Ser fiel a Dios, a la pareja, a los amigos y a otras personas será una tarea muy complicada si no empieza a cultivar la fidelidad contigo mismo
![]() |
| PeopleImages | Shutterstock |
Una palabra que
cada vez gusta menos es "fidelidad", ya que implica compromiso,
responsabilidad, y para muchos, atadura y fin de la libertad. Por supuesto,
para ser fiel se requiere madurez, pero nada de esto tiene sentido si no se
comienza con uno mismo.
La fidelidad
y la lealtad
Para comprender
la extensión de esta virtud, el Catecismo de la Iglesia católica nos ilumina:
"La
fidelidad expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada" (CEC 2365).
¿A quién afecta
más que fallemos cuando damos nuestra palabra?, es obvio que, en primer lugar,
a nosotros mismos porque estaremos faltándonos al respeto ignorando nuestras
convicciones y valores. En seguida, a la gente que confía en nosotros; y en el
lugar más importante, a Dios.
Cuando
prometemos hacer algo es importante que cumplamos porque nuestra palabra va de
por medio. La buena fama que nos genera tener un comportamiento coherente con
lo que decimos es lo que nos ayudará a que las demás personas crean que somos
de fiar.
El libro del
Eclesiástico nos advierte:
"Si haces
una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, pues Dios no se complace en las
promesas necias: cumple lo que has prometido" (Ecl
3, 3).
Además, ser
leales a nuestras convicciones reafirmará nuestra confianza en nosotros mismos
porque cada vez que repitamos una acción relacionada con nuestra palabra
empeñada afianzaremos nuestra autoestima y la autopercepción positiva.
Honestidad y
constancia
Agregaremos que
también se trata de actuar con honestidad. A muchos nos pasa que no sabemos
negarnos cuando nos piden algo y por compromiso decimos que sí a lo que sea. Y
cuando llega el momento de cumplir, preferimos poner algún pretexto o mentir.
Porque podemos
engañar a la gente, pero no a Dios ni a nosotros mismos. Vale más sincerarnos y
hablar con la verdad. Nuestro Señor dijo claramente:
"Cuando
ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no. Todo lo que se
dice de más, viene del Maligno" (Mt 5,
37).
Bien sabemos en
dónde está nuestra debilidad por eso la constancia es necesaria para combatir
la tentación de ser deshonestos.
Por último,
recordemos que Dios nos da lo necesario para cumplir con sus preceptos y todo
lo que conlleva comprometernos con Él y con nuestros semejantes, y que nos
anima a pedirle con confianza cuando sentimos que se nos acaban las fuerzas
para continuar en el camino correcto.
Y por si fuera
poco, tenemos el consuelo de que Él siempre cumplirá sus promesas, sin importar
nuestro comportamiento. El Señor está dispuesto a perdonar a quien se
arrepiente de corazón y vuelve a sus brazos.
San Pablo se lo
recuerda a Timoteo:
"Si somos
infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo" (2Tim,
2, 13-14).
Que esta
promesa nos ayude a perseverar en la fidelidad a nuestros compromisos.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
