¿Cómo el ser humano llega a amar a Dios? San Bernardo de Claraval nos lo explica de una forma sencilla y linda que nos inspira a seguir la vida de santidad
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¿Cómo el ser
humano llega a amar a Dios? En ocasiones pensamos que con solo dar un sí, es
suficiente para decir que estamos en armonía con el Señor, pero en realidad es
un proceso por el que va pasando el alma hasta llegar a esa plenitud. San
Bernardo nos lo explica en su libro de Sobre el Amor a
Dios (De Diligendo Deo), que a través de los cuatro grados del amor, el
alma va pasando de pensar solo en sí misma, hasta reconocer que hay un creador
en el cual debemos de regir nuestra vida.
Primer grado
“Como la
naturaleza es tan frágil y enfermiza, la propia necesidad le impulsa a amarse,
en primer lugar, a sí misma”.
En el
primer grado, san Bernardo no hace mención de cómo la persona solo se ve
por sí misma, moviéndose por sus propios medios y sin considerar la ayuda de
Dios. Lo que esto puede derivar a caer con mayor facilidad en las pasiones
desordenadas. En especial, el de la concupiscencia.
Sin embargo,
san Bernardo, al tocar el punto de este grado, hace énfasis en que la caridad y
pensar en el prójimo nos harán llegar al segundo grado; nos ayudará a crecer en
el amor, donde no solo pensemos en nuestro propio bienestar.
“Tu amor,
entonces, será puro y bueno: lo que niegas a tus propios gustos, lo vuelcas en
las necesidades de los hermanos. Y de este modo, el amor carnal se convierte en
social, porque se extiende al bien común”.
Y es en ese
momento en que, al querer buscar ayudar al otro, se necesitará de la
intercesión divina. Por lo que para estar bien con el prójimo (consecuencia),
tenemos que ir con Dios (causa) para que nos dé ese amor y cariño que solo se
desprende por medio de su gracia.
Segundo grado
“El hombre ama
ya a Dios, pero todavía por sí mismo, no por Él. Es una gran prudencia
comprender lo que uno puede por sí mismo, y lo que puede con la ayuda de Dios,
y tratar de no ofender al que te mantiene íntegro”.
En especial
cuando hay momentos de mucha prueba, es que la persona reconoce el gran poder
salvador de Dios, pero aún así piensa en sí misma. Ve lo que el Señor puede
hacer por ella. Y aunque hay gratitud y respeto, su vida no es Cristo céntrica.
Deja que Dios sea el copiloto de su vida, en lugar del que sea Él quien la
conduzca.
Tercer grado
“La continua
indigencia obliga al hombre a recurrir a Dios con súplicas incesantes. Esta
costumbre crea una satisfacción. Y la satisfacción permite experimentar cuán
suave es el Señor. De este modo, la experiencia de su bondad, mucho más que el
propio interés, le impulsa a amar limpiamente a Dios”.
En el tercer
grado se tiene un mayor conocimiento de quién es Dios y al conocerlo, es que el
amor crece a tal punto de que se le ama no por cuanto puede uno recibir de Él,
sino por quién es el Señor. Se reconoce esa dulzura y bondad.
“No busca
sus intereses, sino los de Jesucristo, como él mismo buscó los nuestros”.
Cuarto grado
“Dichoso quien
ha merecido llegar hasta el cuarto grado, en el que el hombre sólo se ama a sí
mismo por Dios. (...) Si la Escritura dice que Dios lo hizo todo para sí mismo,
llegará un momento en que la criatura esté plenamente conforme y concorde con
su Hacedor”.
Este grado, así como lo describe san Bernardo, es una verdadera dicha. Ya que no solo se le ama a Dios por quién es, sino que, a un nivel personal nos amamos solo por Él. Viendo nuestra pequeñez, pero reconociendo que todo lo que somos es gracias a Dios. Actuando conforme su Voluntad, no la nuestra.
Yohana Rodríguez
Fuente: Aleteia
