La enfermedad y el sufrimiento en el magisterio de la Iglesia y la espiritualidad cristiana
![]() |
| sivivolk | Shutterstock |
El
magisterio social de la Iglesia aborda el tema de la salud integral, de manera
consistente con la tradición de la Iglesia, partiendo de la conciencia de la
altísima dignidad que nos viene del hecho de haber sido creados por Dios Padre
a su imagen y semejanza; redimidos por Dios Hijo; y santificados por Dios
Espíritu Santo
Como todos
sabemos, los servicios sanitarios, dirigidos a la salud pública, son un derecho
humano universal y fundamental que obliga al Estado a proporcionarlos de manera
universal (para todos), oportuna, suficiente y de calidad; sea para conservar o
para recuperar la salud, física y/o mental, incluyendo la atención preventiva,
clínica, quirúrgica y paliativa; con todos los servicios, infraestructura,
materiales y personal sanitario necesarios, desde la investigación, la consulta
multinivel, la hospitalización, las pruebas diagnósticas de laboratorio e
imagen, así como los tratamientos, medicinas y terapias necesarias; además de
las prestaciones sociales que el paciente requiera.
No obstante que
se trata de un derecho universal y fundamental –Cf. Art. 22 y 25 de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, resolución 217A-III, del 10 de
diciembre de 1948–, la realidad es que los servicios sanitarios públicos
ofrecen muchas y muy graves limitantes, contrarias al derecho y a la dignidad
humana que origina el derecho. En este punto, la disparidad de estos servicios
en comparación con los privados evidencia una estructura social injusta
imputable principalmente al Estado por semejante omisión.
La
enfermedad y el sufrimiento en el magisterio de la Iglesia y la espiritualidad
cristiana
El cristianismo
tiene en la enfermedad y el sufrimiento una veta
inagotable de reflexión y espiritualidad, conformes con el testimonio de
Jesucristo, el Siervo Sufriente anunciado por el profeta Isaías. En efecto, la
enfermedad y el sufrimiento son un momento privilegiado para tocar nuestra
humanidad herida, una oportunidad para la reflexión y la conversión; para la
caridad, la práctica de las virtudes y el crecimiento espiritual. De hecho, lo
más noble del ser humano suele florecer en el crisol del sufrimiento, no tanto
en las mieles del placer.
La salud es tan
importante que el ministerio mesiánico de nuestro Señor Jesucristo privilegió a
los enfermos, llegando a la institución del sacramento de la Unción de los
enfermos, como un desborde de misericordia por todos los enfermos y sufrientes,
encomendado a la Iglesia para su administración correspondiente.
Por otro lado,
el magisterio de la Iglesia es sumamente amplio en el tema sanitario. El Papa san Juan Pablo II instituyó en 1992 la
Jornada Mundial del Enfermo en la que anualmente la Iglesia reflexiona, anima y
orienta a los enfermos y al personal sanitario en el cuidado de la salud
integral de todo el pueblo de Dios.
En paralelo, la
Doctrina Social de la Iglesia también se ocupa de este tema desde la praxis
social que moralmente obliga a todo cristiano.
La salud,
como todos los derechos, es una exigencia de la dignidad humana
Asistimos
globalmente a una mayor difusión y conciencia de los derechos humanos; pero no
siempre se reconoce su origen; por ello conviene volver los ojos a la moral
social cristiana que enseña:
“La raíz de los
derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser
humano. Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se
descubre y se comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los
derechos aparece aún más sólido si, a la luz de la fe, se considera que la
dignidad humana, después de haber sido otorgada por Dios y herida profundamente
por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante su encarnación,
muerte y resurrección. La fuente última de los derechos humanos no se encuentra
en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los
poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador”
(Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI–, n. 153).
La Iglesia
amplía su reflexión y nos instruye al señalar que corresponde al Estado la
tutela de todos los derechos, incluyendo el de la salud, pero con una visión
integral y uniforme:
“Los derechos
del hombre exigen ser tutelados no sólo singularmente, sino en su conjunto: una
protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de
reconocimiento. Estos derechos (...) comportan, en primer lugar, la
satisfacción de las necesidades esenciales —materiales y espirituales— de la
persona”
(CDSI, n. 154).
El destino
universal de los bienes… incluso el de la salud
Si bien es
cierto que los bienes que Dios nos ha dado en la creación conservan siempre un
destino universal, frente a los cuales no cabe la visión de ‘posesión’ sino la
de ‘administración’, también la Iglesia nos ofrece el testimonio de Cristo en
su amor preferencial por los pobres. Ellos también están llamados a ser
partícipes de esta administración de los bienes, incluido el de la salud que,
como ya hemos visto, se les suele conculcar ya que muchas veces priva la visión
mercantil de la salud al alcance de aquellos quienes más poseen, en detrimento
de los menos favorecidos.
“El principio
del destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud
por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y,
en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un
crecimiento adecuado. A este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza,
la opción preferencial por los pobres: Esta es una opción o una forma especial
de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio
toda la tradición de la Iglesia”.
(CDSI, n. 182).
La salud, como
exigencia del bien común, obliga a todos los cristianos y regula la correcta
organización de los poderes del Estado para lograrlo. Todo esto supone la
participación social fundada en el amor ya que esta participación se expresa,
necesariamente, en la solidaridad y caridad para con los enfermos más
necesitados.
Luís Carlos
Frías
Fuente: Aleteia
