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| Administrador injusto. Dominio público |
Y a continuación, encontramos una enseñanza que parece, en este caso,
dirigida a los mismos publicanos que se han acercado a Jesús y han empezado a
seguirle. En este caso la enseñanza, que puede ampliarse a todos sus
discípulos, es acerca de la corrupción que el amor desmedido al dinero puede
sembrar en sus corazones. En la parábola del administrador desleal, Jesús muestra
conocer el corazón del hombre corrompido por el dinero y la lógica que le
mueve.
La parábola nos habla de un administrador denunciado a su rico patrón por haber derrochado sus bienes. Ya en este primer punto encontramos una importante enseñanza para nuestros días. Todos, administradores de bienes públicos y privados, civiles y eclesiásticos... todos debemos dar cuenta de nuestra administración. A lo mejor este administrador pensaba que no sería descubierto en su despilfarro pero, como dice Jesús en otro lugar, no hay nada oculto que no llegue a saberse. Y más tarde o más temprano todos hemos de dar cuentas. Ante los hombres o ante Dios.
Es por tanto una llamada a vivir con transparencia. Es la virtud que san
Pablo pide a los diáconos en su carta a Timoteo. Allí, dado que una de sus
misiones es precisamente la administración de los bienes de la comunidad, al
enumerar las virtudes que estos han de tener, dice que «guarden el misterio de
la fe con conciencia pura». Una conciencia limpia, que no teme dar cuenta de su
administración porque no esconde nada es la mayor fuente de paz.
Al continuar la parábola, el
administrador, a punto de perder su trabajo, se muestra astuto. Según comenta
Pierre Perrier, la astucia está en que, al reducir la cantidad de la deuda de
los deudores de su amo, no está defraudando a su amo, sino cargando a su propia
cuenta esa diferencia, como precio de su trabajo de administrador. Es decir,
que es como si renunciara a su comisión para quedar bien con los deudores de su
amo de forma que estos le consigan un trabajo al ser despedido. Por eso es
alabado por el hombre rico, porque no ha temido en perder parte de su riqueza
en vistas a una riqueza mayor.
Este hombre sabía lo que buscaba,
ganarse la vida, y para eso no temió perder parte de lo suyo. La astucia está
en obrar con claridad en la búsqueda del fin último. Jesús nos deja muy claro
en su conclusión donde yace el problema. No está en administrar mucho o poco,
sino en la rectitud de nuestro corazón.
Recuerdo una ocasión en la que
estaba parado en un semáforo en la Gran Vía de Madrid y dos señoras esperaban
también a mi lado, comentando a voces un reciente escándalo de corrupción. Lo
que me llamó enormemente la atención es que, después de criticar ardientemente al
acusado de corrupción, una de ellas, se volvió a la otra y le dijo: «Si, mira, y
porque yo no puedo, pero si estuviera en su lugar, yo haría lo mismo». Me
sorprendió la sinceridad (unida a la desfachatez) de esta persona, reconociendo
ante su amiga lo que había en su corazón.
¿Qué hay en nuestro corazón? Quien
es fiel en lo poco es fiel en lo mucho y quien es corrupto en lo poco, si
puede, lo será también en lo mucho. Es necesario que se genere en nuestra
sociedad una cultura de la buena administración y la rendición de cuentas. Si
no, cambiaremos a los administradores, pero seguirá la corrupción. Solo una
educación en la virtud, que nos haga mirar al otro en una verdadera (y no
corrupta) amistad irá logrando el fin de la corrupción.
+ Jesús Vidal
