Antes de enfrentar la muerte a los 22 años, escribió a su novia: «A Dios le ofrezco el amor que siento por ti: intenso, puro y sincero. Tu desgracia me hace daño, pero no la mía. Puedes estar orgullosa»
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| Beato Francisco de Paula Castelló |
Era un joven de
22 años, con una mirada limpia y un porte que imponía respeto incluso antes de
hablar. Francisco de Paula Castelló (1914-1936), licenciado en
Químicas, combinaba esa fuerza de juventud con una madurez espiritual poco
común, consciente de estar llamado a algo más grande que él mismo. Su vida,
breve pero intensa, quedó marcada por la fe que lo acompañó hasta sus últimas
palabras antes de ser fusilado: «¡Viva Cristo Rey!».
Huérfano de
padre desde muy niño y de madre a los 16 años, Francisco de Paula Castelló
quedó al cuidado de sus dos hermanas. Frente a la adversidad, no se
doblegó: superó el bachillerato con sobresaliente a los 17 años.
Durante las vacaciones de ese año, se entregó a los ejercicios espirituales de
San Ignacio, dejando constancia de su experiencia: «No he perdido ni una sola
palabra; han sido unos días de gran alegría espiritual y doy gracias a
Jesús por el consuelo concedido y por la saludable conversión que ha
producido en mi alma».
Bajo la guía
del padre director de los ejercicios, se volcó en propagarlos, convencido de
que su fuerza podía renovar la sociedad. Más tarde, se inscribió en Lérida, su
ciudad natal, en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña y,
con apenas 20 años, alcanzó el título de licenciado en Químicas en febrero de
1934.
«Estoy
dispuesto a morir por mi fe»
En mayo de
1936, se comprometió sentimentalmente con María Pelegrí, una
joven piadosa como él. De hecho, llegó a escribir: «Nunca sobre la castidad
tuvimos que confesarnos ninguno de los dos». Fueron solo dos meses de
noviazgo antes de que se desatara el horror en España: la Guerra Civil.
Arrestado en julio y acusado de fascista, Francisco fue encerrado en una
antigua capilla y sometido a palizas y condiciones infrahumanas.
Aun así, conservó
el buen humor, redactando incluso una pequeña revista humorística para
amenizar la vida de sus compañeros de prisión, además de compartir con ellos
reflexiones sobre el sentido de la vida cristiana.
Aun bajo
presión de familiares y militantes políticos, se negó a renunciar: «Estoy
dispuesto a morir por mi fe». Lo que más le preocupaba era el sufrimiento de su
familia, especialmente de las tías con las que había quedado tras la muerte de
sus padres. Sin embargo, siempre les escribía para tranquilizarlas: «No os
preocupéis por mí; no me falta de nada, estoy muy bien».
Durante su
juicio, respondió con claridad ante los cargos: «Yo no soy fascista y nunca he
militado en un partido político. En mi casa y en el despacho de la fábrica no
habéis podido encontrar otra cosa más que libros de estudio: como soy químico
estudiaba italiano y alemán, que son útiles en química; no tenía otra ambición
que perfeccionarme en mi profesión». Y cuando se le preguntó si era católico,
contestó sereno: «Sí, claro que soy católico».
Su firmeza
produjo impacto en la sala: algunos gritaron «¡Inocente! ¡Libertad!» y él
replicó: «Si ser católico es un delito, acepto con mucho gusto ser delincuente,
porque la mayor felicidad que pueda alcanzar alguien en esta vida es morir por
Cristo; y si tuviera mil vidas, las entregaría todas por Él sin dudarlo un
instante. Muchas gracias por la oportunidad que me dais de asegurar mi
salvación».
Creer en la
vida eterna
Esas fueron sus
últimas palabras públicas en el juicio. Lo trasladaron a un sótano lúgubre y,
al entrar y ver a los que allí se encontraban, lo primero que les dijo fue:
«Ánimo, hermanos; no dejemos de hacer lo que tenemos que hacer, que es prepararnos
para bien morir y encomendar nuestras almas a Dios».
La noche antes
de su ejecución, Francisco escribió a sus hermanas y a su tía: «Acaban de
anunciarme mi condena a muerte y nunca me he sentido tan dichoso como
ahora. Estoy seguro de que esta noche estaré en el cielo con mis
padres. La Providencia Divina ha querido elegirme como víctima de los errores y
pecados que hemos cometido; me dirijo gustoso a la muerte; nunca como ahora
tendré tantas posibilidades de asegurarme la salvación. A Dios ofrezco los
sufrimientos de este momento».
Para su querida
María tampoco le faltaron palabras: «Querida Mariona: nuestras vidas estaban
unidas y Dios ha querido separarlas. A él le ofrezco con toda la sinceridad de
la que soy capaz el amor que siento por ti: amor intenso, puro y
sincero. Tu desgracia me hace daño, pero no la mía. Puedes estar
orgullosa».
Al día
siguiente, el 29 de septiembre, los condujeron en un camión. Francisco
entonó el Credo y, a un miliciano que le dio un bofetón para que se
callara, le dijo: «Te perdono, porque no sabes lo que haces». Los condenados
continuaron cantando y prosiguieron con aquella parte de «creo en la vida
eterna».
Al llegar al
cementerio, descendieron entre dos filas hasta un pequeño espacio cerrado donde
se iba a realizar la ejecución. El joven de 22 años se colocó frente al
pelotón, miró a los verdugos y les dijo: «Un momento, por favor». A punto de
morir, les dijo: «Os perdono a todos y hasta la eternidad». Se plantó
ante ellos, cruzó las manos sobre el pecho y, justo en el instante en que la
voz ordenó «fuego», exclamó: «¡Viva Cristo Rey!».
Posteriormente, las
cartas de Francisco de Paula llegaron a Pío XI, quien, conmovido hasta lo
más profundo, las guardó personalmente, afirmando: «Las cartas de un tal hijo
deben conservarse». La fuerza de su fe y valor no quedó en el olvido: fue
beatificado por san Juan Pablo II en la causa conjunta de los
233 mártires de la Guerra Civil española elevados a los altares en marzo de
2001.
María Rabell García
Fuente: El Debate
