleteia
